Vivienda
El asentamiento más grande de Ibiza empieza a extinguirse: «A los saharauis nunca nos han dado derechos en España»
Los residentes de sa Joveria, en su gran mayoría del Sáhara Occidental, empiezan a abandonar las chabolas en las que han vivido durante años.
A dos semanas de que se produzca el desalojo ordenado por la Justicia, muchos reconocen que no saben lo que van a hacer a partir de ahora.

Residentes de sa Joveria se marchan con sus enseres. / Guillermo Sáez

Bajo un sol espléndido en pleno Domingo de Resurrección, dos agentes de la Policía Local de Ibiza van recorriendo las chabolas del asentamiento de sa Joveria. En sus manos llevan las notificaciones del desalojo ordenado por la Justicia y que tiene fecha y hora confirmadas: las 10 de la mañana del martes 21 de abril.
«¿Por aquí hemos pasado?», pregunta uno de los policías a su compañero. Porque puede resultar difícil orientarse en este laberinto de chabolas azulas y negras, veredas angostas y basura, mucha basura que se acumula por todas partes.
El asentamiento se inserta en la triangulación de varias referencias visuales de la ciudad: Dalt Vila al sur, el Hospital Can Misses al oeste y la chimenea de Gesa al este. En una de las zonas más despejadas, junto al aparcamiento disuasorio que ya está parcialmente cerrado para su inminente remodelación, los agentes conversan con Moha, un estudiante de Farmacia que no vive en el asentamiento, sino que ha venido a interesarse por unos amigos que residen hacinados en una caseta construida con palés de madera y lonas.

Agentes de la Policía Local notifican a un residente. / Guillermo Sáez
Una conversación interesante
En la conversación que mantiene con uno de los policías se condensa el sentimiento del centenar largo de personas que ultiman su estancia en sa Joveria, pero también de la falta de respuesta que ofrecen las autoridades para este nuevo desalojo. Uno más.
-No tienen agua, luz, ni nada de eso. Solo quieren dormir y estar tranquilos. Son saharauis, muy tranquilos, no se drogan ni toman alcohol.
-Lo que pasa es que el propietario del terreno quiere recuperar la propiedad. Ha puesto una denuncia en el juzgado, ha llegado la orden y hay que salir de aquí.
-Vale, los sacas de aquí, pero, ¿a dónde van? ¿Qué van a hacer ahora? Es complicado.
-Tenéis que agotar las vías que tengáis. Lo primero es ir a servicios sociales a ver qué soluciones dan. Y si no, tenéis que buscar otro lugar...
Entonces Moha señala a uno de sus amigos, que contempla la escena con cara de no estar entendiendo nada, ya que no habla español, y le explica al agente:
-Es epiléptico. Hace dos días yo estuve con él en el hospital. ¿Y qué va a hacer? Dentro de dos o tres días, si no está tomando la medicación y se cae en la calle... Es que son cosas que son muy complicadas. Y aquí hay gente que tiene muchos problemas que no se saben.
El policía pone cara de circunstancias, se despide educadamente y prosigue la ronda de notificaciones junto a su compañero, que, mientras tanto, ha interceptado a otro de los residentes para darle sus correspondientes papeles. «Vamos ahora a la zona de arriba». Todavía queda mucho que notificar en el laberinto de sa Joveria.

Chabolas del asentamiento con Dalt Vila al fondo. / Guillermo Sáez
El asentamiento se vacía
Moha, que lleva cinco años en Ibiza y habla un español casi impecable, también expresa la amargura que comparten muchos de los que malviven en el asentamiento con su mismo origen: «A los saharauis nunca nos han dado derechos en España, nunca. No lo entiendo porque el Sáhara Occidental fue una provincia española. ¿Por qué te ponen pegas para conseguir los papeles? No ofrecen nada tampoco». Él paga 600 euros por una cama en un piso. Tampoco es ningún lujo, pero al lado de la chabola de sus amigos se antoja el paraíso.
Lo que parece garantizado es que el desalojo del próximo 21 de abril será muy tranquilo. De hecho, ya residen en la zona menos de las 130 personas anotadas en los últimos recuentos realizados por la Policía Local y los servicios sociales del Ayuntamiento. Muchos ya se han marchado, otros se encuentran en plena mudanza, casi siempre con destino todavía incierto, y otros apuran los últimos días en sa Joveria rompiéndose el coco para pensar en su próxima parada, como hacen Amin y Brahim.
Estos dos saharauis comparten una chabola desde hace dos años. Están sentados en su interior, tomando té y masticando su incierto futuro. «No tenemos donde vivir. Ahora hay que ver dónde vamos. ¿Dónde vamos a vivir a partir del día 21? ¿En la calle? No tenemos ni idea de lo que vamos a hacer. El Ayuntamiento tiene que ayudarnos a encontrar una solución», clama Amin.

Infraviviendas a punto de extinguirse. / Guillermo Sáez
Los dos tienen trabajo, como explica Brahim: «El 90% de los chicos que están aquí trabajan en la obra. La gente viene aquí para trabajar, sobrevivir y ganarse la vida, pero es muy difícil. Te tiras nueve horas trabajando y luego no tienes donde ducharte, cocinar o descansar. Cada uno se va a buscar la vida como pueda. En Ibiza hay muy poco alquiler y muy caro»
Para Salah, marroquí, 52 años, doce de ellos viviendo en Ibiza y los tres últimos en una pequeña tienda de campaña en sa Joveria, no es que el alquiler sea caro, es que «no hay». Trabaja en la cocina de un hotel y, como muchos de sus vecinos, no sabe qué será de él a partir del día 21.
De la patera a la chabola
«Aquí vivimos tranquilos y vivimos bien», dice junto a un enorme montón de residuos. Un amigo que vive con su mujer y sus dos hijas le ha ofrecido quedarse provisionalmente en su piso. La idea parece que no le seduce, pero sabe que tampoco tiene mucho donde elegir. Tiene en la mano los papeles del Ayuntamiento. Es uno de los que acaba de ser notificado por la policía.
Si Salah es un veterano de sa Joveria, entre los más noveles se encuentra Mohamed, de 19 años. Hace tres meses llegó a Ibiza en un patera tras «un viaje muy peligroso» y comenzó a vivir en el asentamiento con unos amigos. «No tengo papeles. No sé lo que voy a hacer. No tenemos sitio al que ir. ¿Qué haremos ahora?», se pregunta, igual que la gran mayoría de sus vecinos.

Uno de los avisos del ayuntamiento pegado en unas ramas. / Guillermo Sáez
Mientras tanto, unos cuantos van saliendo del interior del laberinto cargados como mulas con los pocos enseres que se van a llevar consigo. Muchas chabolas ya están vacías, esperando su momento a ser pasto de las excavadoras. Dentro de dos semanas, se retirarán todos los residuos y se acotará el terreno con vallas. Final a otro capítulo del gato y el ratón, mientras, muy probablemente, el juego vuelve a comenzar en otro escenario.
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