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Eclipse

Espectacular eclipse total de Sol en Ibiza: un hechizo inolvidable en Portinatx

Llegó el eclipse total. Llegó la noche. Llegó el silencio, luego un grito común de puro asombro y luego otra vez el silencio

Portinatx se rinde al hechizo de un eclipse total inolvidable

Guillermo Sáez

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Guillermo Sáez

Guillermo Sáez

Portinatx

"¡Solo queda una hora para el fin del mundo!". A las 6.30 de la tarde, cuando el cielo aún seguía inmerso en su rutina de costumbre, a los miembros de la Agrupación Astronómica de Eivissa ya les costaba contener la euforia que llevaban tanto tiempo acumulando. En su medio siglo de historia, el Far des Moscarter nunca había generado tanta expectación en una calurosa tarde de agosto. En sus escarpados acantilados brotaron sombrillas de colores, telescopios, cámaras fotográficas... Todos querían coger el mejor sitio para contemplar el baile agarrado entre el sol y la luna, antes de que el primero se zambullera en el mar, ajeno al asombro que despertaba sobre el centenar de humanos desplegados en este enclave apocalíptico del norte ibicenco. Más apocalíptico que nunca.

La ocasión era tan especial que había imantado hasta aquí a mister Baker, un septuagenario estadounidense que ha cruzado el Atlántico solo para disfrutar de este momento en Ibiza. Estaba bien acostumbrado al calor gracias a su Arizona natal, pero aun así iba bien protegido, pero sobre todo equipado, con tres cámaras fotográficas conectadas a un portátil. Lo instaló todo con esmero, casi parecía un pequeño estudio de televisión. "Es mi tercer eclipse", aseguraba, porque nunca es tarde para disfrutar a fondo de una afición. Baker está cerca del acantilado, quizá demasiado, como más personas que parecen listas para una jornada normal de playa, con neveras portátiles, bañadores y flotadores. La diferencia es que un paso adelante no te acerca a la orilla, sino a un destino trágico.

"Estoy preparado, tengo de todo"

La sombra de cualquier pequeño arbusto se cotizaba cara y bien lo sabía Antonio, que no pensaba moverse de otro de esos peligrosos balcones al eclipse. "Estoy preparado, tengo de todo", contaba, encantado con el plan que la naturaleza brinda en este miércoles estival. Según se iba acercando la hora clave, se iban formando pequeños corrillos, nacidos de una pasión fugaz, en los que se seguían escuchando las mismas preguntas sin resolver, a pesar del bombardeo informativo de los días previos. "¿Entonces, cuándo me puedo quitar las gafas?", preguntaba un chaval en chanclas y con el torso descubierto. "Mejor que no te las quites en ningún momento", le contestaba un miembro de la Agrupación con gesto serio. "¡Falta media hora para el fin del mundo!", se escuchaba de repente, desde algún punto del acantilado. ¿Alguno se lo tomaría en serio? Quién sabe. Hasta se escuchaba cantar un 'cumpleaños feliz'. Una celebración inolvidable.

A las 19.39 empezaron las cosquillas de verdad. "¿Por dónde aparece?", preguntaba uno al aire en referencia a la Luna. "¡Por abajo a la derecha!", le contestaban rápidamente. Mientras el bocado al sol iba creciendo, aparecían espumaderas y cazuelas para completar uno de los pequeños pasatiempos de la tarde: conseguir una reproducción en miniatura del eclipse en cada agujerito de cada cacharro. Bingo. Se celebra. El hechizo conjunto, el retorno a la infancia de todos los presentes, iba en aumento al ritmo que menguaba el astro rey por su extremo sureste.

Cunde el pánico junto al Far des Moscarter

"¡Se está nublando, se está nublando!". Quedaban 15 minutos para el eclipse total y cundía el pánico junto al Far des Moscarter. "¡Soplad, soplad!", pedía uno. "¡La hoja de reclamaciones!", pedía otra. Filtros en las cámaras, sin filtros en los comentarios por culpa de los nervios. El momento cumbre ya estaba cerca y el acantilado empezaba a bañarse en una luz que parecía enferma, una luz que quería iluminar, pero no podía. Las chicharras no callaron, pero los mosquitos sí salieron en masa a picar a tanto incauto disponible. Todas esas bagatelas se hundieron en el olvido cuando llegó el majestuoso momento que todos esperaban ya con ansiedad. Las nubes mostraron clemencia y se apartaron justo a tiempo, una deferencia que no tuvieron en otros rincones de la isla donde se arrogaron un protagonismo que no merecían. Llegó el eclipse total. Llegó la noche. Llego el silencio, luego un grito común de puro asombro, y luego otra vez el silencio. Un minuto largo que nunca olvidarán los que apostaron por Portinatx para disfrutar del fenómeno. El anillo dorado se dibujó con una perfección impactante. Más de un siglo después, la larga espera había merecido la pena.

El orgasmo colectivo

"Increíble". "Lo recordaremos siempre". "Qué pasada". Frases que en el cine suenan impostadas, de repente sonaban completamente normales bajo el Far de Moscarter. El ambiente general era casi post coital. Se abrieron latas de cerveza y si no se fumó es porque estaba estrictamente prohibido debido al riesgo extremo de incendio. La gente compartía sus experiencias tras el orgasmo colectivo mientras decenas de pequeñas embarcaciones surgían desde alta mar y se iban acercando de nuevo a la costa. Los privilegiados que lo habían disfrutado sobre el agua no pudieron compartir el hechizo que se produjo junto al faro. Veinte minutos después del eclipse total, ya nadie tenía claro si era de día o de noche, si el sol era el sol o se había convertido en su compañera de baile, ya que empezaba a meterse en el horizonte convertido en media luna.

Y a las 20.53, culminó la puesta de un sol herido que al menos se llevó un caluroso aplauso desde este acantilado de Portinatx. Empezó entonces el peregrinaje de vuelta a la supuesta civilización, más metafísico que nunca después de haber experimentado algo casi sobrenatural. Volver junto a los humanos, despojados ya del hechizo astronómico, condenados de nuevo a las inmundicias de la rutina después de haber tocado el cielo con las manos. Todos lo hicieron con una enorme sonrisa dibujada en sus rostros.

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