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Turismo

El Parador abre por fin sus puertas a la sociedad de Ibiza y Formentera

A pesar del mal tiempo, cientos de vecinos visitan el Parador de Ibiza para apreciar su construcción y decoración

Samia Khenien

Samia Khenien

Ibiza

"Hay una gentada", se oye en las salas del Parador de Ibiza este sábado en la apertura de puertas al público. Y no le falta razón a quien lo dijera. A pesar de que la lluvia ha convertido la mañana en una complicada travesía hasta la entrada, en la plaza de la Catedral, vecinos de toda Ibiza hacen cola para entrar los primeros en el histórico lugar. A las diez hay quienes hacen cola para entrar cubiertos del chaparrón por sus paraguas, de todos los colores, determinados a ver el Parador con sus propios ojos.

El guarda les permite el paso, de veinte en veinte, aproximadamente, aunque varía en una o dos personas "para no separar los grupos", explica. Tras el paso por el viejo arco de la puerta principal, les invita a pasar el propio director del Parador, Pau Arbona, rodeado la televisión y otros medios que buscan captar este emotivo instante.

Los trabajadores saludan amablemente, "buenos días": siempre hay uno o un par vigilando y asegurando que nadie daña el exquisito mobiliario que tanto ha costado sacar a relucir. Muchos nunca habían estado en un lugar por el estilo, una mezcla simbiótica entre elementos milenarios y un toque moderno, impregnado de olor a pintura y nuevo. El grupo se mueve, gracias a las indicaciones del personal, a través del patio principal, donde se pueden apreciar paredes de varios colores y las primeras escaleras del recinto.

Los primeros pasos por el Parador

Una de las primeras salas por las que se introduce la procesión de curiosos es un espacio semiabierto, puesto que lo bordean tres de las paredes en piedra pura, pero no está totalmente cerrado. Se ven en él unas piscinas, de diferentes tamaños, una tan pequeña que parece hecha para un bebé, donde burbujean aguas cristalinas, prístina por el momento: nadie se debe haber bañado en ellas aún. Por la mezcla de vapores que se forman, del calor del líquido en conjunción con el aire fresco, se empañan las cámaras y las pantallas de los móviles que todos usan para capturar el momento.

Hay situaciones que confunden al visitante y ya no sabe por dónde hay que seguir el tour: el Parador se alza como un laberinto de escaleras, salas y pasillos, con algunos caminos vetados mediante letreros que señalizan 'Acceso restringido'. Los curiosos quieren ver todo lo que está permitido, tarde o temprano, pero desconocen cómo hacerlo. Los trabajadores no pueden estar pendientes de la multitud al completo, a pesar de los grandes esfuerzos que hacen, y parte del público debe indicar al resto por dónde hay que ir. Se echan en falta carteles con flechas para los más despistados, que se distraen con las siglas grabadas en las paredes. Una mujer tantea: "Creo que esto deben de ser los nombres de las familias asesinadas en la Guerra Civil", pero sus compañeras no están del todo seguras.

La vuelta por la sala de desayunos es una aproximación a lo que podría vivir quien esté interesado en pasar un día como cliente. La empleada del restaurante anuncia: "Bienvenidos al restaurante Sa Talaya, donde daremos el desayuno. Ahora lo vemos muy vacío, pero en breve ya empezaremos y, bajo reserva, podrán venir también a desayunar". Tras el restaurante, se vislumbra una sala con varios cuadros y butacas, una especie de sala de lectura. Y quien vino a hacer el tour solo, pide al resto que le ayude a sacarle fotos. Es el caso de Asen Merhi, un hombre de Alicante que vive la mayor parte del año en la isla. "Me habían convencido unas amigas para venir y no ha venido ninguna", ríe, y comenta que el Parador, por el momento, le parece "fenomenal, muy bien aprovechado y manteniendo lo que es la esencia del lugar". Cree que, aunque tampoco son tantas habitaciones, "va a traer un turismo más estable, de todo el año". Él mismo asegura que estaba hablando con su pareja para ver si reservaban, puesto que considera que es "una bonita oportunidad, antes de que los precios suban".

Espacios al aire libre

"¿Vosotros también por aquí?", se saludan algunos vecinos. Algunos quieren ser de las primeras personas que se sienta en los diferentes sofás, sillas, sillones, bancos... Aunque la mayoría prefiere no ser responsable de los daños que pueda causar. De hecho, es un secreto a voces que pisar las grandes alfombras de mimbre con los zapatos mojados por la lluvia debería de constituir un delito penal, por lo que los más respetuosos las evitan dando brincos sobre sus esquinas.

En una de las terrazas, con vistas privilegiadas a es Botafoc y a los techos de la catedral. Allá, el viento despeina incluso los pelos fijados con laca de las señoras mayores, que comentan entre dientes que "la catedral está en obras" al ver los andamios que chocan con la estética perfeccionada del Parador.

María Costa, vecina de la isla, aunque aún no ha visto todas las salas, pone en valor el Parador como un proyecto que "lleva años", para abrirse. "Todo es precioso, pero lo que más me ha llamado la atención son las vistas, son increíbles", exclama, y añade: "Parece muy lujoso". Y remata recordando que en Ibiza, "no teníamos ningún Parador aún, diecisiete años esperando este momento".

Arqueología en medio de suites de lujo

En el preciso instante en el que dos adultos están comentando la necesidad de señalizar mejor el suelo de cristal, un niño de apenas dos años se cae de bruces contra el suelo y llora, dolorido. Después de pasar los suelos de cristal, subiendo una escalera de madera, se hallan las suites. La estándar ya parece lujosa, y hay gente que comenta que "esto sería un bañazo" delante de la porcelana blanca de la pica y las luces que reflejan la cara en el espejo de manera ideal. La suite se puede escoger "solo" con el baño, la cama y las demás comodidades, o con todo un salón con una mesa redonda para reuniones y un vestidor en madera.

Pero se entiende que esta habitación, mejor que muchos de los pisos que se ofrecen para alquiler, sea la 'estándar', puesto que la Junior suite es toda una amalgama de lujos que se ofrecerá solo a los bolsillos más holgados. La vista al Mediterráneo se puede disfrutar a través de un pequeño balcón y no se puede describir de otra manera que no sea "espectacular". Una cama doble que parece de lino natural se posa ante un cuadro de Karol Antolín. Encima de la mesita de noche, un pequeño ramo de flores diminutas de color magenta permanece posado en una jarra acorde con su tamaño.

"Sí, me ha gustado"

En medio de las habitaciones se yerguen las barandillas que impiden que la gente caiga sobre las ruinas, que descansan plácidas entre el barullo. Apoyada en ellas se encuentra Rosa, vecina de Ibiza desde el 72, que comenta "está muy bien todo", pero que lo que más le "encanta" es "el concepto de poder mirar desde arriba las ruinas"; "es increíble, está muy bien hecho". No sabe de qué origen son exactamente los restos arqueológicos, pero "ha oído" que son "árabes sobre construcciones romanas". Cuenta que trabajó "allá abajo [en Dalt Vila] en un restaurante, pero entonces [el Parador] era todo ruina". Y recuerda que cuando era más joven, le gustaba cuando se "metían por sus rincones", aunque aprecia poder visitar el espacio ya acabado de pulir.

A través del patio de armas se puede salir de nuevo por donde se había entrado. Allí el viento, antes frenado por los muros, vuelve a alzarse y salen unos rayos de sol tímidos que al menos permiten volver al resto del Patrimonio de la Humanidad por la Unesco sin tener que abrir el paraguas. Casi bajo el arco de la entrada-salida, una mujer le pregunta a su marido: "¿Te ha gustado? ¿Te ha merecido la pena el madrugón?". A lo que tiene que admitir el hombre, resignado, "sí, me ha gustado".

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