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Pilar Ruiz Costa

Una ibicenca fuera de Ibiza

Pilar Ruiz Costa

Continente o contenido

Nos enfrentamos a los términos ‘continente’ y ‘contenido’ en ese íntimo debate que mantenemos cuando toca renovar la póliza de hogar y hay que ponerle precio al aprecio por nuestras pertenencias. Al verlo plasmado en una cifra al final de las páginas de un presupuesto… Nuestro aprecio ya no es el mismo. Así, continente son las cuatro paredes de la casa; contenido, todo lo que nos guardan.

La versión lingüística sería significante y significado. Pronunciar la palabra ‘manzana’ sería el significante; la imagen inmediata que nos viene a la cabeza al escucharla: una fruta roja, sería el significado. Forma y fondo que se complican especialmente cuando la palabra es la misma, pero cambia el receptor que toma la fruta roja por verde, o piensa en la conocida marca tecnológica si es un friki, o se imagina, tal vez, algún día, recorriendo Nueva York y su ‘Gran Manzana’.

Además de por la existencia de estas palabras polisémicas (con distintos significados), se nos complica la teórica y práctica del lenguaje con las enantiosémicas (que tienen significados opuestos). En fin, que Dios nos la jugó bien jugada cuando retorció las lenguas a los soberbios habitantes de Babel y aún anda por ahí, haciendo de las suyas cada vez que las ínfulas se nos disparan. Porque cuando uno pronuncia una palabra, esta parece inamovible, pero dependemos de un montón de factores para que emisor y receptor hablemos el mismo idioma. Hasta que importe más lo que se dice o el cómo se dice depende de si uno es filósofo o poeta, por ejemplo. ¿Habrá más bello envoltorio para un dardo envenenado que los versos de Neruda «Me gusta cuando callas porque estás como ausente»?

Y ya con el veneno sobre la mesa y aprovechando que estamos de campaña —¿y cuándo no?— hablaré de los políticos y sus verbos que, una vez más —¿y cuándo no?—, nos llenan de palabras. Porque en política, da igual lo mucho que lo repitan, las palabras no son equidistantes. Ni se pronuncian «porque es lo que dice todo el mundo en la calle». He aquí el primero de los ejemplos. Cada una de las veces que se les llena la boca con un ‘equidistante, pero’, ‘no voy a pactar, pero’, ‘condeno la violencia, pero’ rematando lo que debería ser una afirmación ¡rotunda! con un ‘pero’ enantiosémico, se evidencia que apenas es una certeza construida con puertas giratorias a los mundos de quizás, quizás, quizás.

Luego está la saturación de mensajes en pancartas, mítines y tuits, repletos de nada, aire, humo: el ruido alborotador de las palabras vacías. Suenan contundentes, pero apenas son continentes desangelados, significantes huérfanos repetidos a los micrófonos por dos motivos; el primero: por maldad. La maldad se reconoce en los eufemismos que disfrazan de razones la inhumanidad y la violencia del lenguaje: el racismo, la misoginia, la discriminación, las palabras denigrantes hacia quien piensa distinto. Señalando con el dedo a culpables externos para todas nuestras desgracias —reales o imaginarias—, dejando caer semillas que, tarde o temprano, brotan entre una ciudadanía ya iracunda y atemorizada.

Pero como reza el Principio de Hanlon: «Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez» y sí, lamentablemente, también hay estúpidos en listas electorales y, no por ello, resultan inocuas sus palabras. «Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona, o a un grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio» escribía el economista italiano Carlo Cipolla en sus ‘Leyes fundamentales de la estupidez humana’.

El estúpido está convencido de ser el poseedor de la verdad suprema. Sus promesas son grandilocuentes, pero es incapaz de argumentar un plan viable para llevarlas a la práctica. Así que, acorralado, habla, habla y habla, ofreciendo significantes tan disparatados como huecos que cada cual llena a su antojo y luego esparce el wifi a una velocidad desesperada.

Pero cuando en la batalla entre los unos y los otros en el cuadrilátero ya no se maneja la persuasión (juicio que se forma en virtud a fundamentos), sino la manipulación (intervenir con distorsión de la verdad o la justicia al servicio de intereses particulares), enciendan sus alertas. Ya no hablamos de un estúpido (del latín ‘stupidus’, que está paralizado, pasmado. No en vano comparte familia léxica con ‘estupor’), sino de un peligroso idiota (del griego ‘idiotes’; que no se ocupa de asuntos públicos, sino de intereses privados). Esa es la maravilla del lenguaje. Hasta que pese más el continente que el contenido nos desvela si nos enfrentamos a un estúpido manejado por idiotas o a un idiota que nos toma por estúpidos. Porque, anda que no es fácil prometernos mientras seguimos en pie, pero en el peor de los escenarios posibles… si algún día, por desgracia, también a nosotros se nos incendia la casa, ¿quién vendrá a salvarnos? Y la respuesta está ahí, bien al fondo de lo que dicen y lo que callan.

@otropostdata

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