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José Manuel Ponte

Sobre el buen periodismo

La revista semanal de El País abre su último número con dos reportajes de buen periodismo que van firmados por Silvia Pontevedra y Pablo de Llano. En el primero de ellos, Silvia, que tiene un talento especial para descubrir la otra cara de la noticia, presenta en sociedad al agricultor gallego Santiago Pérez, que con paciencia de científico ha cultivado en su finca de Teo (A Coruña) guisantes, garbanzos, lechugas y ahora también maíz de recobrado sabor original. Como aquel que figuraba en la dieta del emperador azteca Moctezuma y de sus súbditos antes de la llegada de Hernán Cortés. Una rareza que destaca, por su calidad, sobre los productos modificados genéticamente con los que inundan los mercados las multinacionales del sector agrícola. “Estamos dándole el aviso a Monsanto —dice Santiago Pérez— de que aquí, en Galicia, otro maíz es posible”. Asombra la minuciosidad con la que trabaja el propietario de la Finca de los Cuervos, más propia de un taller de joyería que de un labradío. Como cuando recomienda cosechar unos guisantes solicitados por un restaurante de primera clase “entre la una y las siete de la mañana”, que es la franja horaria en la que las plantas retienen toda su hidratación. Y luego remitir ese tesoro por el correo más rápido para que no pierda entidad.

El segundo de los reportajes va firmado por Pablo de Llano, que es hijo de mi buen amigo el arquitecto Pedro de Llano y nieto del ya fallecido periodista Pedro de Llano, que popularizó el seudónimo de Bocelo, que es también el nombre de un monte próximo al monasterio de Sobrado dos Monxes, de donde era su mujer. Lolo de Llano es una referencia imprescindible del periodismo gallego en la larga etapa histórica que va del franquismo a la democracia. Una etapa difícil, complicada y peligrosa en la que, como vulgarmente se dice, había que “nadar y guardar la ropa”. Y ocultar simpatías por los regímenes liberales y democráticos en general, y ya no digamos si esa simpatía se orientaba hacia la izquierda. Bocelo llegó a dirigir tres periódicos gallegos, La Voz de Galicia, El Ideal Gallego y El Progreso, donde se retiró. Un caso único, que yo sepa, pero que habla muy bien de su profesionalidad. Yo trabajé con él cuando comenzaba a ejercer este oficio y puedo certificar que sabía crear un buen ambiente.

Su nieto escribe ahora en El País y es portada junto con el fotógrafo Samuel Aranda de un reportaje sobre la Nacional II, una carretera olvidada.

Era la carretera principal entre Madrid y la frontera francesa, pasando por Barcelona, pero el moderno trazado de autovías y autopistas se ha llevado el tráfico por otros derroteros. El texto de Pablo de Llano y las fotos de Aranda me recuerdan a las crónicas de John Steinbeck y del fotógrafo Robert Capa sobre la Unión Soviética poco después de terminada la Segunda Guerra Mundial. Me refiero al estilo, a la puntuación y al ritmo interior de una prosa puesta al servicio de una información escueta y desnuda de barroquismos. Un ejercicio difícil de plasmar, a medio camino entre la literatura y el periodismo en el que fueron maestros el autor de ‘Las uvas de la ira’ y otros grandes escritores norteamericanos.

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