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Dominical

Memoria de la isla: de los varaderos en Ibiza

El varadero, 'escar' o 'varador', no es sólo, como define el diccionario, «el lloc disposat en forma de pla inclinat per a treure i varar les embarcacions», es también la caseta que les da resguardo

Pescado puesto a secar para hacer 'peix sec' junto a unas casetas varadero de Formentera.

Pescado puesto a secar para hacer 'peix sec' junto a unas casetas varadero de Formentera. / Cristina Martín Vega

Miguel Ángel González

Miguel Ángel González

Ibiza

En los tiempos preturísticos que recordamos y en islas pequeñas como las nuestras, el mar, en su inmediatez, invitaba al payés, fuera por afición o necesidad, a dejar ocasionalmente la reja y coger la barca para salir a pescar. En las encalmadas del invierno, cuando la tierra dormía, quan sa terra covava, quedaban tiempos muertos que permitían echar mano del volantín o la nasa. De aquí nuestros varaderos, tan consustanciales a nuestro paisaje que parecen haber estado siempre donde los vemos ahora. No consigo imaginar sa Caleta en Ibiza y es Caló en Formentera sin varaderos.

Podríamos decir que el varadero es nuestra arquitectura más antigua, aunque también aprovechamos como refugio de las barcas cavidades naturales o excavadas en la roca-marès. De ellos nos ofrece una extraordinaria muestra cala en Baster. En cualquiera de sus variantes, que son muchas, los varaderos crean paisaje, le dan carácter y son ya un rasgo característico de nuestros litorales. Existen en todo el Mediterráneo, pero no con la profusión y variedad que tenemos en Ibiza, donde es difícil encontrar una cala con abrigo sin varaderos. Los hay, incluso, en lugares casi inaccesibles como en ses Balandres, un lugar que recuerdo bien por lo mal que lo pasé al bajar el acantilado que, para mi vergüenza, subían dos pescadores como si fueran de paseo, cada uno con una caja de pescado en sus espaldas.

Por su valor histórico y etnológico, estos varaderos son un incuestionable bien patrimonial y quiero pensar que, como planteó en su día el Govern, ya los tenemos inventariados con el correspondiente registro fotográfico y protegidos con el necesario marco jurídico que asegurase su preservación, especialmente hoy, cuando muchos de ellos no se utilizan y en algunos casos, lo que es ya peor, se alquilan a turistas. Tampoco nos vendría mal acabar lo que hace algunos años se intentó, eliminar los falsos varaderos que en los últimos tiempos se han construido con bloques de cemento sin ningún respeto al paisaje, algunos de ellos con un piso, ventanas y una pequeña terraza, cabe suponer, para que el inquilino pueda solearse.

Como en el caso de los pozos, aljibes, norias y molinos, los varaderos tienen su particular etiología y muchas variantes. Los más modestos sólo son 4 o 6 postes encastrados en la roca que sostienen un techo de ramajes y cañas. Su sencillez nos habla de la precariedad de medios y materiales autóctonos utilizados en su construcción, lo que no les resta solidez, a pesar de que las fijaciones y ensamblajes no suelen tener un solo clavo. Han bastado los elementos que se tenían a mano y todo lo que vemos en ellos son cuñas, sogas, nudos, tablas de pino, troncos de sabina, cañas y la arcilla que se utiliza, como en las casas, para impermeabilizar el techo. Los hay que se integran de tal manera en su entorno que aprovechan en su anclaje las irregularidades de la roca, desniveles, oquedades y cualquier saliente que puede servir como parte del techo o paramento lateral. Así los he visto en es Pou des Lleó, junto a la punta de ses Portes y en Benirràs. Y a pesar de su rusticidad o tal vez por ella, por su condición artesanal, además de humanizar el lugar, aportan belleza. Y ahí están, a prueba de soles, lluvias, vientos y oleajes. No me extrañaría que algunos tuvieran cien años, duraran otros cien y que un nieto pueda utilizar el varadero que construyó su abuelo.

El espacio de la caseta suele responder a las características de la embarcación que cobija, con un techo que sobrepasa en muy poco la altura de un hombre. Si exceptuamos la embarcación, todo lo que podemos encontrar en un varadero son cordajes, remos, alguna nasa, aparejos, tal vez una fitora, una red y, posiblemente, botes de pintura resecos y una caja con cochos, anzuelos y plomos, poco más. Alguna caseta puede ser un poco mayor para que quepa un jergón, una màrfega que en tiempos era de paja o algas -hoy posidonia-, porque no era raro pasar la noche en la caseta si se quería marear al alba o, al contrario, si se pescaba de noche y se regresaba antes del amanecer. El elemento que siempre me ha llamado la atención en los varaderos es la ingeniosa bajante que permite llevar la embarcación al mar y sacarla a tierra. Se trata de dos troncos que suelen ser de sabina, colocados paralelos como si fueran raíles, y que desde la caseta bajan en declive al mar, en el que se sumergen en su último tramo.

En su recorrido quedan separados entre sí más o menos un metro, unidos a trechos por travesaños levemente cóncavos, con una hendidura en su centro que acoge el filo de la quilla. Un rústico molinete con polea, enganchando un cable -del gigre al gongo- reduce el esfuerzo que supone subir y bajar la barca.

Un payés en el varadero

Hace algunos años, todavía pude ver en La Canal a uno de los pocos payeses que todavía utilizan el varadero. Yo había aprovechado el lugar para darme un chapuzón y estaba secándome en la rampa, cuando por mi espalda bajó a la caseta una payesa con un cesto y un cuchillo de buen tamaño en la mano. Nos saludamos, no sin cierta prevención en mi caso por el cuchillo. Sentada en una roca, a dos metros de donde yo estaba y sin abrir la boca, no dejaba de mirar el mar. No tarde mucho en aclarar la situación. Llegaba un llaüt con un hombre que, al acercarse, le pasó un cubo con las capturas de su pesca. «Son raons!», dijo con orgullo la mujer, que se apresuró a limpiarlos junto al mar. Mientras el hombre ordenaba la cubierta de la barca y la baldeaba, estuvimos hablando. Más ellos que yo. Él me dijo que ya no se pescaba como antes y que todo había cambiado, que ya nada era igual, que antes se tenían menos comodidades, pero que la gente vivía feliz. La mujer había acabado de limpiar el pescado y apostilló. «Ja us ho diré jo per qué erem feliços, perquè erem més joves!». Me quedé sin saber si la felicidad que añoraban era la de su juventud o la de aquellos días que recordaban. Ahora pienso que tal vez añoraban las dos cosas, el tiempo pasado y su propio tiempo, el de sus pocos años.

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