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SERIE MULTIMEDIA Los caladeros de la yihad (VI)

Tras el rastro de las siervas del Daesh

La Policía busca a terroristas activas en labores de financiación y preparación de atentados

Mujeres en la yihad. José Luis Roca

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Mujeres en la yihad. Juan José Fernández

Ni el mujahidín era un príncipe de ojos verdes, ni la vivienda un chalé entre palmeras junto al Eúfrates. El paraíso que el autodenominado Estado Islámico prometía hace siete años a las mujeres que quisieran ir a apoyar la guerra del integrismo en Siria e Irak fue primero una vida de sobresaltos en chamizos, y se ha transformado después en una huida por el desierto, campos de concentración en áridas planicies o una durísima viudedad. 

“Objeto de vejaciones, mercantilizadas, en medio de una enorme pobreza” las describe una inspectora jefa de la Comisaría General de Información de la Policía Nacional consultada para este reportaje, y que ha seguido el paradero de españolas que respondieron "sí" a Daesh. Sí a la oferta de casarse con un combatiente integrista y acompañarlo en el frente para ser su compañera, su descanso y la madre de sus hijos.

Esa era la propuesta de la organización yihadista, y la de vivir una vida de religión y matrimonio lejos de la corrupción de Occidente. “Muchas de ellas estaban en posiciones de vulnerabilidad. Y se les vendía un mundo idílico muy diferente a la precariedad en la que estaban”.

Celestinas de la yihad

Cristina B. no interpretó su detención en su pueblo (Cullera, Valencia) en noviembre de 2020 como una liberación, pero sí su familia, y su grupo de amigas, y toda la falla de Raval de Sant Agustí, en la que había participado antes de convertirse en una excéntrica, vestida con riguroso niqab oscuro.

Solo 15 días antes de que la atrapara la Policía Nacional, había comentado en redes sociales que el profesor francés Samuel Paty, decapitado por un fanático, “se lo merecía”. La investigación policial no la seguía por su execración de las víctimas de la yihad tanto como por su labor de remesadora de dinero para Daesh.

Su radicalización duró entre cuatro y once meses, según unas u otras fuentes cercanas al caso. “Tenía una vida totalmente integrada en la población, con una familia normal, pero se vio seducida por el Estado Islámico y participó en sus actividades. En un momento cambió totalmente su forma de ser. Fue detenida a tiempo”, relata la inspectora. 

Cristina B. no era una niña, pero otras captadas en Melilla, por ejemplo, no habían alcanzado la mayoría de edad. La Policía tiene constancia de la labor de mujeres captadoras que han pillado a otras mujeres en situación de vulnerabilidad. Efecto de las alcahuetas han sido varios viajes al infierno. “Mediante informes de la Comisaría General de Información, la Audiencia Nacional ha emitido órdenes de detención para cuatro mujeres que se fueron, al parecer, para casarse con mujahidines, y que tendrán que responder a la justicia de su papel en la organización”, explica la experta policial.

En los barrios de El Príncipe de Ceuta y Reina Regente de Melilla, las celestinas se han centrado en chicas muy jóvenes. “Algunas menores podían haber sido presa fácil –cuenta la inspectora jefa-. Sentimos orgullo cuando podemos neutralizar ese viaje, ese adoctrinamiento perverso, reintegrarlas con sus familias, y evitarles el drama de vivir una situación tan denigrante como estar al servicio de una organización terrorista, con las vejaciones y el dramatismo que conlleva”.

“Solo era por ligar”

Pero no siempre es otra mujer la embaucadora, sino un galán aún con la pubertad cerca. El melillense Y. Mohamed tenía en torno a sí a una treintena de mujeres de Ceuta, Melilla y Barcelona, muchas de ellas menores, en las redes sociales. Una de ellas, Carolina Peña, administraba una de esas redes, el grupo de Whatsapp “Abrázate al Islam”. Era el año 2014. Al Bagdadi acababa de proclamar el Estado Islámico, y su organización no se escondía como ahora.

Cuentan un veterano jurista en Madrid que el hombre, considerado por la Policía centro de la primera célula integrada casi exclusivamente por mujeres en territorio español, le dijo a la Justicia que se revestía de yihadista “solo para ligar”. Según el escrito de acusación de la Fiscalía, poco antes de ser capturado le dijo a una seguidora: “El hombre está un grado por encima de la mujer. Así lo ha querido Alá”.

“Ahora eso de ligar no sería posible salvo en círculos muy marginales –opina esa fuente jurídica, con experiencia en el contacto con la inmigración magrebí-, porque el yihadismo ha perdido prestigio en las comunidades musulmanas de muchos barrios, donde a un radical ya se le ve más como un problema que como un hombre”.

Viudas recicladas

No contaba la propaganda que Daesh emitió en 2014 que la guerra diezmaría sus reservas de hombres. Y las bajas en combate en Siria e Irak han obligado a las mujeres yihadistas a evolucionar.

“Muchas, cuando su marido ha perdido la vida en zona de conflicto, han sido totalmente mercantilizadas para otro mujahidín, sin consideración por sus sentimientos ni su situación”, cuenta la experta de la Comisaría de Información. Pero otras han pasado de su papel de sumisión a otro de acción violenta. “Se han creado brigadas de mujeres que han participado activamente en la zona de conflicto”, prosigue esta fuente. La propaganda islamista radical las muestra empuñando el kalashnikov y corriendo con burkas negros.

“Ha ido evolucionando su papel. Ha habido ya mujeres que han participado en atentados en otros países europeos”, dice la inspectora de Policía. Al peligro de los retornados se suma el riesgo de las retornadas. De 254 yihadistas que salieron de España entre 2014 y 2018 –la mayoría marroquís y 48 con nacionalidad española-, 31 eran mujeres. Según datos del Centro de Inteligencia contra el Terrorismo y el Crimen Organizado (CITCO) recogidos por el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, la mitad de esas mujeres estaban casadas cuando se fueron a Siria. El resto buscó el amor a la vez que su sueño islamista radical.

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