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Entrevista

Joan Costa, fotógrafo ganador de un World Press Photo: «Parecía que la Ibiza que conocíamos duraría para siempre y se está perdiendo»

Fotógrafo

‘La identidad perdida de los ibicencos’ es el título de la ponencia que el fotógrafo Joan Costa ofreció ayer dentro del festival ‘Sant Josep és Foto’. Cuando le ofrecieron participar y le dejaron escoger el tema sobre el que hablar lo tuvo clarísimo. Esa pérdida de la identidad de la isla que avanza a pasos de gigante es algo en lo que lleva trabajando varias décadas y en lo que se ha volcado en los últimos años.

Joan Costa, ayer, en el auditorio de Caló de s’Oli, en el ‘Sant Josep és Foto’.

Joan Costa, ayer, en el auditorio de Caló de s’Oli, en el ‘Sant Josep és Foto’. / Toni Escobar

Marta Torres Molina

Marta Torres Molina

Ibiza

‘La identidad perdida de los ibicencos’ se titula su charla.

Es mi gran tema, la identidad de Ibiza. Llevo años trabajándolo desde diferentes aspectos. Para la charla me centro un poco en la etapa que pienso que fue el gran cambio de la isla y que coincidió cuando empecé a trabajar en Diario de Ibiza, los 80 y, sobre todo, los 90.

¿Qué pasó en ese momento?

La Ibiza anterior, la que conocía, la que me parecía normal, todavía existía y convivía con la nueva, que fue la que descubrí en el diario. Una Ibiza que entraba por los ojos, un mundo nuevo que llegaba fruto un poco de la herencia de los hippies, del cambio de régimen... Esa energía, esa alegría... Me llamaba mucho la atención. Pensábamos que todos seríamos felices por siempre jamás.

Pero no...

No. Cuando dejé el diario, me fui de la isla y llegué a Madrid todo el mundo, cuando decía que era de Ibiza, hablaba de la fiesta, la gente... Nadie conocía la Ibiza anterior. Entonces, las pocas veces que volvía aquí me dedicaba a documentar lo que iba quedando de aquella Ibiza que yo conocía. Y de golpe me di cuenta de que estaba desapareciendo, yo no lo estaba viendo, parecía que aquello duraría siempre y de repente te das cuenta de que no. De que las mujeres que van vestidas de payesas se van muriendo, de que cuando los artesanos se jubilen no habrá nadie detrás, de que la gente deja el campo porque los jóvenes se van a trabajar a los restaurantes... Es un mundo que después de estar ocho siglos, desde la conquista de la Corona de Aragón, sin apenas alterarse, en cincuenta años desaparece. Ese nuevo mundo que llegaba nos iba a traer riqueza y buenaventura a todos los ibicencos, pero fue un desastre. Y el modelo identitario que se está definiendo va hacia la gente millonaria y con poder y supone la pérdida de la identidad anterior, de las costumbres y de las tradiciones.

¿Cree que es recuperable o es batalla perdida?

Las instituciones se han puesto manos a la obra, no les quedaba otra, y es verdad que entre la gente joven hay ganas de recuperar las festes de pou, el ball pagès, las colles... Se está haciendo mucho trabajo, pero no sé si servirá para que los ibicencos nos volvamos a sentir ibicencos como antes. No hace mucho estuve en el homenaje que le hicieron a Carmen Tur y, al acabar, me invitó a cenar. Vi mucha gente joven. Lo vivían, tenían ganas, así que yo, que era muy pesimista, ahora quizás no lo soy tanto.

Pero...

Pero en todo caso ya no es una forma de vida, es una cultura que se intenta recuperar, que ojalá funcione y ojalá vaya bien y ojalá se recupere, pero no será ya una forma de vida como era antes. En todo caso, además, es un trabajo muy complicado, porque llega gente de fuera, y no hablo solo de los turistas, sino también de los trabajadores. Llega mucha gente que, como es normal, viene a buscar trabajo y a ganarse la vida, y llegan con su cultura y sus tradiciones, que se mezclan con las nuestras. Se acaba creando una fusión un poco peculiar, extraña, que no sé en qué acabará, no tengo ni idea, pero difícilmente será la Ibiza que conocimos.

Aunque se recupere... ¿No le da miedo que se quede sólo en algo folclórico? ¿O que lo original acabe pervertido, mezclado con introducciones modernas?

Miedo no es la palabra...

¿Pena?

Sí, pero desde el punto de vista de una persona de mi edad y con nostalgia. El sentimiento de la gente joven me recuerda a lo que nos decían nuestros padres, que la Ibiza anterior a ellos sí que era la de verdad. Titulo la charla como ‘la identidad perdida’, pero, en realidad, la identidad nunca se pierde, es como la sombra, no la podemos perder. Lo que puede es ir mutando, variando, y hay un cambio evidente de identidad. Es decir, otra identidad diferente posiblemente muy influenciada por la globalización. Perderemos un poco de esencia, un poco de unidad, lo único que teníamos, digamos, exclusivo, porque será una identidad mucho más global, mucho más parecida a la de cualquier otro lugar, a la de otros muchos sitios. Pero bueno, no creo que esto haga que la gente sea más infeliz.

En ese archivo fotográfico del que hablaba, ¿hay muchas fotografías que ya no se podrían hacer porque lo que reflejan ha desaparecido?

Muchas, sí, hay muchas. De hecho, dentro de mi archivo hay la parte que pude recuperar en su momento, que era auténtica, pero también hay otra parte que está un poco teatralizada. De lo que era auténtico no queda nada. Gente trabajando en el campo con mulas o con caballos ya no hay, quizás en Can Malacosta, en Sant Carles, sean los únicos, pero en general todos esos trabajos del campo ya no los hay. Queda esa parte teatralizada que supongo que a mucha gente la parecerá bien.

A veces se hace algo tradicional y lo que se vende como tal en la actualidad está tan desvirtuado que mucha gente cree que lo tradicional no es lo original, que es inventado, porque creen que lo de verdad, lo original, es lo falso.

Cosas que eran las habituales antes y que ahora ya apenas se recuerdan. Mira lo que nos pasó no hace mucho. Buscábamos gente que hiciera queso, todavía hay gente haciendo queso, te dicen, pero empiezas a buscar y no es tan fácil encontrarla. Cuando era algo que antes se hacía en cada casa. Hablo del queso, pero también valdría para el aceite o para cualquier otra cosa. Evidentemente, todo esto ya no existe, ya se ha perdido, es el nuevo mundo en el que nos ha tocado vivir, y ya está. No podemos hacer nada.

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