Opinión | Tribuna

A Santi ‘Cabrit’. Recuerdos de una amistad

Queridísimo amigo: salía de tu funeral y unos cuantos amigos tuyos y exalumnos míos se acercaron para pedirme que escribiera algunas vivencias compartidas contigo. El sacerdote que había oficiado la misa me facilitaba la labor. Para consolaros, mirad – dijo el cura – algún álbum de fotos donde esté Santi. Y es lo que he hecho.

Llegado a casa he repasado docenas y docenas de fotos y te he visto cuando eras discípulo mío en el añorado y estimado instituto Santa María. Yo hacía lo imposible para que disfrutaras leyendo alguno de nuestros escritores. Y pasando tú un mal rato, porque en el fondo eras, entonces, un poco tímido, te hacia recitar algún poema. ¿Quién me iba a decir que sería yo el de leer la epístola el día de tu entierro ante tu familia y los numerosos asistentes que acompañaban tu despedida, entre flores, música y sollozos?

Los años pasaban y ahora te volvía a tener en clase porque te matriculaste en la Formación Profesional, especialidad de administración, allá en el viejo Castell de Dalt Vila. Junto con Juan Gallego, Miqueló y tú organizasteis mi toma de posesión como delegado insular de deportes en la ‘sala gótica’ de aquel centenario edificio. ¡Dios mío, ahora me doy cuenta que los tres ya os habéis ido! No faltabas a las tertulias que aquellos buenos amigos y algunos más, organizábamos junto a la barra del bar de la recordada - y desaparecida - casa del Deporte donde todas las federaciones tenían su despacho. Tú siempre eras la voz alegre que animaba, con optimismo, aquellas horas de nuestra juventud.

No puedo olvidar los cursos de verano que promovió en Ibiza una Universidad italiana. Yo era corresponsable y preparé una comida en la barraca de Cala Corral y tú, recuerdo que dijiste: los espagueti los paga can Cabrit. Estrenabas una reluciente moto y más de una alumna se ofrecía, gustosa, como paquete.

¿Cómo no evocar las carreras de moto en es Cap Martinet? Tú, el padre del actual alcalde de Ibiza, o Julián Verdera me ofrecían la bandera ibicenca para que diera la salida. Eras un detallista que tenía en cuenta las delicadas relaciones y atenciones con los amigos. Y yo era uno de ellos. Gracias Santi.

En este recuerdo de vivencias no puede faltar que fuiste uno de mis testigos de boda hoy hace cuarenta y dos años, y, doce meses después, nos acompañaste en el bautizo de nuestro hijo. Siempre te tuve cerca. Pero este año no me llamarás a las ocho de la mañana del día de Sant Joan o por Navidad, como has hecho tantos años. Acercabas tu perro al teléfono para que él también me felicitara.

Amigo Santi, podría seguir mirando fotos y recordando anécdotas. Cierro el libro y no sé cómo despedirme. Quienes somos creyentes pensamos - aunque nos cueste - que hay otra vida. Algo de ello hablamos sin que quiera desvelar tus sentimientos y creencias. Sí decirte que eras, no generoso sino lo siguiente. Simpático a reventar. Tu mirada se perdía en el horizonte buscando la felicidad en las cosas sencillas. No eras ambicioso. Quizás porque te conformabas con lo mucho que tenías. Te latía un gran corazón y unas infinitas ganas de vivir que transmitías a tus muchos amigos. Y disfrutabas de una familia que te quiso y te mimó. Con toda ella quiero compartir este momento de dolor. Con todos, pero especialmente con tu hermana Neus, compañera en tantas aventuras culturales y profesionales. Termino. No aceptemos la derrota de la muerte porque, como dice el poeta: Cal que sempre esperem, rera la negra porta,/ els francs camins cap a una llum tranquil·la.

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