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Andrés Ferrer Taberner

A pie de isla

Andrés Ferrer Taberner

Escritor

Payeses ibicencos

Acabé mi anterior artículo con una promesa: intentar revelar en éste de qué forma se sigue beneficiando el paisaje ibicenco del temperamento y el buen hacer de los payeses, a pesar de los profundos cambios experimentados desde la irrupción del turismo masivo. Justamente fue observando hace años la huella de la cultura payesa en el paisaje, el modo en que empecé a intuir la manera de ser de ellos.

El paisaje rural en Ibiza se despliega con la casa payesa al frente como blanca capitana, seguida de ribazos, aljibes, molinos, secanos y huertos, un espacio que merece ser caminado a paso de lagartija, colándose hasta por la última rendija curioseándolo todo con ojos de niño. En muchos lugares de la isla este privilegiado marco espacial, fruto de siglos de manos encallecidas y de sapiencia popular, se despereza hasta la costa misma, licuándose el blanco de la cal y el ocre de la arcilla labrada con el azul de las calas. Aquí, el paisaje de la marina y el interior comparten orillas, resultando así la arquitectura payesa la bisagra con que la tierra se muestra al mar.

En la campiña ibicenca el espacio se diseñó a escala humana, un mérito exclusivo del payés que ya fue glosado en su día por reputados arquitectos del movimiento moderno. Pero lo que más me llamó la atención fue constatar que la presión turística había degradado el paisaje en una proporción muy inferior a la sufrida en las costas mediterráneas de la península, con las que Ibiza casi comparte velas y olas, de tan próximas. Por descontado que dicha merma medioambiental se debe a la actividad industrial y la presión demográfica, mucho mayores allí que en la isla. Mas eso no lo revela todo. Tampoco el hecho de que la insularidad evite que la afluencia de visitantes en Ibiza sea exponencialmente mayor de la que es. A mi entender, hay un factor humano de peso para explicarlo: el modo de ser del payés, caracterizado por mostrar un sentido de la mesura difícil de hallar en otros lugares. La especulación inmobiliaria y la fiebre urbanizadora hubieran sido casi equiparables a las de la península si él no hubiera sido consciente del apego emocional por la tierra de su heredad, el entorno transmitido por sus padres, un legado que ha intentado preservar en la medida de lo posible. Se habrán perdido o desfigurado muchos otros rasgos de la cultura nativa, pero éste sigue en pie.

Añadiré que llevo el tiempo suficiente en Ibiza como para saber que si hay algo que horrorice a un payés son los excesos. Incluso los que dimanan de la ambición desmedida por el dinero, pues se gobierna en todo con moderación, uno de sus patrones de comportamiento. Aun enriqueciéndose, suele mantener un toque de sobriedad en su estilo de vida acorde con su trayectoria y su pasado; es una cuestión casi de buen gusto para él. Por supuesto que son legión los payeses que se han beneficiado de la industria turística vendiéndole o alquilándole terrenos o casas, faltaría más, pero a menudo en menor medida evitando precisamente las estridencias; no le es grato presumir haciéndose notar, no posee esa vanidad. A cuántos payeses conozco que podrían amasar grandes fortunas enajenando todo su patrimonio inmobiliario en vez de una porción. La tierra cultivable, muy limitada en Ibiza por razones geográficas, es estimada como el agua en el desierto, un tesoro escaso. Vivir en una isla pequeña aconseja ser prudente, tanto en el trato con el prójimo, tu vecino, con el que hay que convivir a la fuerza (lo que explica la escasa participación del ibicenco en los crímenes de la Guerra Civil), como en la manera de explotar los recursos de la isla, toda vez que basta contemplarla desde lo alto de una colina para otear su precariedad.

Lo expuesto hasta aquí no significa que todo sea idílico en Ibiza; ni mucho menos. Claro que ha habido abusos de la industria turística y se han saturado algunas de las franjas litorales, hasta el punto de perderse o degradarse los hábitats naturales que albergaban. Pero, aun así, Ibiza sigue siendo un paraíso. Quedan muchos otros tramos de la costa y amplísimas áreas del interior que mantienen casi intacto su encanto y su equilibrio. Gracias en parte, como tengo dicho, a la filosofía de vida del payés, adornada justamente por la virtud que más amaban los antiguos griegos: la mesura, una práctica que se traduce en «nada en exceso». Lo contrario de la hybris, una de las flaquezas humanas más censuradas por los griegos. Cometían un acto de hybris todos aquellos que incurrían en excesos llevados por una ambición desmedida. Podían ser de cualquier índole y contravenían la moral griega de moderación. Pues bien, en esto los payeses hubiesen sido citados por los griegos como un ejemplo a seguir. En su libro ‘Viajeros contemporáneos. Ibiza, siglo XX’, Vicente Valero escribe que «Ibiza ha sido descrita, en numerosas ocasiones, por sus características formales e históricas, como la más ‘oriental’ o la más ‘griega’, de las islas mediterráneas de occidente». Hay paralelismos que dan que pensar.

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