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Diario de Ibiza

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Prats, Xescu

Anita Dinamita

Si algo ha demostrado la investigación realizada por la empresa de detectives contratada por el Consell Insular sobre las fiestas ilegales en villas es que no estamos exclusivamente ante una red de extranjeros sin escrúpulos que han venido a la isla a lucrarse aprovechando el vacío de las discotecas cerradas. Los tentáculos de este ocio de contrabando, muy al contrario, están inmersos en la sociedad pitiusa, que participa de él y probablemente se lucra al mismo nivel que los que vienen de fuera.

Durante el verano se ha hablado de redes foráneas, preferentemente británicas e italianas, como las principales instigadoras de estos festivales. Sin embargo, la presencia de Anita Dinamita, auxiliar de enfermería de la unidad Covid de Can Misses que ha sido denunciada por estar implicada en la organización y promoción de estos festivales en chalets, constituye un ilustrativo ejemplo de que en la Ibiza clandestina la participación de residentes que conozcan el terreno es ineludible. Lo lamentable y contradictorio, en este caso, es que una persona que ha vivido el drama de la pandemia en primera persona sea capaz de lucrarse participando en actividades ilegales que contribuyen a la propagación de la enfermedad. El asunto, en realidad, es tan viejo como el mundo: la avaricia casi siempre se sitúa un escalón por encima del más elemental sentido de humanidad.

Anita Dinamita, que es el llamativo apodo que esta mujer emplea en las redes sociales para vender entradas, constituye solo la punta del iceberg. Las fiestas en villas son un negocio boyante e imparable en la isla desde hace años. Hay casas que llevan una década celebrando regularmente fiestas sin que nadie le haya puesto remedio.

El fenómeno probablemente irrumpió en la isla en paralelo a la llegada masiva de los autodenominados concierge, cuya traducción literal es “conserje” pero que en realidad, y sobre todo en Ibiza, significa “conseguidor”. Algunos concierge, al servicio de los turistas pudientes alojados en villas, se han especializado en conseguir cualquier cosa que reclamen sus clientes; desde excursiones exclusivas a s’Espalmador a reservas de última hora en los mejores restaurantes de la isla, pero también drogas, prostitución de lujo y, por supuesto, fiestas privadas; lo que el cliente desee.

Este turista, desde que todo el mundo anda armado con un teléfono móvil, a menudo exige también una privacidad que el ocio regulado ya no le proporciona. Busca participar en encuentros donde nadie le grabe y pueda hacer lo que quiera sin dejar rastro ni pruebas. Casa Lola, cuya propiedad por cierto ha vuelto a conseguir retrasar la demolición de la villa otro par de meses salvando la temporada, es un buen ejemplo de cómo evolucionan los chalets de lujo en la isla. Ahora ya incorporan discotecas camufladas, como también se pudo ver en su momento en Villa Titanium y probablemente ocurre lo mismo en docenas y docenas de casas. Se trata de viviendas de construcción reciente que ya no se conciben ni levantan como alojamiento donde pasar las vacaciones, sino como villa para organizar fiestas, con posibilidad de trasmutar a discotecas encubiertas y con capacidad para funcionar casi con total impunidad, gracias a las leyes garantistas con la privacidad en el ámbito privado que, con toda lógica, imperan en cualquier país democrático. El negocio recae en quienes organizan estas fiestas, pero también en los propietarios de las viviendas, que obtienen un beneficio mucho mayor alquilándolas para tal fin, y en todas las empresas de servicios que les dan cobertura: cátering, proveedores de bebidas, equipos de sonido, artistas, etcétera, que sin duda saben perfectamente a quién prestan sus servicios y no dudan en hacerlo.

El covid, en definitiva, ha multiplicado de manera exponencial el negocio de las denominadas villa parties y, sin duda, seguirá creciendo como factor esencial de nuestra economía sumergida. Los detectives del Consell se infiltraron en un total de siete fiestas ilegales, pero la policía municipal únicamente se presentó a una. La isla no dispone, ni por asomo, de los medios necesarios para combatir esta plaga y, si eso no cambia, estamos abocados a un caos cada vez mayor.

Anita Dinamita solo es un síntoma de lo que se avecina. Un nuevo negocio ha irrumpido desde las sombras en esta última década y el covid ha supuesto la tormenta perfecta para que se desate. Hacen falta medios para combatirlo, pero tal vez también haya que centrarse, mucho más en serio, en atraer a otro tipo de turista: uno que disfrute de los restaurantes, las playas, los bares y los mercadillos, y al que acudir a una fiesta ilegal en una villa repleta de gente drogándose le parezca una aberración. Esta temporada tan llena de contradicciones también ha demostrado que eso es perfectamente posible. Ibiza se enfrenta a una decisión estratégica que va a definir nuestro futuro: cuál es el modelo de turismo y sociedad que queremos.

@xescuprats

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