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Imagino que para evitar que pensemos en la que está cayendo, con las cifras de la pandemia veinte veces por encima de las del año pasado por estas fechas y la economía tambaleándose por los boicots turísticos a los que lleva la quinta oleada de la covid, la vicepresidenta segunda, Yolanda Díaz, ha dado en proponer que digamos matria en vez de patria. Se trata en verdad de poner el énfasis en los verdaderos problemas que tenemos planteados después de tantos meses, e incluso años, atendiendo a nimiedades que apenas merecerían nuestra consideración.

Como no puede ser de otra forma, el debate se ha generado de inmediato con estudiosos que aseguran que el neologismo de matria lo había utilizado ya Virginia Woolf. Curioso, dado que las cosas tanto reales como imaginarias no cuentan con género gramatical ni femenino ni masculino en inglés: son neutras, así que cuesta saber a santo de qué se metería una escritora de tanto relieve en cuestiones irrelevantes para su lengua. Pero tampoco termino de ver por qué son necesarios los antecedentes cuando se da con una fórmula política genial, y la de matria lo es. Permite que dejemos de lado, ya digo, las banalidades y nos centremos en las urgencias.

Por lo general, el género gramatical lo marcaba la letra final de la palabra, con la a como referencia femenina y la o para el masculino: sabia y sabio, loca y loco, ministra y ministro. Forzando el criterio, decimos vicepresidenta cuando presidente se refiere a condición (que preside), siendo así que, de momento, no he leído ni oído nunca que se le llame a una mujer residenta en algún lugar. Pero esa tergiversación del idioma seguía al menos la regla común: póngase una a para felicidad de quienes reivindican resolver de forma nominal los problemas de género.

La vicepresidenta Díaz se ha propuesto mudar el criterio: será en adelante la primera letra de la palabra, no la última, la significativa y además sólo en el caso de la m sustituyendo a la p. En mente están, claro, las palabras madre y padre aunque la señora Díaz ha decidido olvidarse en realidad de ellas porque, en lo referente a patria, se trataba ya de una palabra del todo ajena a la paternidad y que era ya femenina. Anda que no hemos dicho mil veces ‘madre patria’ en los tiempos de Franco cada vez que había algún americano a tiro. Con el cambio a ‘matria’ se da un paso adelante de enorme interés no sólo gramatical sino incluso utilitario. Pensemos en la cantidad de palabras que comienzan por la letra p y deberíamos cambiarla por la moderna y voluntariosa m. Pondré un solo ejemplo: el de piedra que, pasando a ser miedra, gana una sonoridad y prestigio vocal hasta ahora mismo inimaginable. Es verdad que existe el peligro inmediato del cambio en el orden de las letras, ése que ha llevado a decir cocreta y, en este caso, llevaría de miedra a mierda con gran facilidad.

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