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Marta Torres

Olatz, que lloraba fotografías

Ojalá no te hubiera conocido. No así. No en ese momento. «Lloro fotografías», decías cuando muchos empezamos a conocerte. Con todo ese dolor. Con tu cuerpo menguando, devorado por un cáncer que te repitieron durante más de un año que no sería nada. Con el pelo recordándote cada mañana en la almohada lo que te pasaba. Gritando en silencio, calmada y elegante, a golpe de objetivo, que los muchos médicos a los que visitaste te dijeron que no te preocuparas. Fuiste una víctima del coronavirus sin contagiarte, explicabas, porque las pruebas que confirmaron lo peor se retrasaron hasta que ya fue demasiado tarde. Pero sobre todo fuiste una víctima, también lo explicabas, de un «paternalismo y un machismo sistemático» que achacaba tus dolores a todo, incluso la regla, menos a lo que era. Te conocí cuando con una Leica regalada decidiste compartir tu tsunami. Físico y emocional. En blanco y negro. Tu cuerpo cuajado de flores «para adornar este caos». Niebla sin separarse de ti en la cama. La peluca abandonada en una silla. Las vértebras como un camino de cantos rodados. Los autorretratos. Tirando del pasado para recordar (y presentarnos) a la Olatz que eras antes. Ojalá no te hubiera conocido. No así. No en ese momento. No porque te ibas. Llorando fotografías.

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