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Pilar Ruiz Costa

Una ibicenca fuera de Ibiza

Pilar Ruiz Costa

Casa

Desaparecí de Ibiza demasiado pronto para que muchos de quienes me habían conocido pudieran observar la transición a adulto. Incluso parientes. Porque por aquel entonces los niños no eran entes individuales, sino una masa informe. Hay que sacar a los niños del safareig. Los niños, que no entren a casa con los pies llenos de barro. Ya se están peleando otra vez los niños. Y a nuestros ojos, los padres eran también parecidos. Quizá alguno con bigote. O con puro. Leyendo el periódico o avivando el fuego de la barbacoa los domingos. Más o menos despiadado, pero todos un poco lo mismo. Y cuando me distinguí de aquella masa de infantes, no fue por algún talento secreto, sino por el escándalo. Esa, esa era yo: la que se había quedado embarazada siendo una adolescente y se había fugado dejando una simple nota: voy a tener a mi hija. En un sitio tan pequeño, qué vergüenza. Qué vergüenza. Me duele más a mí que a ti, repetía mi pobre madre destrozada. Y yo le daba la razón. Que qué iban a pensar, continuaba ella, partida por el medio. Y yo le preguntaba que quién y respondía que quién iba a ser, pues todos, la gente, ¡la gente! Y en las casas de toda esa gente, supongo, a primas, amigas y hasta a perfectas desconocidas les caería una buena charla para tratar de prevenir el desastre. Por si acaso lo mío fuera algo contagioso y una pandemia de vergüenza pudiera salpicar al resto.

Y así el mundo siguió y cada cual siguió con su mundo. También yo lo hice, solo que alejada de los ojos que antaño lo miraban todo, aunque fuera sin distinguirte muy bien del resto. Y ya se sabe: ojos que no ven, corazón que siente, pero menos y memoria que va abriendo hueco para escándalos nuevos. Y así, supongo, los cotilleos sobre mí se fueron espaciando hasta que poco a poco se fue olvidando mi cara o mi nombre. Y aunque volvía a Ibiza y mucho de visita, se había dibujado una gruesa línea que delimitaba el antes y el después. Una precuela y una secuela de aquel tostón de película que podríamos haber titulado, por ejemplo ‘La vergüenza’. En aquella nebulosa de caras y nombres, muchos nos perdimos la pista y, si acaso nos descubríamos, por casualidad, alguna vez en algún lugar, se repetía una mueca de sorpresa de que hay que ver qué bien estoy. Y qué alta. Y hasta qué guapa. Y. Y. Y… porque no había palabras para decir que, vaya, pensamos, alguien nos dijo que andarías debajo de un puente. Un despojo. Lo peor. O quizá nada de esto fuera cierto, sino simplemente que, a fuerza de que me acribillara aquel dedo que te señala repitiendo qué vergüenza, acabé creyéndolo y la vergüenza es un enemigo terrible porque no hay forma de reconocerlo. Acecha silencioso sin que sepas cuándo ni dónde, si esta persona amable que te saluda será en realidad uno más de ‘la gente’ que te juzga y condena cuando ya no estás.

Y eso era yo, adulto incompleto, al ir a visitar a mi tío ingresado en un hospital en Palma, donde vivía extraditada. Confieso que iba obligada moralmente, pero no tenía la menor idea de qué decirle. ¿Cuántos años hacía que no nos veíamos? ¿Nos habríamos reconocido de encontrarnos por la calle, de no entrar a una habitación de hospital con una explicación de parentesco como carta de presentación? Saludaba, me ofrecía por si necesitaba algo y ya. Según evolucionara la cosa, no más de cinco minutos y ya está. No se puede extender una conversación trivial mucho más. Porque mi tío, como mi padre, como todos aquellos padres de mi memoria, eran parcos en palabras y aún más, en sentimientos. Pertenecientes a una época en la que ser padre empezaba y acababa con procurar a la prole un plato, tratar de que no te avergüencen, pero recordar sus cumpleaños o sus nombres, estaba de más. O así de injustamente lo recordaba yo.

Porque ahí estaba, mi mueca de sorpresa mientras hablaba con él. Aquella comodidad de las conversaciones con un desconocido con quien coincides en el vagón de un tren. Sin prisa por llegar. Me preguntaba y le preguntaba y me preguntaba más, como si sinceramente quisiera saber qué vino después. Y después. Me despedí prometiéndole que volvería al día siguiente. Ya sin formalidades, por puras ganas. Y entonces, de despedida, me dijo: ¿Sabes lo que decíamos de ti? Y me recorrió aquel viejo y conocido escalofrío de los dedos que señalan. El terror de que alguien viniera a otra ciudad a recordarme cuánto los decepcioné. Pero no. Me habló de lo inteligente que siempre supo que era. Que qué habría sido de mí de haber tenido otros padres. Y ya está. Toda la vergüenza del mundo se disuelve con un poco de admiración.

Ayer murió y aunque debería estar obligada moralmente a contar alguna cosa importante de las muchas que hizo, hoy, no puedo. Ahora mismo solo soy capaz de escribir que hay personas que tienen la capacidad de cambiarte la vida en un solo día. En una tarde. Vamos por el mundo, alelados, sin darnos cuenta; sin distinguirlas del resto y, sin embargo, lo juro… Hay personas que son casa.

@otropostdata

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