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David Ventura

Masacre olímpica

Admito que el espectáculo de los Juegos Olímpicos es fascinante y que resulta difícil sustraerse a él. La belleza de las ceremonias de inauguración, la melancolía de la clausura, la emoción de los momentos culminantes -el estallido de los 100 metros lisos, los duelos en perfección de la gimnasia- tienen un magnetismo irresistible que provoca que nos olvidemos de que estamos asistiendo en directo al espectáculo de la tortura y demolición de unos seres humanos con el cuerpo triturado y la mente en peor estado incluso. Palabras como esfuerzo, sacrificio y voluntad suenan bien en los anuncios de los bancos y en la cháchara de los coach motivacionales, pero suelen encubrir una realidad bastante más sórdida. Quizás ya sería hora de sustituir estos archiconocidos tópicos olímpicos -que no por casualidad también son muy habituales en toda la verborrea ultraderechista- y asumir lo que viene siendo el sádico sacrificio de unos cuerpos que tienen una caducidad de cuatro años, que pronto serán olvidados pero que nos ofrecen un espectáculo fabuloso. El llanto del perdedor por su sacrificio inútil y del ganador que sabe que ha tocado la gloria y que su vida, a partir de ahora, será cuesta abajo, pueden resultar hermosos, como lo suelen ser todos los relatos de horror.

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