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Diario de Ibiza

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Historia

Atocha, trenes y corrupción

El 11-M es una fecha negra de la historia por los atentados de Madrid. Uno de los puntos más afectados fue la estación de Atocha, que estos días ha sido centro de la polémica porque se le quiere poner el nombre de Almudena Grandes

Estación madrileña de Atocha.

Este viernes se conmemora el 18º aniversario del peor atentado terrorista sufrido en España. Una célula de Al Qaeda hizo estallar 10 mochilas explosivas distribuidas por trenes y estaciones de la red de cercanías de Madrid. En total fallecieron 193 personas y hubo más de 2.000 heridos de diversa consideración.

Una de las zonas más afectadas fue la estación de Atocha, que estos días ha sido noticia porque el Gobierno español ha acordado rebautizarla como estación de Atocha-Almudena Grandes, para homenajear a la escritora muerta de cáncer en noviembre del pasado año. La decisión ha causado polémica entre las filas de los partidos de derechas porque la novelista siempre mostró su compromiso político con las izquierdas, y no se lo perdonan. De hecho, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, para despreciar la iniciativa, hizo un hábil juego de palabras dando a entender que la estación ya llevaba el nombre de una mujer porque estaba dedicada a la Virgen de Atocha, una figura venerada desde al menos el siglo VII.

Efectivamente, la virgen y la estación comparten nombre, pero porque atocha es la planta de esparto que crecía generosamente en las afueras de Madrid. Tanto en el lugar donde se apareció la Virgen como en el espacio donde en 1851 se construyó la estación. Una infraestructura, por cierto, con un origen polémico y que recuerda a algunos casos de corrupción vividos en la España del siglo XXI.

Desde 1829 se intentaba iniciar el despliegue de la red ferroviaria, pero España era un país atrasado y arruinado, incapaz de seguir el ritmo de la industrialización que marcaban Francia y Reino Unido. Tanto era así que las concesiones otorgadas para diferentes proyectos de ferrocarril acababan caducando porque nadie tenía dinero suficiente para llevarlas a cabo. Esto cambió con la entrada en escena de José de Salamanca, un político nacido en Málaga en 1811 y que, con solo 26 años, ya era diputado en las Cortes. Gracias a sus contactos y a su habilidad a la hora de especular en bolsa, empezó a hacer fortuna. En 1841 ya tenía el monopolio de toda la sal que se producía en el país, pero quería más y puso la mirada en el ferrocarril; por eso aprovechó que fue designado ministro de Hacienda en 1845 para autootorgarse la concesión de las obras de Atocha. Incluso según la manera de hacer política de la época, aquello fue considerado un escándalo. Inicialmente se marchó a Francia para evitarse problemas, pero volvió al poco tiempo y la estación se construyó.

Salamanca tenía esa capacidad de movimientos porque no actuaba solo. Formaba parte de una red de políticos y aristócratas que la reina madre, María Cristina de Borbón, viuda de Fernando VII, había tejido alrededor suyo y de su segundo marido, Fernando Muñoz. Desde la corte, la pareja movía los hilos de todo aquello que podía reportar beneficios económicos y colocaba a sus acólitos en los lugares clave de la administración pública para asegurar su control. Así fue como Salamanca ocupó la cartera de Hacienda.

La situación de abuso era tan clamorosa que la reina madre y su marido terminaron exiliándose en París, para evitar poner en peligro el reinado de su hija Isabel II. Ahora bien, continuaron sus negocios turbios desde la capital francesa. Uno de los que más atención despertaba era el tren. Por entonces se vivió una verdadera fiebre para invertir en proyectos de los que los inversores esperaban obtener mucho dinero, pero la mayoría de las veces era un juego entre intermediarios y comisionistas, que acababan siendo los verdaderos beneficiados de todos aquellos negocios. A trancas y barrancas, la red ferroviaria española se fue expandiendo desde Atocha y se construyó la línea que conectaba con Alicante y Zaragoza.

En cuanto a José de Salamanca, tras su paso por el ministerio logró el título de marqués y se dedicó a las inversiones inmobiliarias. Por eso en Madrid existe el famoso barrio de Salamanca. Ahora bien, en los últimos años de su vida encadenó una serie de operaciones fallidas que le dejaron en la ruina. Hasta el punto de que cuando murió, en 1883, no tenía prácticamente nada.

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