Terremoto en Venezuela
Jorge Nacher, voluntario de Ibiza, regresa de Venezuela: “Ves una bota, la tocas, ves que hay un pie dentro y empiezas a excavar hasta que llegas al cuerpo”
El ibicenco regresa a la isla tras colaborar con el Grupo de Rescatistas de Baleares en los terremotos de Venezuela
Nacher coordinó maquinaria pesada, ayudó a recuperar cuerpos y acompañó a familias desesperadas por encontrar a sus seres queridos

Jorge Nacher junto al Grupo Balear de Rescate en su vuelta a España. / Jorge Nacher

Dos semanas después del terremoto en Venezuela, Jorge Nacher regresa a casa con la sensación de haber vivido una auténtica odisea. Una experiencia extrema, teñida por el dolor, la impotencia y el cansancio, pero también por una profunda lección de vida. Como voluntario junto al Grupo Balear de Rescate, se enfrentó a la cara más dura de la tragedia: buscar entre los escombros, coordinar maquinaria pesada, recuperar cuerpos y acompañar a familias que llevaban días esperando noticias de sus seres queridos.

Rescatistas del Grupo Balear de Rescate en Venezuela. / Jorge Nacher
Lo que más le marcó no fue solo la dimensión de la catástrofe, sino haberla vivido cara a cara con las personas afectadas. Conocer sus historias, escuchar sus súplicas y mediar entre familias desesperadas convirtió la misión en algo mucho más humano que técnico. “Ves los problemas que tenemos aquí y ves de dónde vienes… cambian las prioridades de uno en la vida”, reconoce Nacher, que vuelve a casa con la certeza de que allí todavía queda mucho trabajo por hacer.
Nada más regresar, el voluntario y concejal de Bienestar Social de Sant Antoni tiene que retomar su rutina en la isla. Sus dos trabajos (el Ayuntamiento y la construcción) y los compromisos pendientes. Pero una parte de él sigue en Venezuela. “Me sabe mal abandonar, dejar a la gente allí”, admite. Todavía mantiene contacto con algunas de las familias a las que ha ayudado durante esos días.
Su conocimiento en la construcción acabó siendo clave
Nacher viajó con un equipo formado por rescatistas, bomberos y especialistas en emergencias. Su papel inicial estaba más vinculado a la logística, pero su experiencia de más de veinte años en el sector de la construcción acabó siendo clave sobre el terreno. En los últimos días de misión consiguió que una empresa local cediera varias máquinas excavadoras para trabajar en distintas zonas afectadas. A partir de ahí, se encargó de coordinar esos recursos con bomberos, Protección Civil y las propias familias.
“Tenía cuatro puntos con cuatro o cinco familias diferentes en los que estábamos localizando los cuerpos de sus allegados”, explica. Con esas máquinas, y con el trabajo conjunto de los equipos de emergencia, pudieron recuperar varios cuerpos.
La maquinaria pesada, insiste, fue fundamental para avanzar en una zona completamente colapsada. “Hace falta en este tipo de catástrofes, es muy necesaria. Igual que es necesario un rescatista, es necesario un operario que lleve una máquina”, afirma. En los primeros días todavía puede haber avisos de vida, pero incluso para llegar hasta una persona atrapada es necesario retirar toneladas de escombros. “Todo lo que la máquina te quita no lo tienen que picar ellos a mano. Allí los escombros los sacaban a cubos”.
La magnitud de la tragedia y la desesperación de las familias
La magnitud de la tragedia hacía imposible llegar a todos los puntos al mismo tiempo. Nacher evita hablar de abandono, pero describe una emergencia desbordada por sus propias dimensiones. “No es que estuviera abandonado del todo, es que la magnitud era tan grande que era muy difícil abarcarlo todo”, explica. Habla de edificios de once plantas, de decenas de viviendas derrumbadas y de zonas enteras devastadas. “Para picar un forjado o dos forjados y llegar a un punto pasan horas y horas”.
Uno de los retos más duros fue lidiar con la desesperación de las familias. Algunas llevaban siete u ocho días esperando recuperar el cuerpo de un hijo, una madre, un padre, una abuela o una hermana. La necesidad de usar una misma máquina en distintos puntos generaba tensión entre quienes sentían que cada minuto podía acercarles o alejarles de sus seres queridos. En medio de ese escenario, Nacher terminó ejerciendo también como mediador.

Edificios destruídos en La Guaira. / Jorge Nacher
Su trabajo consistía en hablar con unas familias y con otras, explicarles los tiempos, mover la excavadora de un punto a otro y tratar de imponer cierto orden en medio del caos. “Al final la gente ya venía a buscar a Jorge”, recuerda.
De aquellos días se trae historias imposibles de olvidar. La de un hombre que buscaba bajo los escombros a su madre, a su abuela y a su hija. “Pudimos rescatar a su mamá y a su abuela. Estábamos buscando a la niña”, relata. También recuerda a una familia que quedó atrapada en la rampa de un aparcamiento cuando intentaba salir, o a una madre que esperaba encontrar a su hijo, trabajador de una panadería, que no tuvo tiempo de escapar. En ese mismo lugar murieron también otros empleados, entre ellos una joven embarazada de poco más de veinte años.
El trabajo de recuperación era lento, físico y emocionalmente demoledor. “Lo primero que vemos es una bota. La tocas y ves que no es una bota suelta, que hay un pie dentro. Empiezas a excavar hasta que llegas al cuerpo”, describe. Después llegaba otro momento durísimo: avisar a la familia para que pudiera identificarlo.
Aunque no es rescatista profesional, Nacher ayudó en todo lo que pudo. Su experiencia en construcción le permitió aportar criterios técnicos en zonas de riesgo. Sabía cómo excavar, por dónde picar y qué elementos evitar para no comprometer la estabilidad de una estructura ya muy dañada. “Un mal golpe podía poner en peligro a las personas que estaban dentro rescatando”, explica. Por eso, cada decisión se tomaba con bomberos, técnicos y voluntarios.
La vida del campamento
La vida en el campamento también reflejaba la dureza de la emergencia. El grupo dormía en un puesto de mando avanzado, con radios, carpas, pequeños iglús y colchones. No había agua corriente. “Te duchabas con un cubo de agua si lo conseguías”, recuerda. Uno de los gestos que más le emocionó fue el de una familia que les llevó dos cubos de agua y champú para que pudieran asearse. “Son detalles que te traes”, dice.
Por eso, al llegar al hotel antes de coger el vuelo de regreso, un gesto cotidiano se convirtió en un lujo. “Pulsamos y salía agua. Era una maravilla”, recuerda. “El simple gesto de abrir un grifo y que salga agua. O tirar de la cadena”. La experiencia le ha hecho mirar de otra manera las quejas diarias. “Aquí nos quejamos de que no llega presión al agua en julio y agosto. Bueno, la gracia es que tienes agua”.
De Venezuela se trae también la gratitud de la gente. Recuerda los aplausos al entrar en el aeropuerto, los abrazos de personas mayores y las muestras de cariño al subir al avión. “La gente venezolana nos ha tratado maravilloso”, asegura. Y aunque ha vivido otras emergencias, reconoce que esta, junto a la dana de Valencia, ha sido de las que más le han tocado emocionalmente por la respuesta de la población.
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