Geología de Ibiza
Geolodía en Ibiza: Caos y el (casi) volcán (de Krakatoa) de es Figueral
El Geolodía es esa jornada anual en la que, al menos en Ibiza, la gente corriente entiende la Geología gracias a tres expertos. La jornada de este año, titulada ‘Caos y volcanes’, se celebró en es Figueral, un lugar que en tiempos remotos fue convulso

Si algo saben los organizadores del Geolodía, celebrado este tórrido sábado, es captar el interés y convertir una ciencia tan aparentemente prosaica como la Geología en una apasionante disciplina. Incluso con los títulos de sus charlas: ‘Es Figueral, caos y volcanes’ era el de esta edición, combinación mágica de palabras que te convencen de que, aunque el sol caiga a plomo, no tienes nada mejor que hacer este sábado que averiguar si en ese rincón de la costa de Santa Eulària se vivió un cataclismo similar al que se cuenta en ‘Krakatoa, al este de Java’.
Alrededor de un centenar de geólogos en potencia desafiaron el bochorno para asistir a las amenas explicaciones que dieron los geólogos Luis Alberto Tostón e Inés Roig, y el biólogo Xavier Guasch, que son capaces de descubrir lugares asombrosos y únicos allí donde nadie se fija. En este caso, la visita transcurrió a lo largo de la costa de es Figueral, entre hamacas, toallas, turistas y olor a crema solar, destino de descanso vacacional pero, también, zona geólogicamente convulsa donde hace millones de años reinó el caos. Por allí abundan «los materiales caóticos de la fase principal de compresión que estructuró la isla de Ibiza en sus tres unidades tectónicas», las que conforman su morfología actual.
Las rocas más antiguas de la isla
A pocos metros del torrente (por cierto, lleno de vehículos) que desemboca en la playa, hay dolomías y calizas del Triásico medio, las rocas más antiguas de la isla, con 230 millones de años de antigüedad, cosa que no saben los 50 turistas que en esos momentos se echan al mar en kayaks y que ni siquiera a la vuelta echarán una ojeada a ese espectáculo geológico.
Pero aún más alucinantes son otras rocas que comparten espacio con esas dolomías: las carniolas, rocas carbonatadas de estructura vacuolar y formas irregulares de color amarillento que se formaron en el Triásico superior o Keuper. Son algo más jóvenes: tienen 210 millones de años. Se caracterizan, hace observar Tostón, por que donde antes había yeso, fácilmente soluble, ahora hay múltiples agujeros, como si las hubieran comido las termitas.
Los turistas tumbados en sus hamacas o toallas miran extrañados a la veintena de personas tocadas con gorros y sombreros que siguen a Tostón y que, en vez de mirar al mar, dirigen la vista a tierra, concretamente a una barrera construida hace dos décadas con tablones y piedras para proteger un sendero, pero que la fuerza tectónica ha derribado casi totalmente al avanzar, año a año, centímetro a centímetro. «La gravedad», suelta Tostón. Ejemplos como este, de intentos del hombre de echar un pulso a la naturaleza, los hay a patadas en ese tramo de costa, como una escalera de obra construida en un acantilado para comunicar unas viviendas con la playa. Apenas ya quedan de ella unos escalones.

Participantes en esta edición. / J.M.L.R.
Y a pocos metros, ¡tachán!, otro lugar único: una duna fósil del Pleistoceno, de 100.000 años de antigüedad, pero de la que quedan pocos metros. Ya descompactada y en vías de «desintegrarse», su vegetación se confunde con la del bosque, ha perdido buena parte de su arena, espacio que ha sido ocupado por tierra, y, para rematar, la planta invasora carpobrotus amenaza con alfombrar todo ese espacio: «Es de las pocas dunas que quedan en Santa Eulària», lamenta Tostón.
Un camino hecho con restos de obras
En apenas 400 metros de ese tramo de litoral hay, incluso, hasta unas calcarenitas ocres que se formaron hace «entre 20 y 14 millones de años». La zona está muy alterada por el hombre, pero aún se ven algunas de esas planchas y sus flutemarks, unas marcas onduladas, sinuosas, que indican la dirección del flujo.
Pero junto a esas joyas de la geología hay, a lo largo del sendero, restos de obras: trozos de hormigón, de cemento, ladrillos y baldosas que fueron utilizados para crear, apelmazándolos, ese estrecho camino al borde del mar, en el que también se usaron bloques de calizas oscuras del Muschelkalk, de unos 230 millones de años, para crear una especie de muro de protección para contener el acantilado frente al embate de las olas.

Tostón ante la duna fósil de la playa. / J.M.L.R.
Una megabrecha única en Ibiza
Y un poco más allá hay una unidad olistrómica, una «megabrecha», una masa informe llena de plegamientos caóticos, rocas, arcillas y bloques que es «única en la isla». Es decir, sólo en ese rincón de es Figueral se puede ver algo así en Ibiza. En España se conocen especialmente esta unidad y la de la Bética.
El pliegue de una es redondo; el de la otra forma un ángulo recto. Lo normal, explica, es que tenga una u otra característica, pero no las dos a la vez. Es «raro, raro»
Es espectacular a simple vista, pero más cuando Tostón explica algunas de sus características: «Es muy especial, mucho». Señala dos zonas de aquel colosal plegamiento: el pliegue de una es redondo; el de la otra forma un ángulo recto. Lo normal, explica, es que tenga una u otra característica, pero no las dos a la vez. Es «raro, raro». Y eso hace muy, muy especial a esta heterogénea megabrecha, donde hay formaciones que parecen láminas de fino hojaldre.

La espectacular megabrecha, única de este tipo en la isla. / J.M.L.R.
El dedo de magma
Arriba, a la derecha, hay otra de esas obras que el hombre construye y que tiene los días contados, según Tostón: muros escalonados de contención de hormigón que soportan el peso de las dos piscinas de un hotel. El geólogo vaticina que algún día se vendrán abajo, de la misma manera que hace tiempo se desplomó el material impermeabilizante que fue inyectado para evitar que las fuertes lluvias erosionaran ese acantilado, compuesto por «débiles arcillas» del Triásico Keuper. Tic tac tic tac.

Es Paller des Camp visto desde el mirador. / J.M.L.R.
Y para acabarla excursión, la estrella de la jornada, es Paller des Camp, torreón pétreo de es Figueral, un emblema geológico de las Pitiusas que se formó «como consecuencia de la salida de magma a través de las grietas de la corteza en un momento convulso y de máxima deformación que ocurrió durante el Mioceno inferior-medio», un cataclismo que tuvo lugar hace entre 20 y 14 millones de años. Lo que había alrededor ha desaparecido como consecuencia de la erosión marina, mientras que ha quedado la parte más dura, ese faro rocoso de color gris verdoso y grano irregular que, por su composición, «se encuentra en el límite entre ser volcánica o filoniana (o hipoabisales o traquita)».

Advertencia de peligro de desprendimientos en la zona. / J.M.L.R.
Lo observamos desde un mirador, en cuyo suelo alguien (quizás muchos) ha pintado, sobre roca caliza, decenas de enormes corazones rojos, y en cuyos accesos se advierte de que la zona es peligrosa, pues pueden producirse desprendimientos. Tostón hace una aclaración: ese dedazo de piedra no es de lava, sino de magma. La diferencia, explica, es que sería lava si hubiera salido al exterior, pero en este caso hubo algo, quizás algún bloque de roca, que detuvo el magma a modo de tapón: «No todos son volcanes como el de La Palma», dice el geólogo. Así que no, el volcán de es Figueral no fue estruendoso, como el de Krakatoa, pero seguro que hubo follón tectónico en la zona.
Hoy o quizás dentro de 10.000 años
Su material tiene una característica curiosa, según Tostón. Esta traquita ankerítica contiene unas partes blancas que reaccionan cuando, ante quienes le rodean, el geólogo echa unas gotas de ácido clorhídrico. Se forman burbujas (CO2) porque allí hay carbonatos, probablemente procedentes del agua calcárea de la que se impregnó el magma al ascender por la grieta.
Este dique o filón continúa, bajo el mar, hasta es Pou des Lleó, sin que aparezca de nuevo al exterior. Y tiene también los días contados porque tiene muchas fracturas internas. La lluvia y el mar acabarán poco a poco con él y acabará desplomándose. ¿Cuándo? Quizás hoy mismo, o puede que dentro de 1.000 o 10.000 años: «Pero caerá. Eso sí, no durará millones de años», que es un instante para los geólogos.
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