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Prats, Xescu

Vileza

Me van a permitir que hoy dedique esta columna a un asunto de repercusión nacional; y no por falta de temas locales de trascendencia, que los hay a raudales. Podríamos analizar, por ejemplo, la felonía perpetrada por el exalcalde de Sant Josep y actual conseller de Movilidad y Vivienda del Govern balear, Josep Marí Ribas, Agustinet, quien después de pronunciarse reiteradamente en contra del regreso de los ferris al puerto de Sant Antoni y hasta votar en este sentido en un pleno, ha hecho exactamente lo contrario cuando la decisión ha estado en sus manos.

O volver a insistir en el maltrato sistemático del Govern balear a los hosteleros ibicencos, que vuelve a beneficiar a Menorca a pesar de tener una incidencia a catorce días que casi triplica la de Ibiza. Las diferencias son tan sustanciales como que Menorca puede abrir los interiores de sus establecimientos al 50 por ciento, mientras que en Ibiza solo pueden hacerlo con idéntico porcentaje aquellos que carecen de terraza y el resto deben reducir el aforo al 30%. O que en los exteriores de los restaurantes menorquines ya puedan sentarse juntos seis comensales, mientras que en Ibiza seguimos con cuatro. Inexplicablemente, el Govern balear persiste con inusitada cerrazón en esta estrategia suicida de perjudicar a unas islas con respecto a otras. Tampoco tiene sentido cerrar el interior de los restaurantes a las seis de la tarde. O se abre o se mantiene cerrado, pero el virus no muta por horas.

Hacía mucho tiempo, sin embargo, que no se producía una noticia tan repugnante como la visceral escalada de odio hacia una cooperante-becaria de veinte años de la Cruz Roja, que tuvo la osadía de dar un abrazo a un inmigrante subsahariano al que se le saltaban las lágrimas. La escena se produjo en una playa de Ceuta, mientras los sanitarios trataban de reanimar a su compañero de viaje, que había perdido el conocimiento.

La mecha que detonó esta oleada de crueldad la encendió una periodista de los círculos ultraderechistas, que publicó una fotografía del inocente abrazo en una red social con el siguiente comentario: “Pocas imágenes reflejan mejor la decadencia moral de esta gente y sus discursos buenistas. Oenegista abrazando a un ilegal tras pasar 4 minutos en las “gélidas” aguas mediterráneas, y él aprovechando la turgencia de sus senos”. Decadencia moral la de esta enferma de mente, que ha sido capaz de sexualizar una escena que únicamente transmite solidaridad y empatía.

Al cabo de un instante, Hermann Tertsch, también periodista, actualmente eurodiputado de Vox y acusado en el pasado de presentar las noticias de Telemadrid borracho, compartió esta publicación en la misma red social, con la siguiente apostilla: “La víctima y la salvadora o el abusador y la idiota. Toda una representación de Europa haciendo el gilipollas”. Conviene recordar que este sujeto vive a cuerpo de rey en Bruselas a costa del erario público y que, hasta el momento, sus comentarios racistas y vejatorios le han salido gratis.

Como ella tiene más de 180.000 seguidores y él otros 250.000, la turba digital inició un insoportable acoso a la pobre muchacha, que acabó cerrando sus perfiles en las redes por la lluvia de insultos, amenazas de muerte y vejaciones a las que fue sometida. Solamente por haber dado un abrazo.

A todos ellos, incluidos los propios instigadores, además hay que calificarles de cobardes. Únicamente han enfocado su ira hacia esta chica anónima, mientras que al legionario que escaló la valla fronteriza para rescatar a un niño marroquí, que sin duda habrían preferido dejara caer, o al Guardia Civil que sacó del agua a un bebé prácticamente ahogado, nadie les dedicó el más leve atisbo de censura. Y ambos, por cierto, aparecieron en televisión lamentando la tristeza e impotencia que les producía ver cómo tantos niños y adultos arriesgaban la vida para huir de la miseria.

Los dos comentarios y los efectos que han generado no solo pueden constituir un delito de odio, sino que también son susceptibles de atentar contra el derecho a la intimidad y al honor de la cooperante. ¿Cómo es posible que la Justicia no actúe de oficio e instantáneamente frente a estos abusos que además se producen contra gente inocente y anónima? Si Vox emplea las herramientas legales para interponer demandas a diestro y siniestro, ¿por qué no se les paga con la misma moneda? ¿Qué tiene que ocurrir para que se siga permitiendo esta escalada de odio? Existen unos límites a la libertad de expresión y nos estamos peligrosamente acostumbrando a que se superen a diario, sin que haya la menor consecuencia. Es intolerable.

La estrategia de la ultraderecha española consiste en reproducir al milímetro las consignas de Donald Trump, en su etapa al frente de la Casa Blanca. Que nadie se extrañe el día en que una caterva de perturbados asalte el Congreso de los Diputados. Entre todos, les habremos dejado llegar hasta allí.

@xescuprats

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