XXV Jornades de Cultura Popular de las Pitiüses
La historiadora Lina Sansano: «Antiguamente en Ibiza estaba muy mal visto dormir juntos la noche de bodas»
La última conferencia de la XXV Jornades de Cultura Popular de las Pitiüses la ofreció la directora del Museu Etnogràfic d’Eivissa, que habló, sobre todo, del ‘festeig pagès’ y de cómo eran los enlaces en el pasado en Ibiza y Formentera, pero también de otras celebraciones como la ‘festa de comares’

Un momento de la ponencia de la historiadora y antropóloga Lina Sansano. / J.A. Riera

La historiadora y antropóloga Lina Sansano Costa desplegó este viernes sus amplios conocimientos sobre el festeig pagès en el cierre de la vigesimoquinta edición de las Jornades de Cultura Popular de las Pitiüses, organizadas por la Federació de Colles de Ball i Cultura Popular d’Eivissa. La técnica de Patrimonio del Consell Insular domina la materia, ya que, como explicó horas antes del evento, la ha estudiado a fondo tanto para la conferencia de este viernes como para montar la muestra temporal sobre esta costumbre ancestral que se puede visitar en el Museu Etnogràfic d’Eivissa, en Santa Eulària.
El festeig era la manera en la que en el pasado la juventud de las Pitiusas se conocía y encontraba pareja. Para entender por qué se recurría a esta fórmula de cortejo hay que conocer el contexto: «La dispersión de la población rural, la fuerte autoridad que ejercía el padre, la importancia que se daba al honor y que las mujeres vivían relegadas al ámbito doméstico, sobre todo las que no se habían casado, que no podían salir de sus casas solas». «El festeig era una estrategia matrimonial que surgió en unas circunstancias geográficas, sociales y económicas concretas», subrayó Sansano.
El ritual comenzaba cuando un joven le echaba el ojo a una muchacha. Eso ocurría habitualmente los domingos, en los que todo el mundo iba a misa.
Tres o cuatro años de cortejo
Aunque no había una edad predeterminada para empezar este cortejo, «normalmente ellos tenían entre 16 y 18 años y ellas, entre 14 y 18». Se requería la autorización previa del padre de la joven. «Los chicos tenían la potestad de salir e ir a la casa donde estaba la chica en edad de festejar. Ellas tenían que conformarse con los pretendientes que las visitaran en su casa y tenían la obligación de recibirlos y tratarlos a todos por igual, para evitar envidias y conflictos», detalló.
Estos encuentros se producían dos o tres noches a la semana y los domingos por la tarde. Si solo había un candidato, tenía toda la noche para cortejarla, si eran varios, había que dividirse el tiempo. Si alguno se entretenía más de la cuenta, se le lanzaba una piedrecita a los pies. Al tercer aviso, aquello podía acabar en pelea. Cuando terminaba su festeig, el pretendiente tenía que hacer un uc o lanzar un tiro al aire y entrar de nuevo en la casa para despedirse.
El festeig se solía hacer sentados en el porxo de la vivienda, o en la cocina, cerca del fuego, en las jornadas frías de invierno. La madre siempre estaba presente, a una distancia prudencial. Otra opción era festejar a la salida de misa, de camino a casa, con los progenitores detrás vigilando.
El festeig, según detalló la historiadora ibicenca, «normalmente duraba entre tres o cuatro años, pero incluso podía prolongarse hasta ocho años». Se podía alargar incluso más cuando se producían interrupciones o retrasos, por ejemplo, cuando la familia estaba de luto.
Los padres, apuntó Sansano, «eran partidarios de cortejos largos, hasta que apareciera el candidato que consideraban adecuado, pero al final, los que decidían eran el chico y la chica». Cuando la pareja formalizaba su compromiso tenía que comunicarlo a los padres. Si daban su visto bueno, se preparaba la boda, si se oponían, siempre les quedaba la fuita.

Sonia Ribas y Lina Sansano, durante la conferencia en Can Ventosa. / J.A. Riera
Una vez hecha la elección, la joven ya solo festejaba con su futuro marido y, mientras, iba preparando el ajuar, lo que en ibicenco se conoce como parament de la casa. Además, muchas familias iban al notario para firmar los espòlits, es decir, el contrato prematrimonal, «en el que se pactaba lo que aportaría cada uno en el matrimonio y se designaba al futuro posible heredero». Asimismo se hacían las amonestaciones en la iglesia y se acordaba el día de la boda.
Los enlaces de antaño, contó, «eran celebraciones sencillas, en las que después de la misa, se iba a comer a la casa familiar y se servía arroç de matances, sofrit, pagès y orelletes y, tras la comida, había un poco de baile y música». Al terminar, cada uno se iba a la casa paterna. «Estaba muy mal visto que los recién casados pasaran juntos la noche de bodas. Para convivir tenían que esperar un mes y medio o dos meses, dependiendo del trabajo del campo. Cuando llegaba el momento, el marido iba a recoger con el carro a su esposa, que llevaba sus pertenencias en la caja de novia o canterano», relató Sansano.
La celebración de los santos
Durante la charla, titulada ‘Festeig pagès, bodes, festa de comares i altres celebracions casolanes’ no solo se centró en explicar cómo era el cortejo y las bodas antiguamente. Este tema lo dejó para el final. Antes tuvo tiempo, entre otras cosas, de reivindicar la celebración de las onomásticas «como fiesta casera». «Antiguamente en las Pitiusas no se celebraban los cumpleaños sino los santos y se festejaban con una comida, aunque fuera día laboral, reuniéndose toda la familia», explicó, destacando las fiestas de Santa Maria, patrona de Ibiza; la de Sant Josep, la de Sant Joan y, además, la de Sant Jaume, en la que los ibicencos tenían la costumbre de pasar el día en Formentera.
Asimismo, habló de las mitjanes festes, como la de Nadal, el 26 de diciembre; o la del 8 de agosto, Sant Ciriac, con la berenada en Puig des Molins, «una costumbre que se estableció en 1912».
Hubo tiempo también para explicar otra celebración casera típica de Ibiza, la de anar de comares. Como relató Sansano, cuando nacía un bebé, antiguamente las madres se quedaban 40 días en casa y las familias las cuidaban. No salían ni para bautizar al recién nacido, eso lo hacían los abuelos y los padrinos. A mitad de esa cuarentena, se señalaba un día en el que iban las amigas, las vecinas y familiares, normalmente todas mujeres, para dar la bienvenida al bebé y hablar con la madre y compartir experiencias. Para agasajarla le llevaban lo que se conoce como cistella de comares, con «alimentos delicados» como fideos, chocolate o gallina, ya que su caldo se consideraba el mejor alimento para las madres tras el parto.
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