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Libros

Recuerdos de Puig Pere Toni: la comuna 'hippie’ de Ibiza en la que vivió el poeta Francesc Parcerisas

El escritor catalán, su hermano David y seis amigos más levantaron en 1969 una casa en una colina que fue su hogar en Ibiza durante años

En su época de 'pelut', Parcerisas trabajó de traductor 'freelance' y de docente haciendo sustituciones en el instituto Santa María

Parte de esos recuerdos en las Pitiusas los recoge en su libro 'Fer-ne vuitanta’

Francesc Parcerisas está desde hace unos días en Ibiza y se aloja en la casa de su hermano gemelo, David.

Francesc Parcerisas está desde hace unos días en Ibiza y se aloja en la casa de su hermano gemelo, David. / Vicent Marí

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Maite Alvite

Maite Alvite

Ibiza

Ibiza tiene reservado un espacio especial en la memoria de Francesc Parcerisas (Begues, Baix Llobregat, 1944) y también en su obra ‘Fer-ne vuitanta. Estampes, evocacions, imatges’, publicada el pasado mes de mayo con Quaderns Crema. En este libro, que es un recorrido por su trayectoria vital desde 1944 a 2024 construido a base de imágenes y de textos que contextualizan esas instantáneas, hay casi una decena de fotografías y de recuerdos que tienen que ver con la isla. Entre ellas, no podía faltar una mención especial a Puig Pere Toni, la prueba palpable de que los sueños, a veces, se convierten en realidad.

Pero antes de hablar en detalle de aquella comuna de hippies en lo alto de una colina y todo lo que significó en su vida, el poeta, escritor y traductor catalán echa la vista atrás para contar qué le llevó hasta Ibiza. Son muchos los recuerdos asociados a las Pitiusas y unos cuantos están plasmados en ‘Fer-ne vuitanta’.

Portada del libro 'Fer-ne vuitanta'.

Portada del libro 'Fer-ne vuitanta'. / Vicent Marí /Quaderns Crema

Este libro, aclara Parcerisas, «no es una memoria, ni una autobiografía, ni una colección de fotos», sino más bien «un álbum de cromos» en el que el hilo conductor es él mismo, aunque no se regodea en el yo. «No quería que fuera un libro literario con imágenes de los escritores que he conocido o con portadas de mis libros, aunque algunos se mencionen. Lo que me interesaba es, con la perspectiva que me da haber alcanzado los 80, hacer el ejercicio de seleccionar imágenes representativas, una por año, que ilustren momentos importantes», explica.

Reconoce que escoger las fotografías no fue tarea fácil. «Tenían que ser imágenes variadas para que esos 80 años no fueran una monografía en la que apareciera solo yo, sino que también recogiera hechos generacionales y sociales destacados y personas que han sido influyentes en mi vida», apunta.

El primer viaje a Ibiza

En la primera imagen de Ibiza que aparece en ‘Fer-ne vuitanta’ se ve a un joven Parcerisas sentado a una mesa del bar Los Pasajeros, en el puerto de Vila y, en primer plano, una mujer vestida de payesa con el pelo cubierto por un pañuelo negro. «En aquella época casi todas las mujeres ibicencas iban vestidas así», afirma.

La fotografía, en blanco y negro, data de la Semana Santa de 1964, que es cuando viajó por primera vez a Ibiza. Fue allí con su hermano gemelo, David, y un amigo, después de que unas amistades francesas que habían estado en Formentera les hablaran maravillas de las Pitiusas.

En aquellos tiempos, tocaba con David en bodas, bautizos, comuniones, guateques y puestas de largo con «un conjunto de música moderna llamado The Gentlemen» y estaba estudiando en Barcelona Filosofía y Letras.

Antes de escoger esta carrera, soñando con emular a Ernest Hemingway, se había planteado estudiar Periodismo, pero no pasó la prueba de acceso en el único centro de España en el que se impartían entonces estos estudios, en Madrid. «Fue una de las grandes suertes de mi vida porque aquello era un nido de franquistas y si llego a entrar me habría convertido en facha», reconoce.

Para la Facultad de Filosofía y Letras solo tienes buenas palabras: «Era un lugar donde confluían gente muy diversa, de distintas procedencias sociales». También habla de la «gran efervescencia política» que se vivía en esos años en España, que «empezaba a experimentar pequeños cambios».

Retornando a ese primer viaje a Ibiza, explica que pasaron allí diez días maravillosos. En el barco de Trasmediterránea en el que viajaban con su Seat 600 tuvieron la suerte de conocer a una chica alemana que se iba a alojar en Casa Blell Pax, propiedad de una mujer llamada Gert Blell, también originaria del mismo país que era conocida de su familia. Ellos la acompañaron amablemente en su coche hasta allí y decidieron quedarse también. Aquello, asegura, «era el paraíso», una casita y unos pequeños bungalós bajo los pinos entre Caló des Moro y Cala Gracioneta, en Sant Antoni.

En aquellas vacaciones les dio tiempo a descubrir distintos rincones de la isla, como Port des Torrent, que «entonces parecía un lugar lejano con cuatro casetas de pescadores». También hicieron a pie una excursión de Sant Antoni a Santa Agnès, donde entonces «solo estaba Can Cosmi, que era tienda y bar».

Quedaron tan enamorados de Ibiza y de aquella primera experiencia que, a partir de entonces, cada vez que tuvieron vacaciones regresaron a la isla y se alojaron en el mismo sitio. De Gert Blell hay una fotografía de 1967 en el libro.

Comida cuando comenzó la construcción de Puig Pere Toni.

Comida cuando comenzó la construcción de Puig Pere Toni. / Archivo de la familia Parcerisas

Un sueño hecho realidad

A principios de 1969 Francesc, David y otros seis amigos catalanes, entre los que había compañeros de estudios y vecinos, decidieron replicar lo que esta señora alemana había hecho con Casa Blell y compraron un terreno en el Puig d’en Pere Toni, «que está encima del camino de Benimussa». Allí querían construir una vivienda que les sirviera de residencia permanente en la isla. La levantaron con sus propias manos.

«En esa colina entonces no había nada, ni siquiera un camino, lo tuvieron que abrir para poder llegar a nuestro terreno. Lo primero que tuvimos que hacer para poder empezar la obra es llevar hasta allí garrafas de agua porque teníamos que hacer cemento y luego construir una balsa», recuerda.

En dos meses, entre el 24 de junio y el 20 de agosto de ese mismo año, lograron cubrir y cerrar la parte común de la sala, la cocina, los baños y una habitación. Progresivamente, a lo largo del tiempo, fueron ampliando la edificación hasta hacer ocho habitaciones alrededor de un patio.

Mientras la levantaban durmieron en sacos de dormir en tiendas de campaña en medio del campo. En ‘Fer-ne vuitanta’ hay una instantánea en color de una comida en la que aparecen todos los que inicialmente se embarcaron en esta aventura justo cuando comenzaron con la construcción de la casa. Para hacer realidad este «sueño», contaron con la ayuda y el consejo inestimable del maestro Pujol, como lo conocían ellos, un ibicenco, Josep Boned, que fue para ellos «como un segundo padre».

Así nació la comuna de Puig Pere Toni, compuesta por un grupo de amigos con estudios universitarios que vivían en aquel lugar paradisíaco con lo imprescindible. Durante mucho tiempo no tuvieron ni agua corriente ni electricidad. Para iluminar se apañaban con velas y quinqués. No obstante, tenían «una biblioteca increíble», gallinas y huerto.

«Vivíamos de forma más ecológica y sostenible y trabajábamos en lo que podíamos», comenta Parcerisas. «Para la gente de Ibiza nosotros éramos hippies, o, como decían ellos, peluts, aunque hay que resaltar que el trato que tuvieron con la gente que veníamos de fuera fue excepcional, nos acogieron muy bien», señala.

Evocaciones de los 70

Francesc Parcerisas, que en 1969 estaba trabajando de lector de español en la universidad de Bristol, en Inglaterra, y visitaba Ibiza cuando tenía vacaciones, convirtió la isla en su residencia en 1972. Se quedó a vivir allí, en Puig Pere Toni, hasta 1979. En aquella etapa trabajó como traductor freelance y también de profesor en el instituto Santa María, «haciendo, sobre todo, sustituciones de bajas por maternidad». Por entonces el director del centro era el pintor Vicent Ferrer Guasch y el jefe de estudios, Joan Marí Tur Botja. Dio clases de «francés, literatura, lengua española y de catalán, que era una asignatura optativa».

Cuando piensa en la isla que él vivió, «donde ya había turismo, pero estaba más controlado», y la compara con la actual emplea un símil: «Aquella era la Ibiza de las lagartijas y esta es la de las serpientes». De aquella etapa de siete años ha seleccionado varias fotos: del pasaje del barco de Trasmediterránea con el que viajó a Ibiza en julio de 1969, de unas sillas típicas ibicencas retratadas en 1973 y de un viaje en barca por aguas ibicencas con su padre que data de 1977. Además, hay una instantánea del puerto de Vila de 1978 en la que aparece la que era su pareja entonces, Bernadette Serrahima.

Más adelante hay en ‘Fer-ne vuitanta’ otras dos fotos de Ibiza. Una es de 2007 y en ella está retratado el algarrobo bajo el que se sentaban a hacer tertulias en Can Pere Ric, la casa payesa de su gran amigo, el autor ibicenco Toni Marí. La otra es de 2016 y en ella aparece un señor en una caseta de pescadores en su rincón favorito de Ibiza, sa Caleta.

Francesc Parcerisas en el balcón de la casa de su hermano David, en Vara de Rey.

Francesc Parcerisas en el balcón de la casa de su hermano David, en Vara de Rey. / Vicent Mari

«Como queda patente en esta obra, Ibiza tiene un peso muy importante en mi vida», apunta Parcerisas. «De hecho, mi proyecto vital en los 70 era quedarme en la isla, jubilarme aquí y que me enterraran en Sant Agustí, mirando a la puesta de sol», asegura.

Ese era el plan entonces, pero el destino es caprichoso y la vida del traductor «muy esclava», lo que le llevó a empezar a plantearse convertirse en funcionario, después de probar la vida de profesor de instituto. Animado por su amiga Ana Casanovas, que por entonces daba clases de francés en Santa María, decidió prepararse oposiciones. Se presentó a las que convocaron en 1979 para impartir Lengua y Literatura catalana en Catalunya y las pasó. Al final acabó quedándose en Barcelona y solo visitando la isla en vacaciones.

Ibiza influyó de muchas maneras en su destino. Aunque cuando vivía en ella no se imaginaba que acabaría dedicándose toda la vida a la enseñanza y que estaría 30 años como catedrático en la Universidad Autónoma de Barcelona, fue su experiencia como docente en las Pitiusas la que le condujo por ese camino. También se dio cuenta en la isla de que su amor a los libros era su «pasión constante, igual que el dolce far niente» y eso le condujo a dedicarse más a escribir y traducir, además de a editar y dirigir colecciones.

Pero quizás la mayor enseñanza que extrajo de sus años en Ibiza se la aportó la casa de Puig Pere Toni, que con los años acabaron vendieron a una familia belga. «Con veinte años un grupo de amigos tuvimos la ilusión de construir un lugar donde vivir juntos y aquello que parecía una utopía fuimos capaces de hacerlo realidad. Construimos un hogar con nuestras propias manos que llenamos de vivencias y recuerdos. Conseguimos nuestro anhelo y eso te da una perspectiva distinta del mundo, porque eres consciente de que, aunque parezca imposible, lo que te propongas se puede conseguir y eso te anima a hacer muchas cosas», reflexiona.

En sus palabras se aprecia nostalgia de todo lo que vivió en Puig Pere Toni y que nunca volverá. Quedan, eso sí, los amigos con los que cumplió aquel sueño y «un vacío irremplazable», como aquel que dejan los seres queridos cuando se van.

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