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Prats, Xescu

Los buitres al acecho

Estos días en que empieza a desatarse una cruenta guerra de precios entre el sector hotelero ibicenco, con rebajas del 40%, me vienen a la memoria esos tiempos anteriores a Internet, cuando los turoperadores aún eran un ente todopoderoso que redirigía el mercado hacia la dirección que le convenía y sometía a las empresas locales a un juego de trileros. Era la época en que los hoteleros de Sant Antoni y la bahía se reunían para pactar precios y comprometerse a aguantar los envites del Club 18-30 y otros mayoristas. Solía ocurrir que, a las primeras de cambio, alguno acababa prescindiendo del acuerdo y tirando el precio por los suelos, lo que generaba un instantáneo efecto dominó.

Ahora parece ser que la incertidumbre económica derivada de la pandemia está provocando una coyuntura parecida, sin necesidad de que haya intermediarios forzando la situación. Es lo que ocurre en una situación de libre mercado y cuando existen muchas más camas vacías que gente dispuesta a ocuparlas, al contrario de lo que sucede en los años de bonanza. De esta coyuntura los que salen más perjudicados son las empresas pequeñas; es decir, los hoteles familiares, porque no tienen el músculo financiero de las grandes compañías, capaces de hablar de tú a tú a los bancos y prolongar más tiempo una situación de pérdidas y endeudamiento.

Lo que está ocurriendo, sin embargo, constituye un grave síntoma del estado de desequilibrio –o burbuja turística, si se quiere– que experimenta la isla desde mucho antes de la pandemia. Es muy probable que, cuando la situación económica se estabilice, dentro de dos o tres años, nos encontremos con un panorama notablemente distinto al de ahora. Me consta que innumerables empresas ya están cerrando o se encuentran al límite de hacerlo, mientras que inversores serios, pero también especuladores y oportunistas de toda estofa y procedencia, otean como halcones en busca de las oportunidades más jugosas.

En estas últimas semanas ya hemos visto cómo algunos hoteles importantes cambiaban de manos. Mientras estas ventas se produzcan entre grandes compañías internacionales, nos quedaremos como estábamos. Lo inquietante es que nuevos restaurantes, alojamientos y comercios, hasta ahora en manos de residentes, acaben siendo propiedad de corporaciones sin alma que transformen estos negocios, sustituyendo productos locales, auténticos y con historia, por otros globalizados que van minando la personalidad que siempre ha caracterizado a la isla. El atractivo de Ibiza lo ponen a partes iguales el paisaje y la atmósfera que generan sus establecimientos y negocios tradicionales, de los que cada vez van quedando menos. La pérdida de carácter del centro de Ibiza ciudad, en relación a los innumerables comercios históricos que han sido sustituidos por franquicias y cadenas, constituye el mejor ejemplo.

El equilibrio se rompió hace ya algunas décadas, a partir de los años 80, cuando la inmensa mayoría de ibicencos aún se sentía a gusto conviviendo con el turismo, gozaba de un nivel de vida aceptable, la vivienda y otras necesidades básicas no se habían encarecido de forma insensata y la isla no se encontraba ni la mitad de saturada que en estas últimas temporadas previas a la pandemia. A lo largo de estas décadas, sin embargo, se ha buscado un crecimiento progresivo, superando cada año el récord de la temporada anterior. Para conquistar ese objetivo, se han construido más y más hoteles y apartamentos y se ha multiplicado la oferta complementaria, provocando en paralelo un incremento poblacional, hasta el punto de que Ibiza, como destino turístico, ya no es viable sin una saturación excesiva. Sin playas, carreteras y pueblos hasta las trancas, el sistema se tambalea.

La situación aún se ha agravado más con esta exagerada fiebre del turismo de lujo, que ha permitido a las grandes empresas hoteleras generar unos beneficios estratosféricos, sin que estos hayan repercutido en la población. Y, además, han atraído el interés de los fondos buitre y los grandes especuladores internacionales, que cada vez aglutinan una porción más grande del pastel.

Por eso, ahora que vislumbramos en lontananza un verano más escueto y con una afluencia reducida de viajeros, es inevitable que se desate esta guerra de precios. El gran efecto secundario de la pandemia, en Ibiza, será el aceleramiento de este proceso de transformación y en cinco años ocurrirá lo que tal vez habría tardado 15 ó 20. Más empresas pasarán de manos locales a foráneas e Ibiza se sumergirá aún más en esta tendencia de desnaturalización, que además lleva aparejada una preocupante fuga de capitales, pues dichas compañías no están radicadas aquí. Paradójicamente, la isla es uno de los destinos turísticos que más capital generan y, sin embargo, se agravan las diferencias sociales y el ibicenco cada vez vive peor.

En tiempo de crisis los buitres sobrevuelan al acecho y nosotros somos el bocado más apetecible.

@xescuprats

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