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José Manuel Ponte

Luis Enrique reforma el ‘tiki-taka’

Cada cuatro años, el campeonato de Europa de selecciones nacionales de fútbol ocupa durante algo menos de un mes la atención de la creciente masa de adictos a ese deporte. Suele decirse (exagerando mucho la nota) que más que europea la competición debería calificarse también como mundial porque a falta de Brasil, Argentina y Uruguay suelen estar presentes los mejores equipos y los mejores jugadores. La realidad es que el Campeonato de Europa de selecciones nacionales se juega dos años antes del Campeonato Mundial y coincidiendo con el desarrollo del Campeonato de América, con lo que tenemos en marcha un grandioso espectáculo cada dos años. Una cadencia suficiente para alimentar la pasión de la masa consumidora y garantizar el margen de negocio de los medios que lo retransmiten. Este año (2021 después del nacimiento de Cristo, según la peculiar manera de contar de los cristianos) había varias incógnitas a despejar. La primera y principal, si la extensión universal de la pandemia del coronavirus obligaría a suspender el normal desarrollo del campeonato, dado que, la masiva afluencia de aficionados a los estadios favorecería los contagios. El asunto desató la polémica entre los sanitarios y la gente del común, pero al final se llegó a la conclusión de que el campeonato podría celebrarse a “puerta cerrada”, es decir, sin espectadores en los graderíos y con la sola presencia de los jugadores, los árbitros, los entrenadores, y los encargados de las asistencias técnicas. Y, por descontado, con la imprescindible colaboración de los medios (televisión, radio y prensa) encargados del heroico relato.

Un partido de fútbol sin aficionados en las gradas nunca se había visto, excepción hecha de aquellos que fueron obligados por castigos disciplinarios o por causa de gravísimos sucesos de orden público. Milagrosamente, el campeonato pudo desarrollarse pese al temor a un contagio inminente, y al encuentro final entre Inglaterra e Italia asistieron miles de aficionados en un estadio de Wembley abarrotado hasta la bandera, como diría un taurino. Despejada esa incógnita, las siguientes lo fueron en tono menor. El portugués Cristiano Ronaldo, capitán de la selección que defendía el título, fue nuevamente el jugador que más goles marcó. Los árbitros, pese a lo que se temía, no favorecieron a Inglaterra, ni por ser la anfitriona, ni por “deberles la Historia” un campeonato de Europa como inventores del fútbol. Italia, la que luego resultó la campeona, certificó que ha abandonado definitivamente aquel odioso catenaccio que tanto nos hizo sufrir. ¿Y España? ... ¡Ay! España estuvo a punto de eliminar a Italia en esa lotería de los penaltis y, con un tiki-taka reformado hábilmente por su seleccionador nacional, don Luis Enrique Martínez, ponernos de nuevo en la senda de gloria que antes abrieron don Luis Aragonés y don Vicente del Bosque. En algunos cenáculos de maledicentes ya se habían plantado horcas para encorbatar al técnico asturiano, pero tuvieron que dejarlas para otra ocasión. También grata noticia fue la confirmación como futura figura del jugador canario Pedri. A sus 18 años, acreditó unas condiciones físicas y técnicas extraordinarias. En la mejor tradición de la escuela canaria (Hilario Marrero, Silva, Molowni, Guedes, Pedro, Valerón, etc.). El día que se anime a tirar a puerta valdrá muchos millones.

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