Semana Santa en Ibiza
El Santo Entierro de Ibiza logra sortear las obras
Los asistentes saltan las vallas de la calle Balanzat para ver la procesión desde dentro de la obra abierta
Cerrada la puerta de la catedral durante la celebración de la Pasión ante el follón exterior: "Es tiempo de silencio", recuerda el obispo

Sergio G. Cañizares
La procesión del Santo Entierro podría haber terminado como el rosario de la aurora (al cierre de esta edición no se tenían noticias de que hubiera ocurrido nada grave) por el proceder del público asistente, pero también porque no se controlaron los accesos como se prometió. Un puñado de agentes de la Policía Local y miembros de Protección Civil se ocuparon en vano de que los presentes no se agolparan delante de las vallas instaladas a lo largo de la calle Balanzat: en cuanto eran desalojados, volvían a apoyarse en ellas, con el peligro de que acabaran volcándolas y cayeran dentro de la zanja.
Lo que ocurrió finalmente es que, tras jugar una hora al ratón y al gato con los policías, dejaron de apoyarse en ellas y saltaron al interior, donde hay abiertas trincheras de hasta dos metros de ancho y medio metro de profundidad, además de material de obra, maderos, tubos y tuberías, hierros y algunos agujeros destapados. Dentro, usando las vallas a modo de balcón, decenas de personas, niños incluidos, contemplaban la procesión ajenas al peligro que corrían. “Les digo que tienen que irse de allí y me responden que entonces dónde se ponen”, era la respuesta que daban algunos a los perplejos agentes, pocos para tanto insensato.

La calle Balanzat poco antes de que pasara la procesión. Algunso a habían saltado las vallas y estaban dentro de la obra. / Toni Escobar
Tiempo de silencio
“Es tiempo de silencio… por eso acabamos de cerrar la puerta de la catedral”, comentaba el obispo al inicio del sermón de la celebración de la Pasión, antesala de la procesión. El follón lo armaban fuera los cofrades y el público congregado, pero Vicent Ribas no pensaba sólo en ellos: también recordaba la mascletà matutina, que no le sentó nada bien y que difícilmente olvidará. Ribas, ya acabada la liturgia, instó a las cofradías a ponerse “en modo procesión; no en modo maratón; ni lentos ni rápidos”. Este año, la “guardia pretoriana” -como se autocalificaba uno de sus 14 componentes- volvió a vigilar que ninguna cofradía (hay dos controladores por cada una de ellas, todos ataviados totalmente de negro, del capirote a los zapatos) se desmadrase (como hace dos años), de manera que se eternizase la marcha.
Ribas, ya acabada la liturgia, instó a las cofradías a ponerse “en modo procesión; no en modo maratón; ni lentos ni rápidos”
Pero se eternizó. El Jesús Cautivo, el primero en salir, tardó una hora en llegar a Can Botino, ante la desesperación de los miembros de la cofradía del Santísimo Cristo del Cementerio, que llevaban aguardando hora y media. El cabreo era considerable, por varios motivos. Un cofrade lamentaba la tardanza, pero también que la gente se agolpara en la pared de la calle Balanzat, la contigua al templo de Santo Domingo, donde habitualmente se sitúan en filas sus cofrades y se planta el Eccehomo. En esta ocasión, y debido a las obras, optaron por subir hasta la plaza de España y esperar allí la llegada de la procesión: “Tenemos gente mayor que lleva en pie hora y media y, además, nos hemos ido de allí por el peligro que había. Y ahora vemos que toda esa zona está ocupada por público”, se quejaba uno de ellos.
Curva peligrosa
La doble curva que enlaza sa Carrossa con la plaza dels Desemparats era uno de los puntos negros del trayecto. Poco a poco, guiados finamente por el capataz, fue salvado. Instados por Protección Civil, que avisaba de que por ahí no cabía el paso, los espectadores tuvieron que echarse más atrás. Pero tan estrecho era ese cuello de botella, que una de las vallas estuvo a punto de meterse dentro del paso, lo que habría provocado un drama. Un policía local, ayudado por un paisano, logró, manteniéndola en el aire in extremis, sacarla y apartarla a tiempo.
Los cofrades -algunos con el lazo violeta contra la violencia machista, que también colgaba de su simpecado- iban dando patadas a las piedras de la obra para alejarlas del camino y evitar que los compañeros que portaban la imagen no tropezaran.
Abajo, una marea humana se apelotonaba junto a otra obra, la del Mercat Vell. No cabía un alfiler.
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