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Pilar Ruiz Costa

Una ibicenca fuera de Ibiza

Pilar Ruiz Costa

Amigos con derechos

Yo no creo en los follamigos, pero haberlos haylos. O eso dicen. Lo que pasa es que, para el diccionario que llevo dentro, son más otra cosa. A veces, un amor no correspondido; otras, un me conformo. Pero llamarlo follamigo, qué caramba, suena a que mantengo control sobre el asunto. Yo no creo pero haberlos haylos, eso seguro. No me hagan ningún caso, ni a mí, ni al diccionario que llevo dentro. Por cierto, que la RAE contempla amigovio pero no follamigo, ¿se imaginan a los académicos y su orden del día, debatiendo sobre si se incluye o no se incluye, y de hacerlo, si son sinónimos o antónimos?

«Amigovio; fusión de amigo y novio. Persona que mantiene con otra una relación de menor compromiso formal que un noviazgo.»

Mientras no te la folles, claro. En cuanto lo hagas, te quedas en tierra de nadie. Al menos en el diccionario de la Real Academia. Por eso yo tengo el mío. A modo de salvoconducto. Pero, de verdad, que no he venido aquí para llorarles porque mis amigos sean solamente eso: amigos. Bueno… tal vez sí llore, pero solo un poco. Por favor, no me lo tengan en cuenta. Es que, de un tiempo a esta parte, a nada que me descuide, me voy llorando encima. La otra mañana, sin ir más lejos, me desperté ya llorando. Pero a medias. Esto es, solo de mi ojo izquierdo. Y como me conozco, desayunaba mirando la agenda a ver cuándo me iba a dar tiempo para llorar del otro. Porque si no se llora de una manera ordenada y planificada ocurre que —seguro que Marie Kondo al enfrentar los cambios de armario coincide en esto—, al final, la jornada se te complica y en un descuido, por ejemplo, que el televisor de una tasca hace una pausa de fútbol y aparece de refilón Esperanza Aguirre y su consorte, en gananciales, pero de extranjis, vendiendo un Goya y revientas a llorar. A ver cómo le explicas al camarero, gilda en mano, que es que eres muy fan del romanticismo.

Llorar, como ordenar cajones, tiene su ciencia. ¡Pase no tener follamigo! Pero no encontrar el otro calcetín, a estas alturas, sería tan imperdonable como no saber llorarme en serio. Deformación profesional, tal vez, pero yo soy de aprovechar viajes. De salir a la calle, por ejemplo, a bajar el cartón a reciclar, a comprar la barra de pan y a llorar. Así, todo junto. Porque cada uno llorará donde quiera o pueda y yo soy animal de aire libre. Y puestos a elegir, de compañía. Aunque sea con la distancia social que obliga el teléfono. Llamo a algún lloramigo —que es una relación de mayor compromiso e intimidad que el amigovio y el follamigo juntos, dónde vamos a parar—, y tal cual contesta, sin devolverle el hola ni nada, ya le lloro. O viceversa, que esto va de darse gusto los dos. Incluso sucede que, cuando eres la llamada, y al descolgar, del otro lado de la línea te responde un llanto, dices: «Te llamo en cinco minutos». Y cuelgas, para salir a que te lloren, pero en la calle. Como si algo del aire que tú respiras pudiera alcanzarle a alguien que, claramente, se nos está ahogando.

Y de corazón deseo que los lectores no, pero en mi humilde parcela del mundo, llevamos unos días de llantos van, llantinas vienen. ¡Y nos sobran los motivos! Algunos de dolor, otros de rabia, de impotencia, de frustración, de cansancio y a veces, incluso… créanme que lloramos hasta de pena. Los círculos de seguir ilesos, que se nos estrechan y al psiquiatra que te trata que se le acaban las combinaciones de psicotrópicos que te mantienen dormido y despierto —vaya artificio—, y recetarte un trabajo o un sueldo digno, o que nos gobiernen buenas personas, o que te entienda un mundo que no entiendes, escapa de sus competencias. De esos días en que confirmas que nacimos con un pan bajo el brazo, pero nos lo comimos, y en cambio ahí sigue la mierda bajo el zapato. Pero también sigue, en paralelo, el privilegio de desnudarte, no ante un cualquiera, sino con un pedazo de lloramigo. Apretar el lacrimal izquierdo hasta que una voz te abre las compuertas. Y llorar. ¡Sin dramas, oigan! Porque entre lloramigos nos conocemos —como muchos follamigos no se conocerán jamás— y porque dicen que no puedes bañarte dos veces en un mismo río, pero a mí me da que las lágrimas que lloras son siempre las mismas. O se acumulan sobre lágrimas anteriores. Como que las cosas que te duelen lo hacen porque traen consigo dolores viejos. Si al final, todos lloramos… igual lo que nos define más que nada en el mundo, son las razones de nuestro llanto.

Me lloran al teléfono mientras voy dando vueltas, entre panes y cartones, rumbo a ningún sitio. En la calle pide paso la sirena de una ambulancia; media docena de adolescentes pasean sus minifaldas hacia Gran Vía sin ver a la anciana que rebusca en la basura ni el cartel que sonríe pidiendo que votemos libertad. Y yo lloraría ¡por todo lloraría! Hasta por la suerte de que me llamen cuando una lágrima colma el vaso. Y sin nada que pueda decir… no digo nada más que un te entiendo, que un te quiero, que mil gracias por llamar.

@otropostdata

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