Naturaleza en Ibiza
El excitante avistamiento de un flamenco con el culo en pompa en ses Salines de Ibiza
Jornada de observación de avifauna en el Parque Natural: cuando divisar una águila pescadora es "una lotería"

Durante la jornada, una docena de asistentes pudieron observar las aves que pueblan ses Salines. / Toni Escobar
Tampoco pudo ser esta vez. Muero por ver una águila pescadora (Pandion haliaetus) en pleno vuelo o, mucho mejor, posada, y a poder ser devorando un salmonete. Pero no hay forma. En una ocasión, acompañando al ornitólogo Óliver Martínez (que tiene vista de lince o leopardo de las nieves, que recientemente ha vuelto a fotografiar en el Himalaya) para un reportaje, alzó la mano, señaló un diminuto punto que se movía en el cielo y exclamó: ahí está. Vi un punto, que es como decir que no vi nada. Y en otra ocasión fue otro naturalista, Esteban Cardona, el que apuntó con el dedo a una de esas rapaces que estaba posada, lejísimos, en una mota de ses Salines. En aquella ocasión no vi ni el punto, ni con prismáticos.

Asistentes a la jornada en un observatorio de ses Salines. / Toni Escobar
Esta vez podía ser la definitiva, pensé ilusionado cuando me encargaron asistir a la jornada de observación de avifauna organizada este sábado por el equipo de Educación Ambiental del Parque Natural de ses Salines. Pero tampoco. Empiezo a pensar que tendré que conformarme con haber visto un osprey (que es la denominación en inglés del Pandion haliaetus) posándose, en alta mar, sobre la cubierta del portaeronaves ‘Juan Carlos I’. Era un alucinante Bell-Boeing V-22 Osprey, un engendro, mezcla de helicóptero y de avión, que iba cargado de marines armados hasta los dientes. Pero el de carne y plumas sigue siendo mi asignatura pendiente.

Helena Ribas y Teresa Marí durante la jornada de avifauna de ses Salines. / Toni Escobar
Teresa Marí, la educadora ambiental que explica a la docena de asistentes a la jornada de observación qué es lo que ven a través del telescopio que instala en cada punto de observación, asegura que sí es posible avistar águilas pescadoras en ese humedal. Existir, existen, afirma, lo cual me embarga de una inmensa emoción… que se desmorona a continuación: «Pero paciencia, que verlas es una lotería». Y como a mí no me toca ni el reintegro...: «A veces las puedes ver cuando se acercan planeando». Incluso cayendo en picado sobre su presa. Calcula que debe haber unas cinco en la isla, posiblemente un par en esta zona. «Una o dos». Quizás pase por allí algún aguilucho lagunero, del que el viernes se vieron dos, pero no sería lo mismo, caza menor, y también sería una lotería, aunque no estaría mal como premio de consolación . Me fío de todo lo que dice Marí, de la que soy fan desde que hace 15 años me descubrió en sa Conillera el fascinante universo de los líquenes, de los que esta bióloga es especialista: «Vistos con lupa descubres un mundo», me dijo entonces.
No toca el gordo en ninguno de los dos observatorios de aves de ses Salines que visitamos, por lo que he de conformarme con otros trofeos, como el emocionante avistamiento de un flamenco con el culo en pompa mientras sumerge su cabeza y largo cuello en el agua para filtrar a través de su pico las artemias salinas, crustáceos que les dan el color rosado y que para estas aves son como chuches. Poco antes, Helena Ribas, informadora del Parque Natural desde hace casi dos décadas, ha mostrado a los presentes una de las joyas del centro de interpretación, que está pegado a la iglesia de Sant Francesc: el esqueleto del pico de un flamenco, del que llama la atención que tenga decenas de agujeritos, como si hubiera sido carcomido por las termitas: «Son para filtrar la artemia», las chuches.
No anidan en el humedal
Al parecer, para comer, ses Salines es ideal para estos greater flamingos, llamados así en inglés porque son los más altos de esta especie, aunque también son los menos rosados. Pero estos humedales no son tan ideales para que aniden. Lo han intentado, he incluso descubrieron 42 de sus nidos cóncavos (donde ponen un solo huevo) entre las motas, si bien ninguno prosperó. Entre marzo y julio prefieren otros lugares, como Mallorca, para sacar adelante a sus pollos, con los que luego regresan volando a la isla en agosto, época en que ha llegado a haber 1.600. ¿Por qué vuelven? «Porque hay alimento y espacio para descansar». Los cuatro que quedan aún en esa laguna (y otros en otras), entre ellos el que sigue culo en pompa, no son reproductores aún, explica. Son grises, muy jóvenes.
No planea ninguna rapaz, pero vemos una pareja de diminutos picaplatges gros paseando absortos por el fango, un estilizado xerraire, tres pequeños fuells y una cama-roja. Emoción a raudales. Sin noticias de la águila pescadora, hasta resulta excitante la presencia de un par de tarros blancos, dos patos.
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