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Tots Sants en Ibiza: Donde la vida y el recuerdo se encuentran entre flores

El día de Tots Sants, los cementerios de la isla se llenan de visitantes que traen flores, limpian nichos y evocan a sus seres queridos. En los de Santa Eulària y Sant Carles, todos tienen su manera de pasar esta jornada, mientras cada gesto se convierte en una metáfora de la vida, la muerte y la memoria que permanece.

Estela Torres Kurylo

Estela Torres Kurylo

Santa Eulària

Deben de ser cuantiosas, si no infinitas, las metáforas que hablan de la vida y la muerte. Existen tantas frases célebres... Y aun así es posible crear nuevas a partir de la simple observación del día a día. Este sábado, una de ellas nace del sincronizado vuelo de los pájaros. Estorninos, en concreto, que hipnotizan a quien capta su danza mientras surcan los cielos pitiusos. Aunque hay especies que residen en las islas, en esta época es sencillo asociar su presencia al camino que siguen hacia zonas más cálidas del planeta. Ojalá que igual que ellos, que se van pero vuelven, lo hicieran también aquellos que nos han dejado. Aquellos a quienes se dedican días como el de Tots Sants, o el de los Fieles Difuntos, este domingo, aunque se les recuerde siempre.

¿Coincidirán en ello quienes hoy se acercan a los cementerios? ¿Cómo descubrirlo? ¿Cómo saber si a quien preguntas ha tenido tiempo suficiente para superar el dolor de una pérdida? Superarlo de alguna forma, porque nunca se cura. Aunque luzca el sol, hoy parece que las gafas oscuras se eligen para tapar los ojos vidriosos. Lo delatan las expresiones faciales. No hay sonrisas. Parece que las arrugas se marcan más que nunca. En la cara y en el corazón.

Sobre las diez y media de la mañana todavía no son muchos los que visitan el cementerio de Sant Carles, aunque algunos aparcamientos están más llenos de lo habitual. Aquí, la conmemoración de los santos coincide con el Día de la Tercera Edad, en el marco de las fiestas del pueblo. De hecho, en el interior de la parroquia hay una misa solemne en honor a las personas mayores de 80 años. Muchos de ellos vienen de la Península y pasan frente al camposanto, pero evitan adentrarse en él.

Claveles y escaleras

Allí, la viveza de las flores resalta más que nunca. Rosas, claveles, crisantemos y lirios de todos los colores delatan a quienes desde hace días pulen el espacio sagrado. Hay quienes cuchichean que ojalá siempre estuviera así. Hoy parece ser el día de dedicarse a su cuidado. Las escaleras móviles van de un lado para otro para facilitar el acceso a los nichos más altos.

Repasando uno de ellos se encuentran dos mujeres, madre e hija, cuya delicadeza al seguir unos pasos que aparentan ser mecánicos revela una marcha que aún se procesa. «A nadie le gustaría estar aquí», alcanza a decir la mayor, que asegura que éste es un día «de mucho duelo».

Con ese sentimiento aferrado a la garganta, como si estuviera a punto de desplomarse, añade que piensa en quienes tiene aquí «todos los días».

Es complicado determinar si lo correcto es decir que quienes acuden hoy al cementerio hacen «una visita» a los difuntos, aunque quizá podría explicarse así. Eso dan a entender, al menos, tres hermanas que posan sus manos sobre una fría lápida antes de decir: «Mira güelu, avui estam ses tres». Con estas sinceras y sentidas palabras le explican al difunto que su familia «no le olvida».

El limpiacristales, las escobas y las flores son el must (lo imprescindible) de esta cita. Joan Clapés Ferrer y Cati Ferrer Colomar acaban de terminar con todo ello y ahora recorren el camposanto. Tienen aquí a varios familiares: los abuelos, de Can Marines de es Canar; el primo Vicente, de Can Prats, o el hermano de Ferrer, Juanito d’en Blanc, que falleció demasiado joven.

Por esta razón, Ferrer cuenta que se acerca asiduamente a cambiar las flores y lamenta que haya personas que sólo lo hagan una vez al año: «Ya me gustaría ver el cementerio siempre tan bonito», reflexiona.

De camino a comprobar si también se encuentran así los de Santa Eulària, es difícil no fijarse en los puntos de la carretera donde hay flores atadas a los postes de los quitamiedos. Evidencian otras ausencias inesperadas, seguramente también demasiado tempranas. «Hay que tenerle respeto al volante», piensa uno mientras otra bandada de estorninos atraviesa el cielo.

Las escaleras de Puig de Missa

En el cementerio viejo del municipio, el de Puig de Missa, la inclinación de las escaleras no sirve como excusa para no acercarse. Sólo hay que hacer una parada para coger aliento y continuar el camino hacia los escalones del interior del camposanto. También hay quienes se acercan en coche y aparcan sin demasiados miramientos en alguno de los caminos que conducen a la parroquia.

Varias generaciones de una familia se juntan para acompañarse en el recuerdo de quienes ya no están. Aquí se encuentran con amigos de quienes ya descansan en paz. Personas que no tuvieron la oportunidad de conocer a los más pequeños. «Es el nieto más joven», añade una mujer. ¿Valdría esto también como símbolo de la vida y la muerte?

En un rinconcito en el que hay tumbas, Josep Guilera Reventòs y Mercedes Ruiz Toro sacan, una a una, las flores de una bolsa. Son los primeros a los que se ve así, porque la mayoría de los que visitan hoy los lugares sagrados traen ramos enteros.

Las suyas son todas rosas. Guilera corta los tallos con una navaja mientras Ruiz decide la disposición, que cambia en varias ocasiones. Cuentan que las traen del propio jardín de su casa, en Santa Gertrudis, ya que han crecido mucho tras las últimas lluvias.

Ambos se definen como «ibicatalanes» tras sus sus 50 años en la isla y demuestran sin tapujos el amor que se tienen: «Se casó conmigo porque dijo que era bajito y le haría reír», bromea Guilera, que se anima a posar mientras coloca las flores junto a un columbario (estructura que contiene urnas). En él se encuentran las cenizas de María Toro López, madre de Ruiz, que falleció hace cuatro años. Con su soltura, la pareja recuerda la grandeza de su ser: «Siempre nos ayudó mucho», indican, como si lanzaran un agradecimiento al cielo.

En el cementerio nuevo de Santa Eulària, la conmemoración también está a flor de piel. Hay un vaivén incesante de coches que se dirigen hacia el camposanto.

Aquí las placas de los nichos o las tumbas son más modernas y algunas tienen imágenes de lo que más les gustó a quienes reposan en su interior. Predominan las que tienen fotos de es Vedrà y grabados de embarcaciones, testimonio de quienes fueron fieles amantes del mar.

«Diuen que la mar es un reflex del cel...», se lee precisamente en una de ellas. Tal vez lo sea también el recuerdo: un reflejo que devuelve la luz de quienes se fueron. Y qué bonito -y sencillo- sería si, en este proceso, todos pensasen como el mensaje que reza en el nicho de una mujer: «Podemos llorar, cerrar nuestra mente, sentir el vacío y dar la espalda... O podemos hacer lo que a ella le gustaría que hiciéramos».

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