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Jorge Fauró

Salto mortal

«La muerte de dos bañistas grabada por un amigo tardó solo tres días en “viajar” de un teléfono privado a la web. Internet ha pasado de escenario donde mostrar una vida de ensueño a exhibir una muerte espantosa»

No sé si han visto el vídeo. Un grupo de veinteañeros se divierten durante sus vacaciones y juegan a inmortalizar con el teléfono móvil un chapuzón en las, en teoría, tranquilas aguas de una cala del Mediterráneo, en Torrevieja, Alicante, nada que ver con la violencia de otros mares del norte de Europa ni con la furia vertiginosa del Atlántico, habitual pasarela de surferos. Para quien conozca el comportamiento imprevisto de las corrientes, se advierte a las claras que no está el día para chapuzones. El habitual agua cristalina permanece oculta entre un iracundo chapapote de espuma, las olas rompen contra las rocas como si quisieran abrirse paso en tierra firme y el ruido que queda registrado en la grabación corresponde al de un mar arisco, violento, mortal, de los que gusta hacerse notar, impaciente por atrapar a algún incauto y tragarlo.

Mientras una de las jóvenes se dispone a grabar la audacia, otra de ellas se lanza sobre las aguas traicioneras. Cualquier lugareño habría pensado que en dichas condiciones se va directo a la muerte, y así es. No es una licencia literaria, pero parece como si el mar estuviera esperando a la chica. Acto seguido comienza el horror. Las corrientes se abalanzan inmisericordes sobre la joven, incapaz de asegurar las manos en los salientes, como un muñeco a merced del oleaje que despide y golpea una y otra vez su cuerpo contra las rocas, lo absorbe hacia adentro y lo devuelve de nuevo a la superficie para darle esperanzas. La amiga continúa grabando. El tercer miembro del grupo advierte la gravedad de la situación y se arroja al torbellino con intención de socorrer a la amiga en peligro. En dos minutos el mar los engulle a ambos. Lo que ocurre en ese lapso se lo ahorro por decoro. El vídeo acaba con el grito desgarrador de la propietaria del teléfono, que ha grabado para la posteridad la muerte en vivo de los amigos con quienes planeó las vacaciones de su vida en un lugar paradisíaco del Mediterráneo. Fundido a negro.

El vídeo lleva días alojado en una página web, sin cortes ni matices, en bruto. La versión del director. Desde allí ha multiplicado su efecto viral. Se sobreentiende que la joven que lo grabó debió de pasárselo a alguien que a su vez lo reenvió al de más allá. Desde el día de autos hasta que las imágenes fueron de dominio público apenas transcurrieron tres días. Tres días.

En tiempos no tan lejanos, era propio de las clases más desahogadas grabar un acontecimiento e inmortalizarlo en la Súper8, aquel aparatejo que representaba lo más de lo más con el que nuestro padrino o madrina rodaban el bautizo o la comunión con resultados que ahora evocan más curiosidad que nostalgia. Aquellas grabaciones no pasaban, por lo general, del salón de casa o arrumbadas en el cajón de los trastos. El teléfono móvil ha democratizado las telecomunicaciones en la misma medida que ha universalizado la alegría o el dolor. En el caso que acabo de narrar, no sólo llama la atención la prontitud con la que unas imágenes tan dolorosas se ponen a disposición del internauta, sino que la autora de la grabación no decidiera abortarla para pedir ayuda.

La muerte de ambos jóvenes se asemeja a la de tantas otras personas que pierden la vida por la notoriedad de un selfi, por la dificultad de un salto al vacío, por la heroicidad inmortal de ascender un rascacielos por su fachada o por la osadía de arrojarse en paracaídas desde un edificio de 30 plantas, circunstancias que en realidad sirven para alimentar un ego medido en likes. A los dos jóvenes les mató el Mediterráneo, pero antes lo había hecho el afán desmedido de la primera víctima por publicitar la posibilidad de un salto mortal.

Uno de esos enlaces con que te topas en redes sociales me llevó al perfil en internet de uno de los ahogados. Chica joven, preparada, con multitud de amigos. Se la adivina exultante y jovial, con toda la vida por delante definida en su amplia sonrisa. Internet se utiliza a menudo para mostrar una existencia idealizada. Puedes construir toda la trayectoria vital de una persona con solo curiosear su perfil de Instagram. Nadie avisó de que también se puede mostrar el modo en que morimos. Imaginamos las redes sociales como una plácida cala en un lugar del Mediterráneo donde exhibir un mundo idílico sin prever que en cualquier momento pueden convertirse en el tupido manto de espuma que nos arrastra hacia el fondo. Y no será porque no hubo un lugareño que nos lanzó el aviso.

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