Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Pilar Ruiz Costa

Una ibicenca fuera de Ibiza

Pilar Ruiz Costa

Montar en bicicleta

Dicen que montar en bicicleta no se olvida nunca. Cosas de la neuroplasticidad y de la capacidad de las neuronas de crear sinapsis. Pues en bici no lo sé, pero a mí se me está olvidando andar con tacones. Lo habré intentado un par de veces y aborto la misión rápidamente aunque suponga cambiar el vestido de noche por vaquero y camiseta. Total, ¡qué más dará!

Así que plana, salgo y aquí en Madrid sigue todo abierto, menos lo que ha cerrado definitivamente, claro. Que nos sobran los motivos para lo uno y para lo otro. Ando absorta y plana en el supermercado, eligiendo quesos o champús, cuando la misma voz en off que antes anunciaba ofertas en nuestra sección de pescadería, me despierta: «Pensamos en su seguridad, por favor, ayúdennos a cuidarle usando guantes en todo momento y manteniendo una distancia de dos metros». Miro alrededor convencida de que esto es una película de ciencia ficción. Cada vez me pasa más a menudo: me despisto y por un momento ya no recuerdo cuánto hay de ficción en esta realidad o cuánta realidad había en lo que mirábamos tan tranquilos convencidos de que solo era ficción y viajo —que nos sobran los motivos—, entre lo otro y lo uno.

Por las calles de Madrid, las jóvenes pasean planas sus bolsas de rebajas driblando las mesas a reventar en las terrazas. Sin mascarillas. El que fuma porque fuma, el que bebe porque bebe; todos porque charlan y ríen como si lo de los 700 muertos diarios del televisor fuera el tráiler de otra película de ficción. Yo también cambio de canal y si tropiezo con programas de viajes, me quedo. Mira, esas personas cómo bucean, cómo bailan; ahí, en puestos de comida callejera, sorbiendo saltamontes o sopa de murciélago. Y se me ponen de puntillas esas ganas inmensas de huir, hasta que de nuevo caigo en que no son de verdad. Que son una película —o quizá la película es el hoy— y no existe ese Vietnam, Brasil… como también engañarán a otros mostrándoles gente brincando en fiestas en Ibiza y me enfado tanto que hasta me parece, por un rato, que tendrían que prohibir la emisión. Es publicidad engañosa. Es crear falsas expectativas despiadadas como los políticos que hablan de salvar la Semana Santa. Al menos que pongan —donde antes iban los dos rombos—, un aviso de que estas imágenes son de tal año y la cadena no puede garantizar que guarden parecido alguno con el mundo actual.

Añoro cuando olía los botes de champú en el supermercado. Este no, este sí, este tal vez. Añoro cuando la calle me traía olores más allá de los que caben en mi mascarilla reutilizable con filtro fpp2. Paso por delante del escaparate del salón chino donde solía hacerme las uñas. Debe oler a cera caliente y a acetona. Va a hacer un año que no voy y eso que los chinos tienen información privilegiada. De repente, cerraron todo, colgaron carteles que anunciaban vacaciones, ¿vacaciones los chinos? ¡Ahí supimos que el mundo que conocíamos se iba a acabar! Pero volvieron. Transformaron antes que nadie los locales en búnkeres de paredes de metacrilato y cortinillas de hule. Mira ahora, apenas dos clientes cuando antes atendían a una docena y otros tantos esperaban. Te asomabas y una china al fondo te hacía un gesto para que te sentaras mientras se acababa su cuenco de sopa y volvía cargada de muestrarios de uñas de colores. «Normal, permanente, gel, cuadradas, redondas…» era todo el español de muchas. Y ‘guapa’, a llamarte guapa aprendían enseguida. «Siéntate, guapa». «Muy bien, rojo, guapa». Y a mí que me gustaba lo escueto de la transacción. Al grano: manicura, pedicura o un masaje; olvidarme por un rato del mundo —el de antes, el que ahora intento que no se me olvide—, sin que me pregunten a qué me dedico, si tengo hijos o que si no tengo novio será porque no quiero. Con un par de guapas, al llegar y al irme, me bastaba. Y con mis uñas, siempre sencillitas. Cada vez que algún maromo a mi lado se ponía esas uñas —vivo en Chueca—, escandalosas, con purpurina e incrustaciones de pedrería, ya sabía que este no friega los platos. Tampoco tiene plazo para entregar artículos. Yo hasta para eso soy del montón: largo contenido, hidratadas y transparentes. Algún día francesa y para de contar. Que parece que no me hago nada, pero ya les digo que dos visitas al mes. De los meses de antes, porque hace un año que no, que no. Pobres chinas, pobres uñas, pobre yo.

En el escaparate, muestrarios de uñas y zapatos de tacones imposibles, que bien podrían estar en alguna tienda de la calle de La Virgen —la Virgen de antes—: plataformas escandalosas, con purpurina e incrustaciones de pedrería que ni por todo el dinero del mundo me atrevería a montar hoy.

Dicen que montar en bicicleta no se olvida nunca. A saber, pero presiento que sumo mi segundo invierno de calzarme las Chelsea y nada más. Los vestidos de noche, ahí se quedan, junto a los stilettos. Por aquello de las sinapsis, claro, y para que no se me olvide del todo quién fui algún día y tal vez… Quien todavía soy.

@otropostdata

Compartir el artículo

stats