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Pilar Ruiz Costa

Una ibicenca fuera de Ibiza

Pilar Ruiz Costa

Las sandalias de goma

El verano quedaba inaugurado cuando nuestra madre nos enviaba con un billete a comprarnos las sandalias de goma. Cangrejeras las llaman ahora. O sandalias de río. Para nosotros eran sandalias, porque la otra opción, si las sandalias eran buenas -de piel-, se llamaban zapatos. Raudos y veloces pedaleábamos por última vez con las zapatillas -que llamábamos bambas- que habían sido nuestro calzado oficial todo el invierno, antes de que se agotara nuestro número, a buscar las sandalias en azul o en rosa, al principio. Con los tiempos cambiando a la velocidad del sprint de Induráin, llegarían transparentes y, oh, progreso, hasta alcancé a poseer unas de purpurina.

Las sandalias debían resistir el verano sin más pausa que algún cumpleaños de postín o las fiestas de San Bartolomé en que las cambiabas por las otras; los zapatos. Y el verano eran largas jornadas de bicicleta, de playa, de partidos de fútbol en campos de grava de todos estos contra todos aquellos donde solo se pitaba fin cuando alguno se descalabraba.

Y mezclado con el color a goma de las flamantes sandalias nuevas, el olor a bronceador y alcohol de los turistas. Aunque tampoco los llamábamos así. Ni guiris, sino simplemente, ingleses. Ansiábamos la llegada de Míster Marshall lo mismito que ahora en el verano postcovid porque, ahora como entonces, aquellos cafres eran, desde temprana edad, nuestra principal fuente de ingresos. Como los últimos elementos de la cadena turística, nos alimentábamos de sus restos. Supongo que a la actual infancia le costará entender con qué gusto madrugábamos -en verano, que no en invierno-. Con las recién estrenadas sandalias en los pies y el Cola Cao en el cuerpo, salíamos de expedición en busca de rastros de botellones -que por aquel entonces aún llamábamos turismo-. Por toda la costa, el paisaje apocalíptico a los ojos de ahora, a los nuestros, era El Dorado. Zigzagueando vómitos y orines, nuestro objetivo eran las botellas de cristal de refrescos y cervezas -que tampoco se llamaban botellas, sino cascos- y una mañana suertuda, entre los restos del naufragio, hasta descubríamos alguna moneda. Pocas. Que lo fácil era toparse algún mozuelo durmiendo la mona, pero como él no interrumpía nuestra tarea, tampoco nosotros le despertábamos.

Aquel camino de fluidos y botellas abandonadas iba desde la playa hasta todos y cualesquiera de los hoteles que anunciaban la calidad de su clientela con rótulos de ‘18-30’. Y aquella pena de guiris, aquel ahora llamado turismo de borrachera, les juro que me parecían ricos a mis ojos de niña. Porque viajaban, que no había más baremo. Y aunque, sí, llegué a conocer a algún compañero de colegio que, alguna vez, hubiera ido en barco a la península a visitar a algún pariente e, incluso, sabía de buena tinta de parejas que habían ido en avión a pasar la luna de miel a Palma de Mallorca, nunca jamás supe de nadie que hubiera viajado sin más pretexto que viajar: estar en un hotel, tomar el sol o bañarse en una piscina. Beber hasta que el cuerpo regurgita. Y yo guardaba esas monedas sin saber cuánto valían ni en qué lugar del globo podrían gastarse, deseando, quizá, algún día… ser rica como ellos.

Y con el clin clin del botín de cascos, íbamos al colmado a venderlos. Las cajas de plástico descoloridas de refrescos y cervezas apiladas a las puertas de tiendas y bares eran parte del paisaje. Como ‘Fume Ducados’. Como los niños en bicicleta pedaleando con una mano, relamiendo un Drácula legítimamente comprado con nuestro sueldo. Con la satisfacción del trabajo bien hecho. En un bolsillo, las pesetas; en el otro, lo que fueran. No había evidencia más tangible del ciclo de la vida que aquellas botellas, ya en sus cajas, junto a las bombonas de butano, a la espera de que la empresa distribuidora las recogiese, limpiase y rellenase del tentador líquido para devolverlas al circuito de los bares donde los turistas sonrosados las compraran para dispersarlas, ya borrachos, por la costa, dándonos un motivo para levantarnos.

Con la llegada de los envases de vidrio no retornables -que eran idénticos a los originales, pero más finos-, aquel negocio fue desapareciendo. La avaricia de multinacionales cerró nuestras empresas y, a falta de algún ministro de economía y finanzas de ocho años, el mar se llenó de plásticos y los ayuntamientos tuvieron que aumentar las partidas en servicio de limpieza. Como no había consolas y la televisión estaba prohibida, los niños nos quedamos en la cama, aumentando de peso y el estrés de nuestros padres. Las sandalias alcanzaban a septiembre con sus tiras casi intactas y hasta se dio el caso de hermanos que dejaban en herencia las suyas. Su última salida oficial, con los pies bronceados como gofres, tenía lugar exactamente el día antes de empezar el colegio en que tocaba ir a comprar unas bambas, blancas o azules. Nada más. Hasta que el progreso trajo consigo las Victoria de colores. Y justo ahí… quedaba inaugurado el invierno.

@otropostdata

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