Naturaleza
El hongo de Ibiza y Formentera que vive en Finlandia
El grupo de micólogos y científicos Funga Cultura Balear recorre esta semana los campos de Ibiza en busca de setas. Fundado en 2004, el grupo se reúne cada año en una de las islas de Balears para explorar y documentar la diversidad fúngica local, contribuyendo así al estudio de uno de los reinos menos conocidos del mundo: el de los hongos.

Pep Siquier, con un ejemplar como el que ayudó a descubrir una especie de seta en toda Europa. / J. A. Riera

¿Saben que una seta que se encontró en Ibiza en 1978 ayudó a descubrir una especie que se distribuye hasta Finlandia? ¿O que una pequeña y blanca que huele a mandarina y es habitual de esta tierra, tiene una alta capacidad toxicológica? Estas curiosidades forman parte de los conocimientos de un grupo de micólogos y científicos que estos días han visitan Ibiza.
Joan Carles Salom, Angel Pintos, Pep Siquier, Santi Costa, Jaume Llisotella y Joan Planas son algunos de los expertos que, hasta el 9 de diciembre, recorrerán diferentes ecosistemas pitiusos en busca de boletos. Lo hacen como parte del grupo Funga Cultura Balear, en el que participa el ibicenco Toni Serra Planells, conocido como Toni Miquelet, y el farmacéutico y micólogo afincado en Ibiza Jaume Espinosa. Todos se interesaron hace 21 años por el extenso mundo fúngico —«un gran desconocido para la sociedad»— y, desde entonces, no han parado.
El grupo viaja una vez al año a una isla de Balears motivado por la pasión y la posibilidad de dar con un nuevo hallazgo porque, como recuerda Miquelet: «Los hongos son una de las cosas menos estudiadas que hay».
En este trabajo, sin embargo, «hay veces en las que das con un hongo tan diferente [a los demás] que es rápido saber que se trata de un descubrimiento», explica el micólogo y biólogo catalán Jaume Llistosella. En otras ocasiones, no es tan sencillo: «Hay que buscar mucha bibliografía, mirar lo que ha publicado la gente, buscar en internet, hacer consultas... Y todo es tiempo».
Una nueva especie
Un claro ejemplo de este proceso lo muestra Pep Siquier, micólogo mallorquín y autor con Carles Constantino de ‘Els bolets de les Balears’. Siquier tiene muy presente la investigación, que les llevó diez años, cuando se interesaron por el descubrimiento que hizo un micólogo alemán en Ibiza en 1978: «Se llamaba Finschow y encontró en Puig d’en Serra, en Sant Josep, una especie de hongo que era diferente».
Siquier se refiere al boleto que hoy en día se conoce como bitxac o bec de perdiu (Chroogomphus mediterraneus) que, hasta el hallazgo de Finschow, se consideraba otro del mismo género: el Chroogomphus rutilus. Se trata de una especie de hongo comestible de tamaño medio que es común en todas las islas.
Finschow dejó constancia de que aquel ejemplar no encajaba, pero no llegó a confirmar si se trataba de una nueva especie. Siquier quiso hacerlo y, cuando se enteró de que el micólogo alemán seguía vivo, fue a buscarlo a Bremen: «A sus 90 años nos dio muestras de los boletos originales, pero no pudimos extraerles el ADN, por lo que tuvimos que volver al lugar en el que él los encontró», continúa el mallorquín.
De vuelta a Ibiza, localizaron los hongos y obtuvieron información genética que confirmó las sospechas de Finschow: «También tuvimos que demostrar pequeñas diferencias microscópicas entre un boleto y el otro porque, al principio, todos nos decían que se trataba de una equivocación», explica.

Las imágenes de Jaume Espinosa y el grupo de expertos micólogos en el bosque / J.A. Riera
El trabajo, completado con la colaboración de un investigador del Jardín Botánico de Madrid, supuso un «cambio a escala mundial», destaca el micólogo. «Se demostró que esta especie es la que está más extendida en Balears, y no la otra», añade. Hoy, además, este hongo se encuentra también en Inglaterra, Noruega o Finlandia.
Más allá de este caso emblemático, el grupo de micólogos que está en Ibiza suma un total de 14 descubrimientos. Dos de ellos, por ejemplo, se encontraron en Formentera y, el más reciente, bautizado como Inocybe pitiusarum, también apareció en Ibiza.
Los hongos de Ibiza y Formentera
Estas especies forman parte del total de 2.471 hongos que, según Siquier, existen en Balears. Esta cifra procede de una recopilación histórica de citas de boletos registradas entre 1814 y 2025, un trabajo que desarrolla junto a Llistosella y al biólogo y micólogo mallorquín Joan Carles Salom.
En este inventario se incluyen tanto hongos como mixomicetos, un tipo de moho que tiene la misma forma que un hongo y se reproduce igual. Según los datos, en Ibiza hay 605 hongos y en Formentera, 238.
Pero antes que dar importancia a las cifras, los especialistas explican que todo empieza con un proceso casi invisible. Las setas se reproducen por esporas, que suelen encontrarse bajo el sombrero del hongo. Estas se dispersan por el viento, el agua o los animales, lo que explica que quienes van en su busca lleven cestas: «Mientras las recogemos están cayendo miles de esporas que vamos repartiendo a medida que avanzamos», detalla Miquelet.
Además de este, hay otros hábitos recomendables, como frecuentar zonas húmedas o «conocer bien el bosque» que se visita. Este último es relevante porque los hongos «siempre están en el mismo sitio». Miquelet lo demuestra mientras recoge un pebràs en un camino de Sant Joan.
Se trata de un Lactarius vinosus, el que parece que suelta «mucha sangre» en cuanto se corta. Miquelet lo hace con cuidado y sin arrancar la seta del suelo, dejando en él la parte reproductora del hongo (el micelio): «Esto se pudrirá y otro hongo lo atacará», matiza Llistosella. Este fragmento «vive 10, 20, 30 o 50 años en tierra, por lo que si vuelves el año que viene, te lo volverás a encontrar», añade.
A partir de este hallazgo, los expertos discrepan cuando se les pregunta si el pebràs es «la estrella» de los hongos de Ibiza. Aseguran que hay otros «igual de buenos», como la llenega (Hygrophorus persoonii). En cambio, si se les consulta cuál es el más frecuente en los campos de Ibiza, responden que sin duda es la rogeta. Esta, explican, en la isla tiene más de dos nombres: «Creo que por Catalunya le llaman orella de conill, estaperol o pixacà de forma despectiva», aclaran Espinosa y Miquelet. Probablemente sea así porque «no se suele comer, ya que tiene un sabor muy amargo». De hecho, antiguamente es la que se le «daba de comer a las cabras».
A pesar de su sabor, detallan que con una tortilla o con carne «están muy buenas». Las setas cuentan además con la ventaja de que tienen un alto contenido proteico: «Son 20% proteína y cero calorías», aclara Miquelet.
Sin embargo, cabe tener en cuenta que además de los buenos, en estas tierras también crecen hongos que pueden ser perjudiciales para la salud: «El 25% de los que hay son tóxicos y un tres o cuatro por ciento pueden llegar a ser mortales», recalca Espinosa.
En Ibiza hay ejemplares como la Lepiota subincarnata, una pequeña seta de color blanco con un suave olor a mandarina, o la conocida como gírgola d’olivera (Omphalotus olearius), que crece sobre este árbol. Esta última es la que más casos de intoxicación provoca en Ibiza: «Los italianos la confunden con la cantarella», explica Espinosa, mientras aclara que «su toxina se disuelve muy bien con grasas».
Por este motivo, los expertos recomiendan extremar la precaución, no sólo para evitar confusiones peligrosas, sino también para respetar el entorno: «No hay que tocar más que lo que te vayas a cocinar», advierte Miquelet. «Lo importante de los hongos no es comérselos, sino su contribución al ciclo de la vida. Lo que tocas en el bosque y es polvo se ha convertido en eso porque el hongo se ha ocupado de devolvérselo a la tierra».
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