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Lectores

Begoña Alonso Moris, sobre la venta ambulante en las playas de Ibiza: "Es un acoso constante"

Las opiniones de los lectores de Diario de Ibiza oscilan entre el "déjalos trabajar" y el "esto es un cachondeo"

Venta ambulante en una playa de Ibiza

Venta ambulante en una playa de Ibiza / Marcelo Sastre

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Marta Torres Molina

Marta Torres Molina

Ibiza

Si hay algo capaz de romper la paz espiritual de una jornada playera en Ibiza no siempre es la arena pegada en sitios imposibles, el niño que juega a las palas a 30 centímetros de tu cabeza o la hamaca balinesa que cuesta más que una noche de hotel en temporada baja. A veces es el desfile infinito de vendedores ambulantes: pareos, gafas, camisetas, cocos, cervezas, masajes, pulseras... y vuelta a empezar. Diario de Ibiza preguntó en Facebook qué se debería hacer con la venta ambulante en las playas de la isla y las respuestas dejaron claro que el debate está tan caliente como la arena de ses Salines a las cuatro de la tarde.

Hay dos bandos bastante reconocibles. Por un lado, quienes creen que la venta ambulante forma parte del paisaje emocional de Ibiza, casi al mismo nivel que las puestas de sol, las chanclas perdidas y el tupper de tortilla. Arancha Antolín Ballester lo tiene claro: “La venta ambulante es la esencia de ibiza, gracias a los primeros hippies, se creo la venta de artesania”. Y Yulls Ete apuesta por dejar las cosas como antes: “Permitirla, como cuando uno era niño”.

También hay quien defiende regular antes que prohibir. Marcela Jereb pide “regularla, controlarla, no prohibir”. Loren Pintor propone “licencias temporales” y Franky Bielsa concreta un poco más: “Permitido, con permiso y una cierta cantidad, (y bien pensado) al final es un servicio mas”. Paco Díaz va por la misma línea: “Legalización, control sanitario…”.

Ramona Jáimez: "No hacen daño a nadie, y mejor eso que robar"

En ese frente permisivo hay lectores que no ven el problema o, al menos, no lo consideran prioritario. Christian Roig Löffler afirma: “Nunca me han molestado. No creo que sea un problema primordial”. Espina Ibiza asegura: “Yo no tengo ningún problema con los vendedores ambulantes. Ramona Jáimez Rubio es de las que tira de humanidad práctica: “No hacen daño a nadie, y mejor eso que robar”. Ana Barrera Gallardo lo expresa de forma parecida: “Las personas se ganan la vida como pueden, por lo menos te ofrecen algo, no como otros que te piden”. Y Jorge Masini resume su experiencia con los vendedores africanos: “Los africanos no hacen daño a nadie, solo ofrecen su mercancía, le dices que no y se van sin problema”.

Un vendedor ambulante con vasos de fruta este jueves en Cala Vedella.

Un vendedor ambulante con vasos de fruta en Cala Vedella. / Vicent Marí.

Pero enfrente están quienes no compran ni el pareo ni el argumento. Para ellos, la venta ambulante no es folclore: es acoso playero con catálogo. Pedro Calvo Esteban lo describe como una procesión sin fin: “Es insoportable, si no es el de la birra es la del masaje, el de las gafas, el del pareo, el de la camiseta etc…. Y ya no se esconden, en salinas tienen hasta sombrillas y debajo de ellas el material”. Aurora Lainez pide mano dura: “En las playas, eliminar la venta.No se puede molestar constantemente..”. Ruby Moerman lo resume en dos palabras: “Son molestos”. Y Begoña Alonso Moris eleva el nivel de drama playero: “Es un asedio constante que no permite relajarse salvo que estés en el agua”.

Aida Yomisma no deja demasiado margen para el matiz: “Que se erradique ya. Esto es un cachondeo. Escudados en el ‘pobres, de algo tienen que vivir’ hay una mafia”. Andreas Ordowski también se sitúa en el lado de los negocios legales que pagan impuestos: “Multarles y sacarles si no hacen una zona libre de impuestos en Baleares", indica antes de señalar que los negocios "legales" pagan impuestos. Y Miguel Tur Roselló formula las preguntas que sobrevuelan buena parte del debate: “¿Cumplen las medidas sanitarias? ¿Pagan impuestos?”.

El argumento de la competencia desleal aparece de forma constante. Isabel Marty Abellán pregunta: “¿Si lo hago yo me multan y si lo hacen ellos solo les requisan? Algo falla”. Joaquín López Escudero propone “obligarles a cumplir con la ley laboral y económica”. Cristian Rodríguez va directo a Hacienda, que es el gran cortarrollos de cualquier fiesta informal: “Si declarasen ingresos verías cómo no vende ni uno más nada en la playa”. Y David Yps plantea una solución de manual disuasorio: “Multar al que compre y santo remedio”. Esto es, precisamente, lo que va a hacer Sant Josep.

Los bolsos son uno de los productos estrella de los vendedores ambulantes

Los bolsos son uno de los productos estrella de los vendedores ambulantes / Marcelo Sastre

También hay lectores que miran más allá del vendedor que pasa por la arena y apuntan a las redes que pueda haber detrás. Joaquín Mendoza Gil sostiene que “la venta ambulante está ligada con la mafia que hay detrás” y considera que ofrece “una imagen muy poco atractiva de una Ibiza muy deteriorada”. Fede del Almendro coincide en que la clave no está en el último eslabón: “Se tendría que perseguir al mandamás que hay detrás de los pobres que venden en la playa. Las mafias. El que pone el producto y hace salir a los vendedores. Los que están en la arena suelen ser unos pobres mandados”. Una frase que introduce algo de complejidad en un debate que, como casi todo en Ibiza, empieza con un pareo y acaba en un modelo económico.

Porque sí, el debate se va enseguida de la sombrilla a la isla entera. Enrique Díaz carga contra los precios de los bares y chiringuitos: “Que no se suban a la parra los bares y chiringuitos y así iremos allí”. Rafael Ingelmo Méndez defiende la utilidad de los ambulantes “con la calda que hace”. Kerin Crocker incluso haría trueque de modelo turístico: “Yo cambiaría todos los chiringuitos actuales por venta ambulante”. Y Jacinto Venaveinte reparte responsabilidades: “Molestan más las hamacas o camas balinesas, música etc”.

La comparación con otros negocios, concesiones y privilegios aparece una y otra vez. Susana Maura Gamero lamenta que “los chiringuitos ya son casi prohibidos para el bolsillo local” y habla de “negocios fantasmas y yates fantasmas”. Sven Van de Casteele tira de sarcasmo institucional: “¡Prohibir! Como se prohíbe todo por aquí, es la solucion para todo”. Y remata con una petición más grande que la venta ambulante: “Ojalá se prohíba también aprovecharse de la isla y matarle la alma”.

Jorge Tre Chiri: "No haría nada. Yo vendo y de eso vivo"

Otros lectores sitúan el fenómeno directamente en el terreno de la necesidad social. Trifino Santacruz pide: “Déjalo trabajar a los mas pobre y así amortizar los gastos de los turistas”. Jorge Tre Chiri lo dice en primera persona: “Nada. Yo vendo y de eso vivo”. David Argi conecta el asunto con la vivienda: “Solucionar la vivienda ayudaría a solucionar muchos negocios nacidos de la necesidad". Y Luis Gabriel Prada Gómez pide actuar antes de que el problema crezca, pero sin olvidar qué pasa después: “Se debe controlar a tiempo, si se deja pasar porque es solo uno o dos, poco a poco se va creciendo y se vuelve un problema social”.

También están quienes piden contundencia pura y dura. Aitor López Rosso critica que las instituciones persigan a residentes que pescan mientras “todo lo demás está permitido”. Miguel Ángel Navas propone “contratar vigilantes de seguridad para erradicar esto ya que no hay tanta policía”. Martín Córdoba apuesta por “prohibirla y deportar del país a todos los ilegales”. Y Daniela Aleinad pinta un panorama de playa tomado por vendedores “con chulería y arrogancia”, que, según ella, eluden “la ley, el fisco” y venden “material falsificado”.

El hilo de respuestas pone de manifiesto que la venta ambulante en las playas no es solo una cuestión de pareos, cocos o gafas de sol. Para unos es tradición, supervivencia y parte del encanto informal de Ibiza. Para otros, es competencia desleal, molestia constante y síntoma de una administración que mira hacia otro lado. Una situación que algunos califican de "asedio" y otros de "esenxia" y que, como casi todo en Ibiza, cuando uno pregunta qué hacer con ella, acaba hablándose de qué hacer con la isla entera.

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