Infraviviendas
Amargura ante el inminente desalojo chabolista en Ibiza: «Deberían ayudarnos en vez de echarnos como a perros»
Mientras los últimos residentes de sa Joveria empacan sus pertenencias, en el reducto de caravanas del oeste, donde viven familias con niños, la incertidumbre se mezcla con la impotencia ante el inminente inicio de los desalojos

Caravanas que tendrán que ser desalojadas este martes. / J.A. Riera

Mohamed tiene 19 años y solo hace tres meses que llegó a Ibiza en patera. Contempla con la mirada perdida los últimos movimientos en sa Joveria, convertido en un poblado fantas a menos de 24 de que comcience el desalojo autorizado por la justicia. «Mi amigo se ha ido esta mañana», cuenta con el poco español que le ha dado tiempo a aprender.
¿Qué vas a hacer ahora? Encogimiento de hombros y los ojos otra vez desenfocados en un horizonte de tierra, chabolas azules y basura. Se pone un chaquetón, innecesario bajo el sol que ya empieza a lucir robusto a estas alturas de la primavera, y empieza a caminar hacia el interior de Ibiza. Tampoco necesita dar muchos pasos. Está ahí al lado. Porque en sa Joveria, igual que ocurre en la zona de es Botafoc cuando las pateras se cruzan con los cruceros, la vida acomodada y la mera supervivencia se encuentran casi hasta tocarse. La única frontera son unos pocos matojos.
Sa Joveria llegó a acoger a medio millar de residentes y a unas 200 chabolas el pasado verano, pero el final de la temporada menguó su población prácticamente a una tercera parte y en las últimas semanas esa cifra se ha ido reduciendo aún más de forma progresiva. Hace semanas que la Policía Local está avisando del desalojo, tanto con carteles colgados por todo el terreno como con visitas de agentes puerta a puerta de las chabolas, y sus habitantes se han ido marchando de forma escalonada.
Últimos preparativos
Este lunes, a los agentes del cuerpo local también se sumaban efectivos de la Policía Nacional, que recorrían el asentamiento, comentaban la situación y preparaban el terreno para el desalojo. Mientras tanto, los últimos residentes de origen magrebí ni siquiera reparaban en su presencia; demasiado tenían con empacar las últimas pertenencias que se llevarán allá donde esté su nuevo destino.
A su espalda dejaban todas sus infraviviendas de madera, enseres inservibles y mucha basura. La mayoría son jóvenes, tienen trabajo en la obra y desconocen lo que van a hacer a partir de ahora. Este martes, los últimos en abandonar el asentamiento tendrán a su disposición a técnicos municipales de los servicios sociales.
Si la aceptación de la derrota y la salida del terreno que ha sido su hogar durante años era la tónica general en la zona más extensa de sa Joveria, desde el Recinto Ferial y hacia el centro en el territorio con más espesura vegetal, las sensaciones eran muy diferentes en el pequeño reducto que limita el territorio al oeste, lindando ya con el hospital y el colegio de Can Misses.
Es ahí donde se agrupan unas 25 caravanas en un territorio en forma de ele. Una vez más, Ibiza propone una fusión casi surrealista de escenarios entre los gritos de los chiquillos en el recreo, los pacientes que tratan sus diversas dolencias y los residentes que sobreviven a duras penas en vehículos, muchos de ellos en estado ruinoso. De aquí no se ha marchado nadie, aquí sí que hay mujeres y niños, y también cuenta con veteranos de otros desalojos, los de Can Rova, que conocen perfectamente el trago amargo al que se vuelven a enfrentar.
«No me pienso mover de aquí»
«Deberían ayudarnos en vez de echarnos como a perros. No somos animales, somos personas. Yo voy a vaciar mi caravana, pero no me pienso mover de aquí. Llevo tres años luchando aquí. Si no se llevan las caravanas, nos ponen multa sobre multa hasta arruinarnos los bolsillos», cuenta una mujer de mediana edad que tiene su trabajo muy cerca, ya que trabaja en las cocinas del hospital.
Cuenta que aquí llegaron a establecerse unas cuarenta caravanas, que esa cifra se redujo a cuatro tras una serie de multas y que luego volvió a crecer hasta la cifra actual. Es el eterno juego del gato y ratón, que este martes continuará con un gran zarpazo del primero, pero sabedores, todos los implicados, de que no hay solución definitiva a la vista porque los alquileres siguen siendo desorbitados y los trabajadores siguen haciendo falta.
«Cuando pasó lo que pasó en Can Rova, los muchachos se tuvieron que venir para aquí. Si no nos ponen un sitio, ¿adónde nos vamos? ¿Seguimos vagando con la caravana, de un sitio para otro? Me dan ganas de dejar la caravana tirada, pero entonces me quedo en la calle y eso no pienso hacerlo. Esta es mi casa y me ha costado 3.000 pavos. Que me maten aquí», reta esta mujer.
«Si vivimos en un lugar así es porque no tenemos donde vivir"
A su lado, una vecina, sentada en una silla de playa, asiente con resignación ante las palabras que escucha y después toma la palabra para contar que la caravana en la que vive es propiedad de su madre. «Si vivimos en un lugar así es porque no tenemos donde vivir. Nosotros trabajamos, pero los alquileres son demasiado elevados. Pagar 1.800 euros por una habitación para tres personas… ¿Qué es eso? Aquí hay bebés. Hay una niña de un año, hay otra niña de dos años, hay mamás con menores de edad», explica.
Otra residente ratifica que hay varias familias con bebés en esta zona del asentamiento y vaticina que «esto va a ser igual que lo de Can Rova». «Aquí hay familias con bebés. Y ahora, ¿dónde nos meten? ¿Hay un sitio preparado para todos nosotros? Hay mucha impotencia. Otro desalojo, en vez de que el ayuntamiento abra un espacio donde tengamos luz y agua. Aquí se pasa frío en invierno y un calor de muerte en verano», denuncia.
Nadie sabe, o no quiere saber, lo que va a ocurrir este martes. Entre ellos, Guillermo Agustín, que llevaba dos años viviendo en el asentamiento y 20 trabajando como panadero, hasta que un cáncer le obligó a parar. Mira al cielo sin camiseta, acompañado por su gato, y lanza esa frase que todos mascullan, pero que solo él pronuncia: «A ver qué pasa mañana».
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