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Andrés Ferrer Taberner

A pie de isla

Andrés Ferrer Taberner

Escritor

Atropello

«Cada centro veterinario ubicado junto a una carretera se erige en un puesto de socorro para los animales atropellados»

A esa gran sepultura venidera de todos nosotros que es la tierra que pisamos, le surgió, mira por dónde, un enemigo que la cubre sin piedad bajo una negrura encallecida de alquitrán: el asfalto, un invento que el ser humano plagió de la lava sin permiso de los volcanes. El de las carreteras se me antoja que se extiende laberínticamente como ríos tortuosos que, privados de desembocadura, no cesan en su torrente y acaban enloquecidos. Es imposible no ver la impronta de las cicatrices que dejan sus calzadas en el paisaje. La más visible de todas es la cuneta, rompeolas entre el asfalto y el territorio mutilado por aquellas, una delgada frontera entre dos mundos. La más visible, sí, pero también la más doliente: le aflige ser la morgue de tantos animales que mueren a diario atropellados.

Leí en este periódico hace unas semanas que un perro viejo, con cataratas y desnutrido, deambulaba por la cuneta de la carretera de Sant Miquel, cerca de Santa Gertrudis. Cuneta ésta, y otras muchas a lo largo de mi vida, por la que yo mismo, algo menos viejo que aquel, pero operado ya de cataratas −de verdad que no duele− y bien nutrido como todo buen caminante, he recorrido no pocas veces con mi mochila. Así que no me es difícil ponerme en la piel de dicho animal, un perro bastardo de tantos, que su amo, un ‘bastardo’ de tantos también, tachó de su conciencia al abandonarlo un día. Nuestro protagonista era un can sin raza definida, para mí los más puros, lo que simplemente son perros a secas, como las personas, que son solo eso, seres humanos y no banderas andantes.

Al contrario que nosotros, no más que unos desdichados monos que nos ‘asilvestramos’ desde que desertamos un día de las copas arbóreas, los perros son lobos amaestrados, que dijera el gran zoólogo Konrad Lorenz. Llevan miles de años acompañándonos en nuestras locuras, por lo que nos conocen mucho mejor que los propios dioses. Incluso hasta algo de la cultura material más básica con la que nos valemos les resulta familiar. Aunque claro, no gozan de manos, y vivir en ella privado de las mismas es como hallarse en un mundo de tuercas careciendo de llave inglesa. Criaturas, hasta les tenemos que abrir la puerta del ascensor al sacarlos a pasear. Aun así, comprenden muchas de nuestras cosas, mas no las carreteras, asignatura que llevan siempre pendiente en su hatillo cuando son abandonados en ellas. Se les atragantan, pues ni entienden ni asimilan el peligro mortal que entrañan. Pero no son los únicos, pues abunda esa clase de peatones lerdos empeñados en circular por la derecha, dicho sea de paso.

Los perros juzgan las carreteras como calles que estiran y estiran su asfalto hasta el infinito, igual que en una alucinación. Marchan por las cunetas convencidos de hacerlo por las aceras de una población. Y, al no vernos por ninguna parte, cruzan las calzadas desorientados, con el rabo gacho, sin mirar, quizá buscando una forma humana que les sirva de referencia para saberse a salvo, como quien se adentra por una estepa perdido y se encamina directo a un árbol nada más divisarlo. Así debió de sentirse el perro de nuestra historia cuando cruzó a lo loco. Entonces, en medio de la rugosidad y la sequedad extremas del asfalto, siempre ajeno al tacto de la vida, un coche lo empitonó, lanzando su cuerpo a la cuneta como si fuera un peluche. Quedó allí tendido. Sin embargo, el animal opuso a la embestida su resistencia a morir, la hazaña que repiten a diario todos los seres vivos sin más recompensa que seguir respirando. Casualmente, dos mujeres que se hallaban cerca observaron el atropello (a veces hay patrullas de ángeles rondando por las cunetas). Al ver, horrorizadas, que el conductor ni siquiera se detuvo para comprobar el estado del perro, se aproximaron y lo cogieron malherido en sus brazos alados, llevándolo corriendo −o volando− a la cercana clínica veterinaria de Santa Gertrudis. Su titular, una ibicenca volcada por entero en su profesión, consiguió salvarlo. No iba a privarle a la isla de un ser tan libre de toda maldad. Cada centro veterinario ubicado junto a una carretera se erige en un puesto de socorro para los animales atropellados. Éste de Santa Gertrudis dejó ese día el pabellón muy alto.

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