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Tensión global

De India a Formentera entre vuelos cancelados y espacios aéreos cerrados

Guerra en el Golfo. Los espacios aéreos cierran. Kuwait Airways no responde. Una formenterera sale de un retiro ayurvédico en la costa de Karnataka sin internet, sin pantalla, sin noticias — y aterriza en el caos. La viajera Pamela Spitz narra en primera persona su odisea para regresar a Formentera desde India.

La formenterera Pamela Spitz en India. | FOTOS DE PAMELA SPITZ

La formenterera Pamela Spitz en India. | FOTOS DE PAMELA SPITZ

Pamela Spitz

Kumta/Formentera

Acabo de salir de un tratamiento ayurvédico de detox, cuatro semanas sin conexión a internet, sin pantalla, sin lectura. Vuelvo a encender el móvil y solo veo barras rojas: «cancelado». Kuwait Airways, mi camino de vuelta a Europa, detenido entre anuncios contradictorios y silencio.

Aeropuerto de Bengaluru.

Aeropuerto de Bengaluru.

Delhi, Bombay, Cochín: en todos lados la misma escena. Espacios aéreos cerrados o restringidos, vuelos anulados, rutas habituales cortadas de un día para otro. La mayoría de los trayectos entre India y Europa dependen de unos pocos hubs del Golfo; cuando se bloquean, no desaparece una conexión, se cae el andamiaje entero.

Las tarjetas de embarque del viaje.

Las tarjetas de embarque del viaje. / Fotos de Pamela Spitz

En la web de Kuwait Airways pone todavía scheduled. Me quedo un rato mirando esa palabra, que tontería. El correo oficial de cancelación llega cuatro días más tarde. Cuatro días en los que una tiene que resolverlo todo sola, sin ayuda, sin oferta de reubicación, sin ninguna indicación de qué hacer a continuación. De algún modo tengo que llegar a Estambul, la entrada provisional más barata a Europa, y cuanto antes. El camino por el este queda descartado. No quiero ni pensar en Rusia y Ucrania, y mucho menos volar por allí. China tampoco. Finnair: completo. Lo que queda es un mapa del mundo en bruto con cada vez menos puntos verdes. Los planificadores de rutas proponen conexiones que ayer habrían sonado a aventura: Bombay–Almatý–Fráncfort. Delhi–Taskent–Helsinki. Tayikistán, Kirguistán, Kazajistán como pilares del puente en el plan de vuelos. La pregunta ya no es solo: ¿logro salir?, sino: ¿logro salir sin meterme en otro tipo de problema?

Aeropuerto de Mangaluru.

Aeropuerto de Mangaluru.

Delante de los mostradores de facturación en Bombay y Delhi hay colas que llevan horas sin acortarse. Maletas, mochilas, portátiles sobre las rodillas. Sus vuelos ya no existen: cancelados, desviados, fusionados. Lo que buscan no es un billete mejor, sino cualquier ruta que siga funcionando. Conexiones directas como Bengaluru–Fráncfort, hasta hace un momento en verde, saltan a sold out mientras una las mira. El algoritmo decide más rápido de lo que la persona frente al portátil puede sacar la tarjeta de crédito.

El bloqueo no afecta solo a los pasajeros. En tierra, detrás de los mostradores de los aeropuertos del Golfo, se sientan empleados tan atrapados como la gente frente a ellos. Viven en las regiones afectadas, no pueden entrar, no pueden salir, trabajan sin planes de contingencia ni instrucciones claras desde arriba. Quien está en el mostrador a menudo sabe tan poco como quien espera delante. La indefensión es simétrica.

En los pasaportes corre un segundo reloj: las autoridades de inmigración indias no son conocidas por su flexibilidad. Quien se pasa de la fecha necesita un Exit Permit de la Foreigner’s Regional Registration Office, FRRO: no es un formulario para la víspera, sino un procedimiento con sala de espera, revisión de documentos y un funcionario que decide. Quien no obtiene el permiso a tiempo y aun así sale del país se arriesga, en el próximo viaje a la India, a una prohibición de entrada. Algunos lo saben, muchos no.

En los cafés de Goa hay viajeros que miran todo esto como si fuera mal tiempo. «Ya pasará». Algunos quieren esperar a que el conflicto escampe, como si fuera un monzón. Un hombre de Stuttgart lleva tres días sentado sobre su maleta en el aeropuerto de Goa Dabolim. Cuando alguien a su lado dice exactamente eso, me río. «En 1967 Israel necesitó seis días para barajar de nuevo las cartas». Él mira el móvil. «Nosotros tardamos más solo en conseguir volver a casa».

Entonces aparece Mascate como opción. En esos días, Omán parece el punto menos comprometido del entramado de conexiones. Salam Air de Bombay a Mascate: tres horas, unos cincuenta euros. Casi nadie quiere ir allí. Omán permite a los europeos estancias cortas sin visado mientras se demuestren vuelo de regreso o continuación y alojamiento; salir de India detiene el reloj del visado. Reservo. La conexión en adelante: Pegasus Air, Mascate a Estambul Sabiha Gökçen. BOM–MCT–SAW y, desde allí, Barcelona.

«Ese es el plan. Aguanta hasta el día siguiente»

España envía un Airbus A330 del Ejército del Aire a Mascate para repatriar a sus nacionales bloqueados. Dos vuelos, primero 171 y luego 237 personas. Además, 658 españoles en tres vuelos comerciales desde Dubái a Madrid y Barcelona. El ministro de Exteriores habla de «más de 4.000 españoles repatriados» hasta el sábado. El objetivo, dicen en Exteriores, es traer de vuelta hasta al último compatriota. Prioridad: mujeres embarazadas, enfermos, familias con niños.

Lufthansa ofrece la imagen concentrada de la situación. Un Airbus A380 despega de Abu Dabi rumbo a Múnich, vacío. Sin pasajeros, solo dos pilotos en la cabina. La tripulación de cabina, al menos diecisiete personas sin las cuales no se pueden transportar pasajeros, simplemente no está disponible. Miles de alemanes están atrapados en los Emiratos, el avión vuela sin ellos. Al mismo tiempo, un avión de Lufthansa en ruta hacia Riad interrumpe el vuelo por motivos de seguridad y aterriza en El Cairo. El Ministerio de Asuntos Exteriores ha designado Riad y Mascate como puntos de salida para los alemanes varados; los vuelos especiales recogen con prioridad a embarazadas, enfermos y familias con niños. Los demás han de arreglárselas con alternativas comerciales.

Yo soy alemana, pero no estoy en el Golfo, sino en la India. Para mí no despega ningún A330 hacia Mascate. No figuro en ninguna lista de evacuación. No soy lo bastante vulnerable o estoy en el lugar equivocado, o ambas cosas. O una se abre camino sola, o no se abre camino.

Al día siguiente queda claro que Mascate tampoco es la solución, o más bien: no es una solución realizable. Es muy probable que Pegasus cancele el vuelo de Mascate a Estambul. ¿Y entonces? Me quedo en Mascate. Sin vuelo de continuación, sin alternativa, en una ciudad que había imaginado como cómoda sala de espera y que ahora se perfila como un callejón sin salida.

«Así que, África»

Con cada corredor cerrado, el tráfico se agolpa en las últimas líneas abiertas. En los mapas, Addis Abeba ocupa el lugar de Dubái. Ethiopian Airlines es la primera dirección para todos los que quieren cambiar de reserva sobre la marcha y, por lo tanto, la que se agota más rápido. Los asientos están ocupados con días de antelación; los aviones llevan además pasajeros de rutas desviadas.

Busco conexiones a través del continente. Y, en efecto, hay vuelos a Europa. Exactamente uno aprovechable. De Bengaluru a Madrid vía Addis Abeba. Saco la tarjeta de crédito, 1.200 euros, y pulso en Comprar. Cinco minutos después, el vuelo está completo.

Un viajero austríaco, de unos treinta y tantos, lleva cuatro días atrapado en Palolem. Tenía su vuelo de regreso vía Dubái —cancelado. El sustituto vía Baréin —cancelado. Tiene en un bloc una lista manuscrita con siete opciones de ruta, ninguna por debajo de los 1.500 euros, ninguna garantizada. Su visado caduca en tres días. El relato hippy de la vida libre bajo las palmeras solo funciona mientras una pueda subirse a un avión en cualquier momento. Cuando las rutas se cierran, ‘libertad’ pasa a ser un eufemismo de ausencia de plan B.

«Cancelo el vuelo a Estambul. Y espero»

Al principio me apremia el visado. Luego llega la noticia: la India muestra flexibilidad debido a la situación. No habrá una prohibición automática de entrada para quienes sobrepasen el plazo en estas circunstancias. Es la primera vez en estos días que una autoridad se muestra humana.

El 6 de marzo, a las dos de la madrugada, voy en taxi hacia Mangaluru. Cuatro horas por el estado de Karnataka dormido. La carretera nacional NH 66, que sigue la costa, está casi vacía. De vez en cuando un camión con la carga sobresaturada, conos de luz en la oscuridad. El conductor tiene una selección de música excelente: canciones en kannada, melodías populares que no sabría nombrar y que aun así resultan inmediatamente familiares. Paramos dos veces. Fumo mi primer cigarrillo desde el retiro. Después de siete días de oscuridad y desintoxicación fue una especie de regreso. No al mundo. A mí misma.

Aeropuerto de Mangaluru, cinco de la mañana. El mostrador de facturación aún está cerrado. Me siento en el suelo, la espalda contra la pared, la maleta delante. Lo he practicado estos días.

Otro problema no se puede resolver desde un despacho: se están acabando mis medicamentos para el párkinson. Raciono las pastillas. A mínima potencia. En concreto significa que la movilidad disminuye, la rigidez llega antes, caminar se vuelve penoso. En los vuelos de regreso dependo mucho del bastón, más que de costumbre, y de costumbre ya es bastante.

Mangaluru a Bengaluru: cuarenta minutos. KIA, el Aeropuerto Internacional Kempegowda, tan grande que tiene su propio microclima: fresco, tenue, amortiguado. En las puertas se sienta gente con la expresión de quien ha sopesado demasiadas opciones y ha descartado todas. Nadie parece descansado. Nadie lee.

En el avión a Addis Abeba: reencuentros. Una pareja de Barcelona a la que vi en el vuelo alimentador. Un señor mayor con mochila de trekking que se pasó dos horas en la terminal buscando conexiones, ahora se queda dormido de inmediato. En situaciones así se desarrolla una complicidad silenciosa con desconocidos: no hay conversaciones ni intercambio de contactos, solo ese saber compartido de que todas hemos perdido el mismo sistema de coordenadas y hemos encontrado el mismo rodeo. Llama la atención: ni un solo pasajero israelí en todos estos vuelos. En cambio, muchos europeos de regreso de Sri Lanka, Tailandia, India, personas que hace tiempo tendrían que estar en casa.

Aeropuerto Internacional de Addis Abeba Bole. Tengo tiempo suficiente, demasiado tiempo, y empiezo a escribir este texto. Etiopía como lugar de tránsito tiene una cualidad particular: una está realmente en Etiopía. El personal habla amárico entre sí, ríe, gesticula — nada que ver con la resignación gris de los aeropuertos europeos de madrugada. Todo es vivo, saturado, presente. El café —aquí buna— oscuro, terroso, sin concesiones. Me sonríen cuando lo traen. Después de días de pantallas rojas y puertas cerradas, eso cuenta.

Luego, la sala de oración. En el sector femenino del aeropuerto, bien señalizada, una instalación obvia. Primero lavarse los pies. Luego entrar. El espacio es silencioso y a la vez está bastante lleno. Mujeres en diferentes momentos de la oración, algunas de rodillas, otras sentadas, una duerme. Yo me tumbo en el suelo, el cuerpo estirado. Nadie mira. Nadie pregunta. Una mujer más que se tumba un rato.

«Cojeo todo lo rápido que me permite el bastón»

Una amiga de Formentera escribe desde Kerala en la India. Pregunta qué debe hacer. Tecleo la respuesta: comprar un vuelo. Ya. Sin pensarlo, sin comparar, sin esperar. Simplemente comprar lo que aún quede abierto. Ella reserva.

Addis Abeba a Madrid: unas nueve horas. Ethiopian Airlines llega con retraso. Llevo más de veinticuatro horas despierta, la medicación en dosis mínima. Madrid Barajas, Terminal 1. El vuelo de Iberia a Ibiza sale de la Terminal 4, imposible alcanzarlo ya con el control de seguridad y el cambio de terminal. El billete se pierde. Busco, encuentro un vuelo de Ryanair, lo compro, cojeo hacia la puerta todo lo rápido que me permite el bastón. Con mucho esfuerzo y un poco de suerte, me siento en el avión.

Ibiza. Taxi al ferry a Formentera. El mar Arábigo, el océano Índico, el golfo de Adén, el Atlántico, todo queda detrás de mí, invisible. Delante: el muelle de la Savina y Stefano….

La libertad de movimiento nunca fue solo tuya. Depende de corredores que otros controlan — desde 1967, desde siempre. En tiempos normales eso no se nota: los billetes son baratos, las pantallas muestran verde, todo funciona. Se nota cuando estás sentada en la India, mirando hacia Europa, y entre medias hay una guerra. Las reglas que rigen en ese momento no tienen nada que ver con las condiciones de reserva. Tienen mucho que ver con la historia. Más de lo que una quisiera admitir, sentada allí, con el móvil en la mano y ningún vuelo disponible.

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