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Terremoto en Venezuela

Horas sin saber de mi madre: así viví desde Ibiza el terremoto que sacude Venezuela

La tragedia se siguió minuto a minuto desde la distancia: llamadas sin respuesta, cortes de luz, fallos de señal y la angustia de no saber de mi familia mientras Venezuela intentaba medir el alcance del desastre

Recuerdos del patio de mi casa en Venezuela.

Recuerdos del patio de mi casa en Venezuela. / Alejandra Larrazábal

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Alejandra Larrazábal

Alejandra Larrazábal

Ibiza

Todavía era de madrugada en España cuando me empezaron a llegar las primeras notificaciones: dos terremotos habían sacudido Venezuela. En cuestión de minutos aparecieron vídeos, imágenes de edificios dañados, mensajes reenviados y noticias que hablaban de víctimas, heridos y personas aún sin localizar.

Pero, por encima de todo, había una pregunta que no dejaba de repetirme: ¿Cómo estará mi madre?

Durante toda la mañana intenté comunicarme con ella. No estaba desaparecida ni había una información concreta que indicara que algo le hubiera ocurrido en Rubio, Táchira, al oeste del país, en la frontera con Colombia. Pero en Venezuela, donde los cortes eléctricos y los fallos en las telecomunicaciones forman parte de la vida diaria, no recibir respuesta también puede convertirse en una forma de miedo.

Mientras esperaba, veía cómo en redes sociales se multiplicaban las búsquedas de personas. Una página creada tras la emergencia, llamada 'Desaparecidos Terremoto Venezuela', reunía nombres, fotografías y mensajes de familias que no lograban contactar con sus seres queridos. Antes del mediodía, la plataforma ya acumulaba miles de reportes, una cifra que mostraba la magnitud de la incertidumbre y el colapso de las comunicaciones. Mi caso no era el mismo: yo esperaba que volviera la luz, que entrara la señal, que mi madre pudiera responder. Pero ver tantos rostros me hizo sentir, desde lejos, el dolor de un país entero.

El terremoto en Venezuela, en imágenes.

El terremoto en Venezuela, en imágenes. / Iris Estrada / Zuma Press / Euro / Iris Estrada / Zuma Press / Euro

La artista, dibujante de corte y diseñadora gráfica venezolana Francis Ballesteros, conocida en el ámbito artístico como Cheska, resumía en redes una sensación compartida por muchos venezolanos. “El temblor recordó nuestra fragilidad. Un país sin preparación, sin servicios de emergencia y sin educación preventiva. El legado del chavismo es la destrucción total de nuestra capacidad de respuesta. Ante la muerte, no hay colores: todas las calaveras son blancas”, escribió.

Sus palabras duelen porque hablan de algo que va más allá del terremoto. En Venezuela, una catástrofe natural golpea sobre un país ya debilitado, con servicios públicos frágiles, hospitales con carencias y una población acostumbrada a resolver sola lo que debería sostener el Estado.

Las imágenes que llegaban desde Venezuela mostraban edificios antiguos afectados, hospitales desbordados, familias en la calle y vecinos intentando ayudarse entre el miedo y la confusión.

El mensaje esperado: “Estoy bien”

Recién cerca del mediodía llegó el mensaje que llevaba horas esperando.

Nunca dos palabras habían significado tanto. Cuando por fin pude hablar con mi madre, su voz todavía estaba atravesada por el susto. Entre lágrimas me contó que una tía y sus hijos habían quedado encerrados dentro de su vivienda porque, tras el movimiento, las puertas se deformaron y no podían abrirse. Tuvieron que esperar hasta poder salir con ayuda.

Mi hermano, que vive en Dénia, llevaba desde temprano haciendo lo mismo que yo: llamar, preguntar, escribir, intentar saber si nuestra familia estaba bien. Poco a poco llegaron noticias de otros familiares en Caracas y El Cafetal. Habían pasado un susto enorme, pero estaban a salvo.

Desde lejos pensé en San Bernardino, el lugar donde nací, al pie del Ávila; en mi amada Universidad de Los Andes (Mamá Ula), en las calles donde crecí y en los espacios que forman parte de mi historia. Hay un momento en el que una deja de mirar las noticias como periodista o como emigrante y empieza a hacerlo únicamente como una persona más.

Mientras escuchaba a mi madre, no podía evitar recordar la tragedia de Vargas, otro terremoto con deslaves y aludes en 1999. Yo tenía apenas nueve años cuando aquel desastre marcó para siempre la historia de Venezuela. Este jueves volvió una sensación parecida: el vacío en el estómago, la incertidumbre y la impotencia de ver sufrir al país donde naciste desde la distancia.

Quienes hemos emigrado sabemos que nunca dejamos realmente nuestro país. Se queda viviendo con nosotros, en las llamadas familiares, en los grupos de WhatsApp, vídeos de Instagram y en días como este, cuando una emergencia recuerda que la distancia no protege del dolor. Hoy mi madre pudo decirme que estaba bien. Pero mientras yo colgaba el teléfono con algo de calma, muchas familias siguen sin noticias de los suyos.

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