Migración
Las aventuras y desventuras de un migrante conquense en la Ibiza de los años 60 y 70: «Nunca se olvida a quien te ayudó cuando no tenías un duro»
Luis Barrios Manzano, conquense residente en Formentera, tuvo la oportunidad en octubre del año pasado de dar las gracias a una de las dos mujeres ibicencas que le fiaron alojamiento y alimento a su llegada a Sant Antoni en el año 1970

Luis Barrios Manzano vive en Formentera desde hace 56 años. / Pilar Martínez

Hay episodios en la vida que quedan marcados a fuego en la memoria y Luis Barrios Manzano acumula unos cuantos en sus casi ocho décadas de existencia. Fue precisamente revivir una de esas experiencias vitales imborrables lo que le condujo a este conquense residente en Formentera a planificar en octubre de 2025 unas vacaciones de cuatro días en la isla vecina. Aquella escapada con su mujer, Encarnación Olivares Godoy, acabó convirtiéndose en otro recuerdo inolvidable porque le permitió saldar cuentas pendientes con el pasado: dar las gracias a Rita Tur Costa, una de las personas que le echó una mano cuando llegó a Sant Antoni como migrante en 1970 sin un céntimo en el bolsillo.
En realidad, el propósito inicial de aquel miniviaje, explica, era regresar al Hotel Palmyra, que no había vuelto a pisar desde 1963, el año en el que llegó por primera vez a las Pitiusas. En aquel establecimiento de Sant Antoni, cuenta, consiguió su primer trabajo en las Balears con apenas 16 años y «tenía el gusanillo» de verlo de nuevo, con 78 años y ya con ojos de cliente, para rememorar aquella etapa de juventud, que no fue precisamente fácil.
Cuando Barrios lee las noticias sobre los migrantes que arriban en patera a las costas de Ibiza y Formentera en busca de un futuro mejor, siente que los entiende «mejor que nadie» porque él, salvando las distancias, vivió una experiencia similar, primero en los años 60, siendo un adolescente, y luego en los 70, con 22 años. «Ellos viajan aquí engañados pensando que todo va a ser color de rosa y al llegar aquí chocan con la realidad, que es negra. Eso mismo me pasó a mí», explica.
Primera etapa en las Pitiusas
Este residente en Formentera de 79 años nació en un pueblo de La Mancha llamado Santa María del Campo Rus, en el seno de una familia humilde que vivía de la agricultura y que le había inculcado como valores básicos «respetar a los mayores, ser honrado y trabajar duro». En su casa había gallinas y cerdos y aunque no les faltaba de comer lo que no había era dinero. «Todavía veo a mi madre llorando porque no podía pagar los impuestos», recuerda Luis. Fueron unos vecinos de su localidad que trabajaban en Sant Antoni los que le hablaron de las oportunidades de trabajo que ofrecía Ibiza, en pleno boom turístico. Aquello le animó a lanzarse a la aventura e irse a la isla con 16 años. Con lo poco que le pudieron dar sus padres, cogió un taxi de «los que hacían su agosto» en aquellos tiempos trasladando a personas que migraban y se fue a Valencia. De allí se embarcó a Ibiza, donde llegó «un fin de año».
En el autobús que conducía de Vila a Sant Antoni le ofrecieron su primer trabajo, en el Hotel Palmyra, que estaba a punto de inaugurarse. Aunque en eso tuvo suerte, aquella primera etapa en la isla balear la recuerda como «durísima». Los primeros dos días, como eran festivos y no estaba la persona que le tenía que proporcionar colchón y manta, le tocó dormir entre dos jergones «con olor a orines» que estaban abandonados debajo de una escalera. Uno de ellos, recuerda como si fuera ayer, lo tuvo que utilizar como manta del frío que hacía en los barracones que se empleaban para alojar a los trabajadores del establecimiento.

Rita Tur Costa, en su juventud. / Archivo familiar de Rita Tur Costa
Tampoco olvida las burlas de «los compañeros madrileños», que se reían de sus vestimentas campesinas y de toda las cosas que ignoraba. «Con diez años tuve que dejar la escuela porque tenía que ayudar a mi padre en las faenas del campo y yo, que solo sabía de agricultura, en el hotel tuve que hacer de ayudante de fontanero, así que era el pardillo de la cuadrilla», cuenta. «La primera agua que tuvo la piscina del Palmyra la eché yo empleando una bomba con la que la extraíamos del mar», relata.
Para ahorrar todo el dinero posible, él y su amigo José, ya fallecido, se dedicaron a comer durante meses lo que les resultaba más económico: «careta de cerdo», que compraban en una carnicería, y patatas que freían con la grasa que esta desprendía. «El primer giro que le envié a mi madre fue de 1.200 pesetas y fue como si le mandara la salvación del mundo», comenta.
En el Hotel Palmyra estuvo de enero a mayo porque luego tenía que regresar a su pueblo para echar una mano a su padre con las labores agrícolas. Retornó a la isla entre enero y mayo del año siguiente, esta vez para «trabajar en Ibiza en una fábrica de bloques de la familia Coll». Después, ya no volvió a las Pitiusas, hasta octubre de 1970, que es cuando conoció a sus ángeles de la guarda ibicencos.
«Nunca se olvida a quien te ayudó cuando no tenías un duro», asegura el conquense, que durante quince días estuvo viviendo de la caridad de dos mujeres que le fiaron alojamiento y alimento hasta que pudo pagarlos: la dueña de la Pensión Rita (ahora Hostal Boutique Cana Rita), en Sant Antoni, y la propietaria de una panadería de la misma localidad de la que no recuerda el nombre y que ya ha desaparecido.
A Ibiza llegó esta vez después de terminar la mili, con trabajo apalabrado «en la reforma del que llamaban el hotel del valenciano». Barrios, que había desembarcado en la isla sin un céntimo, se encontró con la desagradable sorpresa de que el sueldo se pagaba cada dos semanas y que tendría que esperar ese tiempo para poder tener dinero contante y sonante. La mujer que regentaba con su marido la Pensión Rita le dio alojamiento aquellos días «gratis». También se apiadó de él la dueña de una panadería cercana. «Le quise dejar mi carnet de identidad para que no pensara que era un delincuente, pero dijo que no hacía falta, que tenía cara de buena persona y que me daría pan con la condición de que, en cuanto cobrara, le pagara», rememora. «Estuve quince días comiendo pan payés y el tocino crudo que me había metido mi madre en la maleta», apunta el constructor, que, en cuanto recibió su primer sueldo, saldó su deuda con las dos mujeres.
Después de 25 días, dejó Sant Antoni para instalarse en Formentera, donde había migrado su novia y sus padres, también originarios de Santa María del Campo Rus. A través de su suegro, detalla, consiguió un trabajo en la obra. Después ejerció de chófer de camiones y luego fue prosperando hasta crear el negocio del que viven ahora él y su familia, una pequeña empresa de construcción.
Una visita para dar las gracias
Cuando estuvo alojado en el Palmyra el año pasado, pensó mucho en aquellas dos buenas samaritanas que le ayudaron tanto en sus primeros días en Sant Antoni en 1970. Aprovechando su estancia en el hotel portmanyí, decidió hacer algunas averiguaciones para localizarlas y darles las gracias de corazón 55 años después. Desgraciadamente la panadera ya había fallecido, pero, por suerte, pudo localizar a Rita Tur Costa y decirle en persona todo lo que había significado para él su gesto.
«Me recibieron su nieto y ella y fue tan simpática como la recordaba», asegura. La propietaria de la pensión, que ahora tiene 91 años, le confesó que había hecho favores en su vida a tanta gente que no recordaba aquel episodio en concreto. Luis Barrios, sin embargo, no olvidará en su vida aquellos días «tan duros» ni ese gesto tan generoso de Rita.
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