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Infancia

Diversión asegurada con batucadas ecologistas, hombres-perro y telas aéreas en el Festival Barruguet 2026 de Santa Eulària en Ibiza

El Festival Barruguet de Santa Eulària reúne a familias y turistas con espectáculos de circo, percusión, orquesta y teatro interactivo

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Samia Khenien

Samia Khenien

Santa Eulària

«És un fameliar», le explica una madre a su hija delante de la estatua del pequeño ser mitológico de las Pitiusas que se encuentra en el paseo de S’Alamera de Santa Eulària. La mañana de este sábado, antes de llegar a las actividades interactivas programadas con motivo del Festival Barruguet 2026, ya se concentran varias familias para jugar en los diferentes puestos circenses. Un niño calzado con zancos, se pregunta: «¿Pero qué hay que hacer aquí?». La madre, muy paciente, le explica: «Caminar». Una acción sencilla. Otros, mientras tanto, intentan hacer malabares por primera vez y unas chicas pescan con cañas en un estanque de tela.

«Lo que más triunfa son las telas aéreas», comenta Carla Fontes, del Circ Bover, cuya especialidad son dichas telas desde hace más de 20 años. «Se acercan muchos niños, es una actividad abierta», asegura: «Ayer, un 80% de las personas que vinieron eran turistas, hoy puede que venga más gente local porque es sábado», mantiene sobre quiénes acuden a las actividades.

Grupo de percusión con mensaje ecologista

En el Ayuntamiento ya se oyen gritos de guerra. Va a empezar el show de Aiyé Percusión, «grupo de percusión femenino de Ibiza», como explica su frontwoman Almudena Rubio. Ataviadas con follaje, la decena de mujeres, y una niña, inicia su recorrido desde la Plaza de España hasta el Pou de Baix. Van ofreciendo su espectáculo a base de movimientos coordinados, energía y muchísima fuerza, incluso a primera hora de la mañana para algunos. Todas llevan una bolsita con pequeñas hojas secas que reparten a los más pequeños y en las que pone: ‘Proteger el bosque es tu misión’. «Este espectáculo lleva un mensaje ecológico. Lo que queremos transmitir a los niños y niñas es que ellos pueden coger el testigo, ya que los adultos no tienen tanta conciencia», considera Rubio. «A lo mejor a ellos podríamos empezar a inculcarles, desde pequeños, el amor por la naturaleza», sostiene la percusionista.

Todo el mundo las observa embaucados: un grupo de ciclistas, una turista octogenaria que intenta acompañarlas con cuatro palmadas asíncronas, los críos entre confusos y curiosos... También les acompaña el tren turístico intentando animar con su silbato y los coches, que hacen sonar sus cláxones. Muchos las graban también o lo intentan: una mujer no se da cuenta de que no puede grabar un vídeo hasta que le informa el resto de espectadores. Le sale un aviso de que no se puede grabar en llamada y le dice a su interlocutor: «Oye, que te tengo que colgar», sin más miramientos. Prioridades claras.

La batucada llega al Pou de Baix, donde hacen una última percusión (por el momento) y la niña del grupo reparte un par de hojas más. Le intenta dar una a Mateo, cuya madre sí que la acepta, y le dice al niño: «Mira, Mateo, una hoja, ¿no quieres una hoja?». Y le crío contesta, convencido, que «no».

En la plaza España con el sol del mediodía

La batucada se da un respiro hasta las doce y pico, que vuelve a tocar. Mientras, los asistentes al festival esperan para ver el espectáculo de Woof sentados en unas sillas en forma de luna instaladas frente al Ayuntamiento, y aprovechan para descansar y comer algo tranquilamente. Una señora le dice a una madre: «Tens una filla menjadora», mientras la cría se come un níspero y una fresa. Otras dos niñas van corriendo a coger asiento en primera fila. La más pequeña de las dos señala al asiento vacío de su izquierda y afirma: «¡Mamá va aquí!». Su madre no parece muy convencida y le replica: «Yo me quedaré aquí detrás», y le cede el sitio a otros niños y mayores. Y sol y el calor aprietan y quedan todavía 15 minutos para que empiece el espectáculo, cuando la madre le propone a las niñas: «Dejamos aquí las gorras [que les han regalado del festival] para que quede reservado el asiento y venís aquí, a la sombra, a jugar. De lo contrario, vais a pasar mucho calor». Las niñas no parecen demasiado convencidas, sentadas en sus asientos a la espera de que empiece el teatro.

A cuentagotas se van llenando el resto de sillas, la mayoría ya a mediodía. Algunos, mejor preparados, se cubren entre cuatro con un pareo. «Además de las sillas deberían poner toldos», apunta una de las madres, algo que seguro muchos más piensan.

El hombre-perro que hace reír a padres e hijos

Antes de que nadie le pueda decir nada aparece corriendo un hombre con una cola. Corre entre el público, da vueltas a las sillas, ve ‘al gato del pueblo’ y sale a perseguirlo. «¿El gato está contratado?», pregunta un hombre del público cuando ve que el minino sale despavorido haciendo su papel. El hombre-perro, Woof, no media ni palabra, solo hace gestos que imitan al animal y tan solo corriendo se gana los aplausos del público. Da una vuelta, aplausos, otra vuelta, aplausos. Cuando ya lleva un par y le siguen aplaudiendo para que no pare, pone cara de resignación y reanuda su carrera.

Woof finge que orina usando una botellita pensada para salsas, levanta una pierna y empapa tanto al edificio del Ayuntamiento como a los asistentes. Después, saca de su arsenal una pelota y consigue que una niña se la tire. Pero la tira demasiado lejos y, enfadado, le ofrece la pelota a un hombre que también la lanza con fuerza y le obliga a correr tras ella.

Una mujer del público consigue una correa y lo saca a pasear. Dan unas vueltas, bailan y la mujer le acaricia como si fuera un chucho de verdad. En el siguiente número, saca varios cuencos de comida y hace como que se le caen. De pronto se activa siguiendo un ritmo y el público le acompaña con sus palmadas. Finalmente, cuando deja los cuencos en el suelo, una mujer le pone un poco de agua, una niña una barrita de cereales (que hace como que no sabe comer), un niño una galleta, mientras otro grupo de niños se anima y le regala más comida. Woof finge que se ahoga. Ya cuando saca una pequeña estatua de perro empieza a sonar ‘My Way’, de Frank Sinatra, gracias a la orquesta de viento joven de la Escuela Municipal de Música. El hombre-perro saca un micrófono y aúlla notoriamente provocando que todo el mundo le siga.

Pere Hosta, el artista detrás de Woof, original de Girona, explica que acude al Festival Barruguet desde hace varios años: «Llevo más de 20 años dedicándome al payaso. Me gusta que haya participación constante del público, que la gente quiera jugar, cosa que en los tiempos actuales cuesta mucho». Sobre el público ibicenco, piensa que «tiene una cierta educación: cuando están, están en el espectáculo, algo que se agradece mucho. Hay bastante público con ganas de jugar», concluye Hosta.

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