Festival Mal del Cap | Julián Génisson Escritor, guionista y cineasta
El escritor y director Julián Génisson: «La risa parece espontánea y libre, pero está muy condicionada»
"No estoy de acuerdo con que ahora tengamos menos sentido del humor o que entendamos peor los chistes, lo que está pasando es que se está dando voz a más gente y que se están cayendo monopolios de quién puede hacer gracia y quién no", reflexiona Julián Génisson a tenor de su ensayo 'Deshacer el ridículo', que presentará este jueves en Ibiza

El cineasta y escritor Julián Génisson viajará este jueves a Ibiza para presentar su último libro, ‘Deshacer el ridículo. Tratado sobre la risa’. / Álvaro García

Con la de esta semana, serán tres las visitas de Julián Génisson a Ibiza para participar en el Festival Mal del Cap. En esta ocasión, el motivo de su presencia es doble: presentar este jueves, a las 19 horas en la librería Sa Cultural, su ensayo ‘Deshacer el rídiculo. Tratado sobre la risa’ e intervenir el viernes en Can Jeroni, en Sant Josep, en la proyección y el coloquio de la película ‘Balearic’ junto a Ion de Sosa, nominado al Goya a mejor dirección novel. Del contenido de ambos trabajos habla en esta entrevista telefónica concedida a Diario de Ibiza.
A lo largo de su carrera ha ejercido de actor, guionista, cineasta y escritor. ¿Con cuál de todas estas profesiones se siente más identificado?
Quitando actor, que es algo que hago para los amigos y sin mucha noción, todas las cosas que llevo a cabo son parte de lo mismo, un intento de entender lo que pasa con distintos medios. No lo veo como facetas diferenciadas, aunque pueda parecer que hacer una película sobre imágenes de stock no tiene mucho que ver con escribir un tratado medio serio sobre la filosofía de la risa. En realidad, cada una de estas cosas se cuela en las otras. Siempre hay un poco de filosofía de más en las pelis y un poco de comedia y de payaseo de más en los textos serios. En definitiva, creo que hay mucha continuidad en todo lo que hago, lo que no quiere decir que sea coherente, pero sí que viene por lo menos del mismo impulso.

Portada del ensayo 'Deshacer el ridículo'. / La Caja Books
Ese impulso del que habla, ese intento de entender lo que pasa, ¿es lo que le llevó también a estudiar la carrera de Filosofía?
Así retrospectivamente es difícil saber por qué tomé esa decisión siendo un chaval. Creo que, sobre todo, quería alargar los estudios y prorrogar el momento de tomar decisiones adultas. La intención era hacer algo muy abstracto. La filosofía me interesaba como algo místico. Me atraían los textos más herméticos porque lo que buscaba precisamente era alejarme de la realidad y no tanto intentar entender la vida. Creo que tardé en comprender que la filosofía no va de eso. No es que sepa de qué va ahora, pero sí hay un intento por mi parte de desvincular el pensamiento de las maneras de pensar impuestas que tenemos todos y de sacar un par de frases de vez en cuando que digan algo novedoso.
¿Y qué le condujo ahora a filosofar sobre la risa?
Durante una temporada había estado haciendo monólogos y películas que para mí se inscriben en la categoría de comedias y quería entender por qué me interesaba ese género. También quería saldar la deuda pendiente que tenía con la filosofía porque hice la carrera y luego saqué las oposiciones de profesor, pero no llegué a ejercer. Además, había una voluntad polémica porque me irritaba el discurso que había sobre los límites del humor y que parezca que la risa es una cosa muy espontánea y libre, incluso liberadora, cuando yo creo que no lo es en absoluto, en realidad es una cosa muy condicionada. Tenía la intuición de que la risa no tiene que ver necesariamente con la comedia. El pretexto para llevar a cabo este proyecto fue que me ofrecieron escribir sobre el tema. Me lo propusieron en 2020, justo antes de la pandemia. Inicialmente iba a ser un ensayo corto, pero con la locura en la que caímos todos durante el confinamiento me fui extendiendo y lo que iban a ser cien páginas acabó siendo un libro mucho más largo.
Ha comentado que la risa es mucho menos espontánea de lo que creemos. ¿Me lo puede argumentar un poco más?
Hay esta idea de que cuando uno ríe se libera por unos instantes de las cadenas de la actualidad, del pensamiento utilitarista y está haciendo algo a fondo perdido, una especie de desbarre momentáneo a través del que se liberan todo tipo de sustancias en el cerebro que hacen que uno se sienta bien consigo mismo. Pero, en realidad, ¿por qué nos reímos? Según las teorías filosóficas clásicas, nos reímos porque algo es gracioso o es cómico, pero yo pienso que, en realidad, la comicidad se define socialmente y nosotros riéndonos no estamos haciéndolo de algo que previamente tenga la cualidad de ser cómico, sino que estamos haciendo que sea cómico. El hecho de reírse es lo que hace que las cosas tengan gracia y no al revés. Es decir, lejos de ser un brote espontáneo, creo que, simplemente estamos legitimando valores sociales de lo que se considera serio y lo que no.
«Dejar de reírle las gracias al poder puede ser un primer paso para liberarnos de él»
¿Quiere decir que, de alguna manera, la sociedad es la que marca la risa?
Sí, pero no estoy diciendo que sea algo deliberado. No hay gente que se reúne en un búnker subterráneo para decidir qué nos va a hacer reír a partir de ahora, es un proceso bastante irreflexivo y creo que en parte es lo que hace que sea tan eficaz y que parezca tan evidente esa idea de la risa como algo libre, casi emancipador y totalmente separado de condicionamientos sociales que yo trato de desmontar en el libro. Una cosa que abordo también es el hecho de que la mayor parte de las veces que nos reímos no tiene que ver con el sentido del humor, muchas veces lo hacemos porque sí, por contagio o nerviosamente. De hecho, las risas más explosivas, las más memorables y contagiosas, son aquellas que, cuando intentas hacer memoria, no sabes por qué se dispararon. Por otra parte, en este ensayo también intento sacar alguna conclusión política en el sentido de que damos por sentado que reírse tiene algo liberador e incluso que reírnos del tirano puede contribuir a desbancarlo. La conclusión que saco es que, en realidad, más que reírnos del poder, dejar de reírle las gracias puede ser un primer paso para liberarnos de él.
La sociedad va cambiando y con ella también lo que se considera cómico. No sé si en su ensayo pone ejemplos de situaciones o chistes que hacían gracia, pongamos, hace 40 0 30 años y que ahora nos hacen torcer el gesto.
Sí, tenemos ejemplos muy fáciles como los chistes de Martes y Trece sobre la violencia de género, la frase aquella de ‘Mi marido me pega’. Nadie se planteaba en su día que esto fuera ningún problema y ahora parece bastante desolador ver con qué nos reíamos hace relativamente poco. Es una evidencia que vamos cambiando el sentido de humor, no solo a nivel colectivo, sino incluso individual. Pero a pesar de que tenemos esta noción de que el sentido humor cambia y que, por tanto, no hay nada que sea gracioso en sí mismo, recaemos uno y otra vez en esta idea de que sí que hay cosas que tienen gracia y que no hay que renunciar a ellas. Es esta ideología de los anuncios de Campofrío que en el libro analizo con bastante extensión. Me refiero, en concreto, al spot de la tienda que vende chistes como un producto de lujo porque ahora se supone que sale caro hacer humor por esto de la dictadura de lo políticamente correcto.

Julián Génisson ha estado en otras dos ocasiones en el Festival Mal del Cap, en 2019 y 2023. | IMAGEN CEDIDA POR JULIÁN GÉNISSON
Deduzco que está en contra de ese discurso.
Sí, ese discurso es mentira, pero lo tenemos integrado. Nunca se plantea realmente esto como un debate serio, siempre se hace en términos muy maximalistas, en plan libertad de expresión, sí o no, y si estás en contra de bromear sobre según qué cosas parece que estás siendo un enemigo de la libertad de expresión. Es evidente que nadie considera que la libertad de expresión tenga que ser absoluta. Creo que en este discurso sobre lo que está permitido decir y lo que no hay que tener en cuenta también los efectos sociales de lo que se dice. Hacer una broma puede parecer que es poca cosa, pero en realidad haciendo gracia sobre según qué estás contribuyendo a que esas cosas no se tomen en serio y a ridiculizarlas. Creo que hay que ser conscientes de las consecuencias de lo que decimos. No estoy de acuerdo con que ahora tengamos menos sentido del humor o que entendamos peor los chistes, lo que está pasando es que se está dando voz a más gente y que se están cayendo monopolios de quién puede hacer gracia y quién no.
Le quería plantear una pregunta que expone en el libro, ¿se puede vivir sin reír?
Es una pregunta que aparece en un capítulo sobre los límites del humor y que planteo como pura especulación. No creo que debamos dejar de reír, no creo que sea posible ni deseable, pero sí que cuestiono la idea de que si no te ríes eres inhumano o si no te dejan reír de cualquier cosa te están privando de una libertad que es consustancial a la naturaleza humana. Estos discursos me dan mucho repelús.
Cambiando de tercio, es guionista de ‘Balearic’, la película que se proyectará este viernes a las 20 horas en Can Jeroni dentro del festival Mal del Cap y por la que Ion de Sosa está nominado a un Goya a mejor dirección novel. El título recuerda el género musical que nació en Ibiza en los 80. ¿Es casualidad o intencionado?
Es intencionado. La película está ambientada en una isla balear indeterminada y la segunda parte la protagoniza gente mayor aburguesada que procede del mundo de la noche y que da la impresión de que está haciendo tiempo hasta que llegue la muerte y, mientras, están consumiendo recursos. La música Balearic es una especie de leitmotiv que realmente no aparece, pero es el hilo conductor subyacente. Hay una especie de voluntad de diversión en el mundo y hay gente que se ha dedicado a sacar provecho de eso y parece que la diversión tiene que seguir hasta que se acabe el mundo. Hay ese rollo de fiesta entre las llamas.
Frente a esa gente madura y aburguesada, está la juventud de origen humilde que protagoniza la primera parte. ¿Cuál era la intención al contraponer estas dos generaciones?
Ion explica que esta idea le llegó coincidiendo con su crisis de los 40. Hizo este balance de cómo cuando uno es joven quiere cambiar el mundo, porque no está a gusto en él, y luego la vida lo va malogrando, lo va formateando y acaba siendo un elemento de conservadurismo, que no quiere cambiar el mundo sino ser parte de la gente a la que va bien en él. La intención en la película era contraponer estos dos microsociedades, los jóvenes con la vida por delante, pero sin recursos, y los mayores que sí que los tienen pero ya no tienen nada por delante y poner el foco en esta falta de diálogo intergeneracional.
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