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Okupación

Okupan un local comercial en primera línea de mar en una playa de Ibiza

Cuatro personas entraron en la antigua cafetería Buena Onda, en Platja d'en Bossa, durante la noche del jueves. El caso está judicializado y habrá que esperar a que la justicia se pronuncie.

Los okupas entraron en el local comercial de la planta baja del edificio residencial Bossa Dos

Los okupas entraron en el local comercial de la planta baja del edificio residencial Bossa Dos / Vicent Marí

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Jerónimo Marín Palacios

Jerónimo Marín Palacios

Platja d'en Bossa

Los vecinos del edificio Bossa Dos, situado en el Carrer d'Algarb, en Platja d'en Bossa, no pegaron ojo durante la noche del jueves al viernes de la semana pasada por los ruidos de los okupas que se afanaban en atrancar las puertas de acceso al local en el que acababan de entrar.

El local, una antigua cafetería llamada Buena Onda, lleva vacío desde 2020. Los propietarios son un matrimonio de avanzada edad que no se pueden hacer cargo del lugar. Su hijo se arrepiente ahora de haber instalado la alarma solamente en uno de los dos locales de los que es propietario. “La segunda alarma no llegamos a instalarla”, se lamenta. Según los vecinos, los okupas entraron durante la noche, forzaron la puerta lateral y estuvieron toda la noche atrancando las puertas de acceso desde dentro con varillas metálicas y alambres.

La propiedad

“Conocen la ley mejor que los propios policías”, argumenta el propietario, consternado. “Yo no vivo aquí, pero imagínate la gente que vive en el edificio y tiene que convivir con ellos”. Una vecina, afligida, manifiesta que tiene miedo de bajar a la calle con su hija pequeña mientras el local del bajo esté okupado.

Desde el exterior se puede ver el local, que no tiene ventanas, sino persianas metálicas que los separa el exterior. Dentro, dos hombres jóvenes duermen apaciblemente al sol del mediodía. Uno de ellos se despierta y declina hacer declaraciones a la prensa. Un pitbull ladra a su lado y mantiene a raya a los curiosos. “El que me da pena realmente es el perro, pobrecito, todo el día ahí metido con este calor”, manifiesta esta vecina. Alega que son cuatro los okupas, tres hombres y una mujer, aunque reconoce que hace días que no ve a la mujer en el lugar.

“Entre todos hemos llamado a la Policía más de 25 veces”, afirma el propietario, “los vecinos llamaron la noche de la okupación, pero la Policía no llegó hasta el día siguiente. Dijeron que no podían hacer nada porque no es una vivienda, es un local, y no se les puede imputar un delito de allanamiento de morada”, se lamenta. El caso está ahora judicializado y habrá que esperar a que un juez dicte sentencia.

Vista del exterior del local okupado

Vista del exterior del local okupado / Vicent Marí

Ruidos y peleas

De pronto, un joven sin camiseta se planta frente a las persianas del local okupado. Comienza a discutir en un idioma extranjero y a golpear con vehemencia las persianas metálicas. Discute con los okupas, presumiblemente por un tema económico. Tras unos minutos de discusión, se marcha, ofuscado. “Así toda la noche”, asegura la vecina. “Cada noche igual. No podemos dormir por los ruidos. Discuten todo el tiempo, a gritos, y también dan golpes, creo que están haciendo obras o algo dentro”, expresa esta vecina. “Tengo a mi niña durmiendo en casa, es normal que tenga miedo", expresa la vecina.

En el interior, dos colchones y una mesita son los únicos muebles. También hay algunos pareos tapando la luz que entra por las persianas. La brisa marina penetra en el local que, por lo demás, parece limpio y en buen estado. El propietario del lugar llama a la Policía Local para preguntar por los papeles del perro. Creen que ahí tienen un hilo del que tirar. De repente, el dueño del animal aparece por las inmediaciones del local okupado. Tiene acento extranjero y solamente consigue farfullar algunas frases inconexas. Es su manera de mostrarse evasivo.

"Yo me voy cuando quiero, soy el jefe"

El propietario del local se enfrenta a él con una sonrisa burlona en el rostro. “¿Cuándo os vais a ir?”, le espeta el propietario. “Yo me voy cuando quiero, soy el jefe”, responde el hombre con autoridad. Se trata de un varón de mediana edad, viste pantalones cortos de deporte y unas chanclas y se pasea sin camiseta por el barrio. "Yo no quiero problemas contigo", replica el okupa. Asegura que el perro tiene pasaporte, certificado de vacunas, seguro y licencia de perro potencialmente peligroso. En ese instante llega la patrulla de la Policía Local para hacer las debidas comprobaciones. En el tiempo que tardan los agentes en bajarse del vehículo, el hombre se ha desvanecido.

El local, situado frente a un conocido gimnasio de la zona, está a la vista de todo el mundo. Cualquiera puede pasar y mirar en su interior: carece de ventanas y lo único que lo separa del mundo es la persiana metálica, a través de la que se puede ver el interior. Mientras tanto, la frustración se apodera del propietario: “Nosotros hacemos todo bien, pagamos nuestros impuestos, seguimos las leyes. Pero luego te pasa esto y la Policía te dice que tienes que seguir el proceso judicial y que no tienes que tomarte la justicia por tu mano. Es una sensación de indefensión total”, argumenta.

"Mi jefe me dejó este local abandonado para que se lo vigile. Yo le pago 500 euros al mes, por el perro", miente el okupa. Sabe que, si admite públicamente que fue él o uno de sus compañeros quien forzó la cerradura, su cobertura legal se termina. Afirma que trabaja de jardinero en una villa en el campo. "Me estafaron. ¿No puede la gente alquilarme una habitación?", pregunta, sin muchas ganas. El propietario del local está planeando el siguiente movimiento judicial, con la esperanza de poder recuperar su inmueble lo más pronto que lo permita la justicia.

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