Opinión
Pedro María Asensio
A Tur Costa
El viaje más largo es el que se realiza al interior de uno mismo». Hammarskjöld
Conocí la obra de Tur Costa en el primer viaje a Ibiza. Los campos y mares de las islas el esplendor del verano. Apuraba los últimos días de libertad antes de cumplir con la penosa obligación de servir a la patria. Santa Eulalia fue mi refugio, allí conocí días felices. Venía de Cuenca, tras fracasar en el intento de representar una obra de teatro con un grupo independiente y elegí el Mediterráneo para reponerme.
Recuerdo emocionado el día, la tarde, en la que subiendo por Dalt Vila encontré una pequeña hornacina en la muralla llamada Galería C. Van der Voort. Aquel imponente rincón oscuro y gris, mostraba en su interior una obra hecha de luz y poco más. Sólo es blanco el blanco que se mezcla con la blanca luz del aire de Ibiza. Me quedé impresionado; jamás había visto nada igual, más aún que sorprenderme, aquellas geografías me inquietaban y lo tomé como una señal, pues en la buhardilla de la pequeña ciudad de donde venía, habían quedado algunos cuadros negro sobre negro, luto de lutos interminables.
No dudaré en calificar, y así lo he dicho muchas veces aquella experiencia de iniciática. Tenía que conocer mejor aquella obra, aquella ciudad y aquellos pintores de la luz. Desde la quieta y conocida negrura me cegó el blanco y mis ojos cambiaron de color. No miré más al urbano oeste y tomé la decisión de permanecer en esta orilla. Han pasado cerca de cincuenta años desde aquella inolvidable experiencia.
Los escritos de Vicente Valero y Antoni Marí, entre otros, dificultan cualquier intento de aproximarse a la obra de Tur Costa con ojos propios, pues en su lucidez nos recuerdan que está todo dicho y bien dicho. No obstante, intentaré sencillamente remarcar la importancia capital que a mi juicio poseen la figura y la obra de Tur Costa pues la considero una de las claves para entender el Grupo 59, aquel aire nuevo que soplaba desde otros mundos hacia el nuestro. No es difícil de imaginar la mutua seducción entre viajeros y jóvenes inquietos, la posibilidad de ver imágenes diferentes en revistas mejor editadas, e incluso a color. Conocer las inquietudes artísticas que sacudían aquella Europa convaleciente se llevaba bien con la inusitada y paradisiaca belleza de las islas. Se necesitaban mutuamente y por ello se comunicaban mejor. Las nuevas ideas y formas de ver y vivir debían suponer aire fresco, esperanza de cambio en una triste y gris España franquista. Aquel joven seductor y seducido cambió su destino, compartiendo viaje y futuro con otra gran artista, Anneliese Witt.
Se atrevió pronto a pintar de blanco a la mismísima luz, a tapar con el sudario tanto pasado e iniciar desde el arte la mudanza de los tiempos. Sus cuadros y su vida ilustrarán el tránsito de un tiempo de doloroso gris a la perfectamente iluminada esperanza.
Muy pronto interesó su obra y logró el respeto de todos sus compañeros de viaje. El camino que iniciaba sorprendió por su seriedad y compromiso tanto como por la elegante pulcritud de su factura. Nada le era indiferente y supo teñir la materia de espiritualidad. Si respetaba algún espacio, acotaba signos, señalaba lugares exactos y mostraba caminos de lápiz en los blanquizares desiertos, fue por pura consciencia. Sus heridas de color no sugieren oraciones sino certezas, dolor y conocimiento interior.
Sus elocuentes silencios claman remedios y consuelos para tanta perplejidad en quien se asoma al arte. Su obra contiene el misterio que compartimos.
Hoy, tras larga trayectoria artística, nos sigue inquietando la visión de sus últimas obras nuevas donde nos advierte de que el blanco, ya no lo es y el verdigris de los fondos nos invita a pedir una explicación.
A uno le entran ganas de robar aquella brocha que sabía pintar el blanco y encalar con ella una última capa de luz€ pero no, todas las claves están en su pintura bajo una atenta mirada. Esperaremos a comprender su mensaje y le acompañaremos por sus nuevas e inexploradas sendas con el único deseo de seguir aprendiendo.
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