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Astronomía

Así vivió Ibiza el eclipse de 1905, entre tejados, cristales ahumados y un «¡Adiós para siempre!»

El 30 de agosto de 1905 la isla entera levantó la vista al cielo para contemplar un eclipse total que convirtió durante unos minutos el mar en una mancha oscura, hizo aparecer las estrellas en pleno día y llenó balcones y azoteas de improvisados astrónomos

Recorte del Diario de Mallorca sobre uno de los telescopios montados en la isla para el eclipse

Recorte del Diario de Mallorca sobre uno de los telescopios montados en la isla para el eclipse / DM

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Fernando de Lama

Fernando de Lama

Ibiza

No había gafas homologadas para eclipses, aplicaciones que indicaran la posición exacta del sol ni teléfonos móviles preparados para inmortalizar el momento. Había balcones, azoteas y cristales ahumados. Con semejante equipamiento, Ibiza se dispuso el 30 de agosto de 1905 a contemplar uno de los mayores espectáculos que puede ofrecer el cielo, un eclipse total que durante unos minutos convirtió el día en noche y dejó una crónica curiosa y entrañable en es Diari.

La expectación llevaba semanas creciendo. El 10 de agosto, Diario de Ibiza informaba de que ya habían llegado a Palma algunos astrónomos extranjeros «provistos de los aparatos del caso» para estudiar el fenómeno. En Ibiza, sin embargo, no se esperaba semejante desembarco científico. «Regularmente aquí, en Ibiza, los espectadores del espectáculo celeste seremos únicamente los de casa, pues no es probable que nos venga gente de fuera con este objeto», auguraba el periódico. Burgos podía quedarse con Alfonso XIII, la familia real y las grandes expediciones internacionales; en la isla, todo indicaba que el eclipse sería un asunto doméstico.

Eso sí, había que dejar bien atado el horario. El diario explicó que el fenómeno se produciría pasada la una y consideró oportuno añadir una aclaración tan innecesaria como maravillosa vista desde hoy: «De la tarde, es claro, porque a la una de la noche no puede ser». La astronomía, en 1905, también podía explicarse sin rodeos.

El momento de totalidad del eclipse de 1905

El momento de totalidad del eclipse de 1905 / Biblioteca Virtual de Defensa

Mientras tanto, en el resto de España el eclipse se había convertido en un acontecimiento científico, turístico y social de primer orden. El Instituto de Astrofísica de Canarias recuerda que instituciones nacionales e internacionales se repartieron por buena parte de la franja de totalidad, con equipos procedentes de Francia, Reino Unido, Italia, Suiza, Portugal, Países Bajos, Rusia, Hungría, México y Estados Unidos. Varias ciudades compitieron incluso por convertirse en el mejor lugar para contemplar el fenómeno y Burgos se llevó buena parte del protagonismo gracias a la presencia del rey y la familia real, acompañados por científicos, personalidades y numerosos visitantes. Hubo festejos y hasta corridas de toros: turismo astronómico antes de que nadie hubiera inventado el término.

En Ibiza, Diario de Ibiza iba preparando al personal a su manera. El 15 de agosto advertía de que, después de aquel eclipse, no se produciría otro total en Baleares durante lo que quedaba de siglo. El día 18 publicó con precisión matemática las diferentes fases previstas y el 22 dedicó un extenso artículo a las supersticiones que, durante siglos, habían acompañado a estos fenómenos. Dragones que intentaban devorar el Sol o la Luna, pueblos que armaban un estruendo monumental para espantarlos, guerras detenidas porque el día se convertía de repente en noche…

La preocupación más inmediata era mucho más terrenal: las nubes. El 29 de agosto, en vísperas del acontecimiento, es Diari advertía de que desde la noche anterior el tiempo se mostraba «algo desapacible» y temía que pudiera «echar a perder el espectáculo del eclipse». Después de semanas de expectación, habría sido una faena de dimensiones cósmicas. Pero el cielo decidió colaborar y, cuando llegó el gran día, las condiciones no pudieron ser mejores.

"Un espectáculo hermosísimo e imponente"

La crónica publicada el 30 de agosto de 1905 cuenta que «el cielo, hermosamente espléndido, y la atmósfera grandemente pura y diáfana, pareció que se habían puesto de acuerdo» para no frustrar los deseos de los hombres de ciencia. Y entonces comenzó la función. Cuando la luna terminó de cubrir el disco solar, Ibiza asistió a lo que el periódico calificó como «un espectáculo hermosísimo e imponente». La luz se amortiguó de forma brusca, el mar tomó «un color negruzco», las aves comenzaron a cruzar el cielo «atemorizadas y en busca de refugio» y las estrellas aparecieron en pleno día.

Para los científicos, explicaba el diario, aquello podía tener consecuencias de «capitalísima importancia» y aportar nuevos conocimientos a la ciencia. Para el común de los ibicencos, en cambio, el método de investigación era bastante más sencillo: salir fuera, buscar un buen sitio y mirar hacia arriba. Y eso hicieron. Probablemente la imagen más deliciosa de aquella jornada está en una frase de la propia crónica: «Desde mucho antes de empezar el eclipse hasta después de haber terminado, se han visto ocupados balcones y tejados y las calles por grupos de astrónomos de vidrio ahumado, haciendo observaciones». Los «astrónomos de vidrio ahumado» son, más de un siglo después, la mejor fotografía posible de la Ibiza de aquel eclipse. Familias, vecinos y curiosos se repartieron por azoteas, balcones y calles con sus improvisados filtros ante los ojos, pendientes de cada cambio de luz y de cada avance de la Luna sobre el Sol.

Durante unas horas, la isla entera pareció convertirse en un enorme observatorio popular. No había sofisticados telescopios en cada tejado ni expediciones científicas internacionales en cada plaza, pero sí una atención colectiva que sorprendió al propio periódico, que destacaba cómo el fenómeno había atraído «muy viva atención de todos estos habitantes».

El espectáculo fue tan bueno que al día siguiente apareció incluso un pequeño arrepentimiento. Diario de Ibiza señalaba que, de haberse conocido con antelación la limpieza del cielo, «no hubieran sido pocos los astrónomos que nos hubieran visitado». A cambio, la isla vivió algo probablemente más íntimo y difícil de organizar: una comunidad entera asomada a ventanas, balcones, tejados y calles para contemplar cómo desaparecía el Sol.

Al final, el redactor se permitió un momento de puro melodrama. Convencido de que aquel fenómeno no volvería a repetirse en condiciones semejantes durante generaciones, el periódico escribió: «Hemos podido menos que ofrecerle esta triste despedida: ¡Adiós para siempre!».

Después volvió la luz y comenzó una espera de más de un siglo.

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