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Obituario

Fallece Joan Pereyra: los peces también lloran

Joan Pereyra era una persona muy querida en Ibiza y uno de los miembros más destacados de es Blau, una asociación cultural sin ánimo de lucro desde la que nos dedicamos a dar a conocer los fondos marinos de las Pitiusas

Joan Pereyra durante una inmersión para fotografiar el fondo submarino. | JOAN COSTA

Joan Pereyra durante una inmersión para fotografiar el fondo submarino. | JOAN COSTA

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Joan Costa

Joan Costa

Ibiza

Hace unas semanas nos dejó nuestro compañero de buceo y amigo Joan Pereyra.

Me comentaba estos días mi pareja de submarinismo que parecía como si últimamente hubiera subido un poco el nivel del mar, cosa extraña porque en el Mediterráneo no existen apenas las mareas. Yo tengo mi propia teoría al respecto: se debe a las lágrimas de los peces.

Admito que no se trata de una teoría demasiado científica, pero es que Joan no se cansaba de rebatir las tesis de los científicos, bien fuese porque afirmasen que cierta especie de nudibranquio sólo podía vivir a mucha profundidad o que el desove de los pulpos no ocurría nunca antes del verano, por poner sólo un par de ejemplos.

Joan no era biólogo marino, pero sabía mucho más del mar que la mayoría de ellos. Entendía que el conocimiento no se adquiere analizando muestras en un laboratorio o cotejando datos en la pantalla de un ordenador. El verdadero saber nace del contacto directo con la naturaleza, de la observación paciente y del estudio del comportamiento. Si tuviera que definirlo con una sola palabra, diría que Joan era, ante todo, un gran observador, el último gran naturalista.

También era buceador, fotógrafo, divulgador y muchísimas cosas más. Pero lo que más lo definía era su amor por los animales —especialmente los marinos— y esa curiosidad infantil que lo mantenía siempre con ganas de descubrir. Esa actitud lo empujaba a intentar pasar más tiempo dentro del agua que en tierra. Joan era la persona, de las que he conocido, que más horas dedicaba a estudiar nuestros fondos marinos. Era capaz de levantarse a las tres de la madrugada para ir a hacer una inmersión y muchos días ya había realizado un par de ellas antes de que el resto ni siquiera nos despertáramos.

Le daba igual que fuese verano o invierno, que hubiese corriente o que el agua estuviese turbia. Sus puntos de buceo habituales eran para él como el salón de su casa: conocía al dedillo todos sus rincones y era capaz de identificar uno a uno a todos los seres que los habitaban. Sentía una especial pasión por los nudibranquios. Sabía qué comían y qué temperatura del agua necesitaban cada uno de ellos y había descubierto varios ejemplares de especies hasta entonces desconocidas en nuestra isla.

Pero su pasión no se limitaba a estos pequeños invertebrados: también le fascinaban los pulpos y los caballitos de mar. Tenía memorizadas sus guaridas y los visitaba a diario como el amable vecino que viene a darte los buenos días y a ver cómo estás; vigilaba sus puestas como si fuese a ser el padrino de todos los recién nacidos.

Y, por supuesto, los peces. Me consta que ellos también amaban a Joan. No lo digo por decir: él fue el único caso que yo conozco de un humano al que se le pegaron unos peces rémora con sus ventosas en el neopreno durante una inmersión. Hay documentos gráficos que lo atestiguan.

Recuerdo que una de las frases de Joan era que un día sin inmersión era igual a un día perdido. Y, sin embargo, ese fatídico día había decidido no salir a bucear. Su marcha no sólo ha supuesto una pérdida enorme para sus familiares y amigos: también una enorme desgracia para todos aquellos que creemos que, para amar y proteger nuestro mar, primero hay que aprender a conocerlo.

Buen viaje, amigo. Allá donde estés, estoy seguro de que ya habrás encontrado nuevas criaturas a las que observar y comprender. Y aquí abajo, mientras tanto, nosotros seguiremos vigilando las oscilaciones del nivel del mar.

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