Terremoto en Venezuela
Rosa Márquez, venezolana en Ibiza: “Estoy consternada, como si se me hubiera muerto alguien”
Rosa, madre de Blas Díaz, cuenta desde San Cristóbal cómo vive la emergencia tras el terremoto: familiares durmiendo en coches, centros de acopio desbordados de solidaridad y una sensación compartida de agotamiento en el país

Rosa Márquez y su hijo Blas. / Rosa Márquez.

Rosa Márquez, venezolana que vive en Ibiza, donde reside también su hijo Blas, no sintió el temblor. Había viajado en marzo a Venezuela por el grado de otro de sus hijos, que se graduaba como médico, y su estancia, prevista en un principio para 21 días, se fue alargando por motivos laborales y gestiones pendientes en el país. Ahora calcula que no podrá volver a Ibiza hasta septiembre. Estaba en un café de San Cristóbal, conversando con una amiga abogada y un profesor, cuando el terremoto sacudió Venezuela. Fue al salir, al mirar las redes sociales, cuando entendió la magnitud de lo que había ocurrido.
La primera llamada fue para su prima, que vive en Altamira, en un edificio antiguo que ya había resistido el terremoto de 1967. No pudo hablar con ella. “Me rechazó la llamada y me puso: ‘No tengo batería’”, recuerda. Desde entonces, su familia permanece fuera de casa. Defensa Civil no les permite dormir en el edificio hasta que se evalúe la estructura, por lo que han pasado las noches en el coche, en Parque del Este, junto a muchas otras personas que tampoco pueden regresar a sus viviendas.
“Están sin agua, sin papel higiénico, sin pastillas para el dolor de cabeza”, cuenta Rosa, que sigue las noticias y los mensajes que circulan desde primera hora de la mañana. La imagen que describe es la de una ciudad en shock, con vecinos improvisando refugios y esperando una respuesta que, según lamenta, no llega con la rapidez ni los medios necesarios.
Desde San Cristóbal, Rosa también observa con preocupación la situación de las infraestructuras. Asegura que el aeropuerto de Caracas permanece muy afectado y que incluso los aviones de ayuda han tenido que aterrizar en otros puntos del país. “Dicen que lo habilitarán para el 10 de julio, pero yo, viendo los daños estructurales, lo veo imposible”, afirma.
Los estudiantes y las universidades: ¿Como ayudar si estás en Ibiza?
Aun así, entre la angustia, Rosa destaca una respuesta que la emocionó profundamente: la de los estudiantes, universidades y vecinos organizados para enviar ayuda. El día anterior acudió a la Universidad de Los Andes, donde se están preparando donaciones para las zonas afectadas. Llevó agua, sardinas y compotas. “Casi me pongo a llorar de ver la labor de todos los estudiantes con su uniforme, muchísima gente apoyando”, cuenta. Según relata, ya habían salido varios camiones cargados con ayuda.
Quienes estén en Ibiza y quieran ayudar pueden canalizar su aportación a través de los centros de acopio habilitados por las universidades venezolanas, especialmente mediante el trabajo que están coordinando los estudiantes de la Universidad de Los Andes (ULA) en Táchira. Sebastián Lizcano, secretario de prensa del Centro de Estudiantes de la ULA Táchira, ha explicado que la comunidad universitaria trabaja estos días “con las manos”, organizando alimentos, agua, medicinas, artículos de higiene y otros insumos básicos para enviarlos a las zonas afectadas. La recomendación para quienes deseen colaborar desde la isla es contactar directamente con las redes oficiales de la universidad, para garantizar que la ayuda llegue de forma segura y transparente a quienes más la necesitan.

El avión A330 del Ejército del Aire con 59 militares de la UME y efectivos de rescate de Madrid tras aterriza en Venezuela. / EFE / Ministerio de Defensa
Según relata Rosa Márquez, la respuesta en la ULA ha sido masiva: estudiantes uniformados, vecinos, coches, motos y camiones se han volcado en clasificar donaciones y preparar envíos, en una cadena de solidaridad que ya ha permitido la salida de varios camiones hacia Caracas y otras zonas golpeadas por el terremoto.
La ULA, la Universidad Católica, la UNET, centros de formación, empresas y grupos vecinales se han convertido también en puntos de acopio. También han salido delegaciones de Defensa Civil y bomberos desde distintos estados. “Ha habido una respuesta total de la gente”, resume Rosa.
La solidaridad contrasta con el cansancio acumulado. Rosa vive en San Cristóbal, donde asegura que los cortes de luz son diarios y pueden durar varias horas. “Te quitan la luz en la mañana, en la tarde y en la noche. ¿Cómo puedes producir?”, se pregunta. Ella tiene un pequeño taller de uniformes y depende de una vieja planta de gasolina que solo puede encender unas pocas horas al día para no dañarla.
A la espera de poder regresar a Ibiza
Su testimonio no es solo el de una venezolana ante un desastre natural. Es también el de una mujer vinculada a Ibiza, adonde espera regresar. Rosa es madre de Blas, residente en la isla, y forma parte de esa comunidad venezolana que sigue lo ocurrido con el corazón dividido entre Baleares y su país de origen.
“Estoy consternada, como si se me hubiera muerto alguien, aunque gracias a Dios no se me murió nadie”, dice. La frase resume el estado de ánimo de muchos venezolanos dentro y fuera del país: el dolor por los daños, la incertidumbre por los familiares, la impotencia ante la falta de medios y, al mismo tiempo, la necesidad de seguir ayudando.
“Uno dice: Dios mío, ¿hasta cuándo?”, concluye Rosa. Pero, incluso desde ese agotamiento, insiste en lo que ha visto con sus propios ojos: estudiantes, vecinos y familias llevando bolsas, cajas, agua y alimentos. Una red de ayuda, para sostener a quienes hoy no pueden volver a casa.
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