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Pilar Ruiz Costa

Una ibicenca fuera de Ibiza

Pilar Ruiz Costa

A Marte

A ratos me dan ganas de largarme. Largarme lejos. Agarrar el mundo con las dos manos por el ecuador —más o menos, donde los humanos tendríamos las caderas— y decirle: «Mira, no eres tú, soy yo. Necesito espacio». Literalmente. Y marcharme. Hasta el infinito y más allá. Luego veo los precios de los vuelos interespaciales y deshago la maleta.

Dice mi horóscopo que estoy regida por Venus. Va a ser eso. Que prefiero regente conocido a estos en campaña y rabia permanente por conocer. Pero, total, el horóscopo no tiene credibilidad ninguna. De tenerla, la definición de alguno sería: «Es un perfecto imbécil». Y ya sabemos que no. Que somos todos estupendos. Un dispendio de virtudes. A lo más que se atreve el mío, siendo como soy, súbdita del planeta del amor, es a tildarme de ‘independiente hasta la autosuficiencia’ —más chula que un ocho, lo llamaría yo—. ‘Amor a la libertad’ —se habla mucho y mal de libertad últimamente—. Igual antes de tachar el ‘para un crucero por el Caribe (para uno)’ del postit de mi cerdito por un ‘a Marte’, tendría que descargarme el Tender y probar suerte. Es como el Tinder de mis amigas, pero en vez de ligar con un churri de Valdebebas, tienes cibercitas con extraterrestres y a la mierda esa parte del horóscopo que insiste en que «mi pareja ideal tiene que ser alguien con los pies bien puestos en la tierra para equilibrar mi naturaleza descarriada». Muy mal se me tienen que dar las cosas para que una criatura fosforescente, con tentáculos y escamas, me deje en visto, ¿no?

Los adictos a mis cuentos, no teman. Por lejos que me vaya, seguiré enviando estos mensajes míos tan chisposos. Aprovecharé el sistema de los discos de oro de las Voyager, que es lo más cercano que tenemos a un WhatsApp interestelar. Lo explico, por si entre mis gentiles lectores cayera alguno de la generación millenial en adelante y tuviera, además de en este periódico, en Tik Tok su principal fuente de información.

Las sondas Voyager 1 y 2, fueron los primeros objetos enviados al espacio exterior para explorar más allá de los confines del Sistema Solar. Además de recabar información, las Voyager portaban un ‘disco de oro’ adherido a las naves. Una especie de disco de vinilo con mensajes para los extraterrestres. Para romper el hielo, los terrícolas les saludábamos en 56 idiomas distintos. Como la cosa se decidió en la NASA y en los 70, en español enviamos un claro y conciso: «Hola y saludos a todos». Y ya. Corrían tiempos en que aún no estaban inventados los trabalenguas inclusivos. Hoy en día, la misma tarea ocuparía horas de tertulias televisivas; en Twitter sería trending topic entre los unos y los otros —y las otras y les otres— y se votaría en el Senado presentar ante el Congreso la propuesta de una Comisión para decidir unos presupuestos en materia de saludo. Los políticos utilizarían el turno de palabra, no para aportar, sino para exigir la dimisión del Gobierno y caerían culpas sobre ETA, Franco, Venezuela, el independentismo y el Coletas.

Pero, como la cosa se decidió en la NASA y en los 70, la música que portaba el disco de oro era de Chuck Berry, de Louis Armstrong y también de Mozart, Bach y Beethoven. Además, para que los alienígenas tuvieran una idea de cómo suena el planeta, incluyeron sonidos de lluvia, el crepitar del fuego, pisadas, latidos del corazón, risas, besos… E imágenes, multitud de imágenes: un mapa del Sistema Solar con nuestra localización, representaciones matemáticas; fotografías de delfines, de un sapo, un elefante; la Casa de la Ópera de Sidney, la Gran Muralla China, el Taj Mahal; diagramas del cuerpo humano, personas haciendo deporte, bailando, en un laboratorio; un bebé naciendo, una madre amamantando, una familia… 116 fotografías, ¿bastaría una legislatura para alcanzar un consenso, en el mundo, en España, hoy?

Porque de este disco bienintencionado se excluyó cualquier atisbo de ideología, religión, de crímenes o pobreza. Precursores, sin saberlo, de edulcorar nuestra imagen de Tender y Tinder. Prometer hasta meter. Visite nuestro bar. El más lejano anuncio publicitario lanzado jamás. Apenas la cara amable de un incompleto álbum de fotos del mundo. O, tal vez, sin pretenderlo… enviamos a otros la fórmula que tenemos en las narices para evitar nuestra extinción.

Las Voyager partieron en un viaje solo de ida. Se estima que tardarán 40.000 años en alcanzar alguna de las estrellas más cercanas a nuestro Sistema Solar. Las posibilidades de que alguien, alguna vez, en algún lugar, tenga el disco de oro en sus manos son remotas. Aunque sucediera, sobran los motivos para pensar que verá solo el vestigio de un mundo que ya no existe. Que tuvimos la inteligencia para comunicarnos, pero no para no salvarnos.

Y por eso, a ratos, me dan ganas de largarme. De agarrar el mundo con las dos manos por las caderas y decirle: «Mira, no eres tú, sino todo lo que estamos haciendo contigo. Me falta amor». Ojalá, más que destino… a Marte, fuera verbo.

@otropostdata

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