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Daniel Capó

El espejismo español

El espejismo español no fue tal hace unos años. Durante una o dos déca-das, la europeización iba ensanchando el horizonte de nuestra sociedad. La Transición se estudiaba en las cancillerías internacionales como un modelo de éxito, las multinacionales se consolidaban, las infraestructuras públicas mejo-raban. En ningún campo se notaba más esta pujanza que en el deporte, donde los éxitos se multiplicaban temporada tras temporada. Del combativo ciclismo de montaña se pasó a los ciclistas totales –Miguel Indurain, Abraham Olano, Alberto Contador–; de las figuras singulares en tenis –Manuel Santana, Manolo Orantes– al dominio masivo en Roland Garros (mucho antes de que llegara Ra-fael Nadal); de un atletismo sin títulos ni marcas a los triunfos en las Olimpiadas de Barcelona. No era cuestión sólo de individualidades: el deporte de equipo adquirió mayoría de edad. Los entorchados de balonmano, baloncesto, waterpolo, hockey hierba colmaban el medallero olímpico. A la generación de los setenta y los ochenta –esforzados pioneros en sus respectivas disciplinas–, le sucedió un grupo de jóvenes descarados y a la vez disciplinados, con altas capacidades técnicas y tácticas.

El ejemplo del baloncesto fue espectacular, algunos de cuyos jugadores –los hermanos Gasol, la Bomba Navarro, Juan Carlos Calderón, Ricky Rubio– eran capaces de tratar de tú a tú a las estrellas de la NBA. Se diría que en el caso del fútbol se llegó aun más lejos.

Porque, tras la generación dorada del Madrid de las seis copas y el Euro-peo del 64, el fútbol español había quedado atrapado en el mito de la furia. No fue hasta la llegada de Cruyff al Barcelona como entrenador que surgió un estilo elegante y dominador que marcaría el fútbol internacional durante años. Sin Cruyff y su revolución no se entendería ni el dominio del Barça, ni del Real Madrid, ni de la selección española durante aquellas décadas. Era cuestión de individualidades tanto como de concepto y, seguramente, fue con Guardiola que este juego alcanzó su máxima expresión. La Liga Nacional pasaba por ser la más competitiva del mundo o, al menos, la que mejor jugaba. La calidad táctica y técnica se traducía en títulos internacionales y, durante un lustro, la selec-ción española fue la mejor del mundo, sumando a dos Eurocopas un título mundial.

Una década más tarde, todo esto forma parte de la nostalgia. Parece como si la degradación política del país se hubiera traducido en una pérdida de músculo futbolístico. Nadie situaría ya la Liga española entre las mejores del mundo ni a nuestra selección nacional entre los equipos más competitivos del continente. No hay talento ni táctica. La velocidad en el juego de balón, tan ca-racterística del tiquitaca, ha quedado reducida a un movimiento horizontal sin ninguna capacidad incisiva. La falta de goles constituye uno de los déficits históricos de nuestros delanteros por motivos que ignoro y la soberbia de Luis Enrique sólo ha servido para distanciar aún más a la afición. En un momento en el que abunda el talento en toda Europa, sólo España parece haberse secado in-comprensiblemente, con una selección joven –en efecto–, pero roma y sin punch; un equipo débil, que refleja sintomáticamente otras debilidades: la de la economía y la de su recuperación, la del empleo y la de la escuela, la de nues-tras instituciones y la de nuestra clase política. Al final, no hay casualidades ni compartimentos estancos.

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