Urbanismo
De «isla asfalto» a «Eivissladrillo» con la construcción de VPL en rústico
La propuesta del Govern de permitir construir en suelo rústico para residentes en Ibiza genera desconfianza entre los lectores.

Vista general de la ciudad de Eivissa y su entorno rústico. | VICENT MARÍ

Permitir construir en suelo rústico para crear vivienda para residentes en cuatro de los cinco municipios de Ibiza (todos menos Sant Joan, que no tiene población suficiente para sumarse a la medida del Govern) suena, sobre el papel, a solución de emergencia. Pero en Facebook, donde las emergencias se comentan sin casco, sin planos y casi siempre sin anestesia, la propuesta ha caído como una hormigonera en mitad de un bancal.
Diario de Ibiza preguntó a sus lectores qué opinan de que se permita edificar en suelo rústico para crear vivienda para residentes en la isla, después de que los plenos de Vila, Sant Josep, Sant Antoni y Santa Eulària hayan aprobado la iniciativa del PP para adherirse a las leyes autonómicas de 2024 y 2025 que permiten obtener suelo rústico común, en áreas de transición, mediante Proyectos Residenciales Estratégicos. El objetivo declarado: aumentar la oferta de viviendas a precio limitado y dar prioridad a los residentes.
La medida, que no se aplicará en Sant Joan al no superar los 20.000 habitantes, la han defendido los gobiernos populares como una herramienta «de emergencia» ante la crisis residencial. En Vila se plantean ámbitos como sa Punta, sa Joveria y Cas Serres; en Sant Josep se habla de zonas como Cala de Bou, Port des Torrent, Sant Josep, Sant Jordi y Platja d’en Bossa, y en Santa Eulària se asegura que el 100% de la edificabilidad residencial tendrá que destinarse a algún régimen de protección pública. La oposición, en cambio, ha hablado de «pelotazos urbanísticos», «especulación» y «destrucción del territorio».
«Para residentes... es la zanahoria al final del palo»
Y los lectores, a juzgar por las respuestas, tampoco han salido precisamente a lanzar pétalos al paso del urbanismo estratégico. La palabra más repetida, aunque con muchas variantes, es desconfianza. Candela Rosso lo resume con sorna: «Vivienda para residentes... jajajaja esa es la zanahoria al final del palo». Víctor Márquez Martín tampoco compra el envoltorio: «Me da a mí que será esto más tocomocho».
El gran temor es que la promesa de vivienda asequible acabe convertida en otra cosa. Sagrario León Caballero pide una prueba del algodón futura: «¿Residentes? Cuando se vendan que nos digan quién las ha comprado». Jessyca Gómez lo condiciona todo: «Si fuera para nosotros los residentes...». Y Vane Cordón Cordón también lo ve bien solo bajo esa premisa: «Siempre que sea para residentes y no para ricos».
Hay quien incluso propone poner años de empadronamiento como candado. Rafael Ramírez Parejo apunta una de las variaciones incluidas por Sant Josep: «Pero para gente que lleve 10 años empadronados». Ana Cristina Redondo sube la apuesta: «Si los residentes llevan más de 20 años empadronados aquí, ¡genial! Si no, ¡no vale para nada!». En esa línea, el anuncio de Sant Josep y Vila de endurecer los requisitos hasta los 10 o 15 años puede sonar tranquilizador para algunos, aunque no parece haber apagado el incendio emocional.
Para muchos, el problema es que el suelo rústico es precisamente lo que aún quedaba por salvar. Águeda Rodríguez Molina se pregunta: «¿Cuánto tardarán estas viviendas en pasar a manos de no residentes? Para entonces ya nos habremos cargado el territorio y los recursos». Neus Torres Roig va más al fondo: «La solución es el decrecimiento. De aquí a unos años no habrá suficiente y seguiremos pidiendo más cemento». Y Jema Soundwave Storm lo deja en una frase: «Mal, el suelo rústico se debería de proteger y cuidar».
El miedo al «Eivisladrillu» —como lo bautiza Misse García— aparece en muchas respuestas. «Así de golpe me parece un total desgavell. Estamos muy mal de la cabeza. Pronto nos llamarán ‘Eivisladrillu’», escribe. Juan José Colomar Juan lo resume todavía más: «Isla asfalto». Y Magda Thuriet imagina el resultado final: «Un desastre, no va a quedar nada de campo en esta isla. Más casas, más gente, más coches, vamos a reventar...».
Otros lectores creen que la solución debería buscarse antes dentro de los núcleos urbanos. Jorge Llobet defiende que «lo que hacen falta son edificios en los núcleos urbanos. Lo de edificar en rústico no resuelve el problema». Aida propone empezar por lo ya existente: «Primero tendría que certificarse que todo el suelo urbano está exprimido al máximo (estructuras terminadas, descampados con proyectos, edificios abandonados renovados etc.)». Y Andreas Gagliardi señala un ejemplo concreto: «Que terminen las que ya están medio construidas, solo en Cala de Bou hay un montón».
También hay lectores que van directamente al corazón del mercado. Elena García Caballero sostiene que «no hacen falta más viviendas», sino «topar precios, prohibir pisos turísticos y beneficios para los propietarios que ofrezcan sus casas a precios asequibles». Simona Marziani coincide: «Muy mal, mejor cambiar la ley de alquiler». En este sector del debate, la idea es clara: construir más no garantiza vivir mejor si el precio sigue jugando en Champions y los sueldos en Regional.
La sospecha de especulación atraviesa buena parte del hilo de respuestas. Andrés Recio compara la propuesta con «montar una fábrica de Ferrari en la isla y decir que serán coches para residentes». Joss tampoco se lo cree: «No me creo nada, ¿en suelo rústico y construido por empresas privadas? No pienso que sean precios para residentes. Será accesible para unos pocos». Y Vicente Fonseca recuerda otros tiempos urbanísticos con resultado poco edificante: «Lo hizo Aznar, liberalizó suelo rústico y fue un auténtico desastre».
Fina Comes: «Me parece perfecto»
No todos están en contra. Fina Comes responde: «Me parece perfecto». Miguel Beltran Escarrer también lo ve bien: «Perfecto. Lo que hay mucho hdlgp que pide viviendas pero no quiere que construyan». Millán Rodríguez José añade: «Me parece bien no veo ningún problema». Y Daniel Ferrer Ribas introduce un matiz: «Siendo terreno rústico familiar lo veo necesario, ahora construir por construir no».
La mayoría, sin embargo, recibe la medida con escepticismo, miedo al ladrillo o directamente cabreo. Pepita Boned pide coherencia: «Por un lado limitan la entrada de vehículos porque no caben, no hay espacio, aun así siguen urbanizando zonas para seguir construyendo». Arya Psz lo resume como advertencia de isla finita: «Es una solución temporal que solo va a destrozar naturaleza y no arreglará el problema».
De momento, en Facebook, la respuesta mayoritaria parece clara: antes de tocar el campo, muchos lectores quieren ver garantías, precios reales, destinatarios claros y, sobre todo, que la palabra «residentes» no acabe siendo solo el azúcar para hacer tragar el ladrillo.
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