Turismo
"El turismo de los cruceros no sirve para nada": los comerciantes de Dalt Vila se quejan de que los cruceristas no consumen
La entrada de cruceros en el puerto no ayuda a levantar la temporada en el casco histórico de Ibiza, que ha empezado con actividad baja

Restaurantes varios en la plaza de Vila / Vicent Marí
Daniel de Lama
"Es una temporada rara. La isla está colapsando". Es lo que comenta Yago, camarero en el restaurante La Catedral, en Dalt Vila, sobre la temporada de verano actual: "Dependemos mucho de los cruceros", pero dice que de momento no ve demasiados pasajeros, y no es solo culpa de su apartada localización: muchos establecimientos de la ciudad antigua se quejan de que los cruceristas no compran nada en sus visitas.
Al echar un vistazo desde el mirador en la plaza de la Catedral, uno de los elementos que más destaca en el paisaje es un gran crucero amarrado al final del puerto de Marina Botafoc, pero parece que en esta ocasión, el abismo no devuelve la mirada.

Crucero al fondo del puerto desde el mirador de la catedral / Daniel de Lama
Durante este mes de junio, ha habido ya dos días en los que el puerto ha acogido a tres cruceros al mismo tiempo, y se espera un tercero. Sin embargo, esto no está atrayendo más clientes a los negocios de Dalt Vila, aunque se vea a las masas de cruceristas caminar por las calles. "Hay superpoblación en Dalt Vila. Seríamos más felices si vinieran menos cruceros", comenta Nicanor, responsable del restaurante Can Raio, en la plaza del Sol. "Hay muchos cruceros que no gastan nada", dice Rosario, dependienta en la tienda Mini Califa: "Aunque traen movimiento, falta dinero". Diana, dependienta de la tienda Jonc, opina lo mismo: "Este año lo de los cruceros va fatal. Vienen muchos y gastan muy poco".
Las calles cercanas a la Plaza de Vila, uno de los puntos principales del interior de las murallas, están abarrotadas de turistas de nacionalidades varias, entre las que destacan británicos e italianos. Dos chicas preguntan en inglés por la tienda Annie's Ibiza, cuya temporada, a pesar de haber empezado floja como en tantos otros establecimientos, parece que ya empieza a remontar, según cuenta su encargada, Christina: "Somos muy populares en redes sociales, eso ayuda".
No tiene tanta suerte la encargada de otra tienda que prefiere mantenerse en el anonimato. "Va fatal. Aún no ha arrancado la temporada, está costando mucho". Los cruceros tampoco la están ayudando. "A los pasajeros se los llevan a otros lados. Cuando pasan por aquí, nunca entran". No es exclusivo de su tienda: Varias otras de la zona, aunque estén bien posicionadas, no tienen a nadie dentro mientras la multitud de turistas pasea por la calle. "El turismo de los cruceros no sirve para nada. No consumen", afirma contundente Jim David, encargado de la joyería Fina Bou.
Los restaurantes tampoco están contentos con los visitantes que llegan por esta vía. "Los cruceros se notan muy poco, mucho menos que otros años. Es un turismo de baja calidad, con poco dinero", dice Carla de León, encargada de Popa. Está de acuerdo Tomás López, camarero de Bonito: "Se nota que los cruceros vienen con todo incluido. La gente come ahí y no gasta aquí".
La temperatura también afecta bastante a las visitas que recibe Dalt Vila. "Con tanto cemento, hace mucho calor. Hace falta vegetación, más sombra" dice Rosario, de Mini Califa. "Cuando está nublado trabajamos más. Los días de sol la gente va a la playa", afirma un camarero de un restaurante en la calle Sa Carrossa, que no quiere decir su nombre.

Tiendas en Dalt Vila / Vicent Marí
Nueva atracción, pero poco turística
El Parador de Dalt Vila se estrenó hace unos meses tras años en obras. Pero lo que prometía ser, según el ministro de Industria y Turismo Jordi Hereu, un "modelo excepcional en el mundo del turismo", no parece tener ese impacto en sus alrededores.
"Ni me había enterado", confiesa Andrea da Silva, camarera en el restaurante La Plaza. Nicole Veluz, de Ibiza Amanecer, sí lo sabía, pero no cree que haya afectado a la clientela que recibe: "Parece que no. Aunque sería difícil saberlo". Yago, del restaurante La Catedral, cercano al Parador, tampoco nota su influencia: "No hay muchos que suban hasta arriba". "Afecta más que abran discotecas, aunque estén lejos", dice el camarero anónimo.
Una respuesta distinta tiene, sin embargo, Jesús García Traspas, uno de los dueños de Traspas y Torijano. "Las únicas personas que vienen por el Parador es para preguntar dónde está, porque están perdidos. Dan vueltas y vueltas. Estaría bien que pusieran alguna señal, no hay nada". Afirma además que todos aquellos que les preguntan dónde está el Parador nunca compran nada, así que no les afecta al negocio.
El responsable anónimo de un restaurante en la calle Sant Rafel comenta: "desde las obras, el apoyo a Dalt Vila está discriminado. Hay menos gente y menos facilidad para subir". Es cierto que basta con salir de la Plaza de Vila para notar que se reduce drásticamente la presencia de turistas. En el túnel que lleva a la plaza del Parque, cerca del MACE, es posible observarlos abandonar el casco antiguo lentamente, arrastrando los pies. "Todavía tenemos 30 ó 40 minutos. Vamos a ver algunas calles más", se escucha decir en inglés a una mujer.
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