Fallece en Ibiza Maria Marí, el alma de los fogones de Can Rafal
Durante más de 30 años regentó junto a su marido, Vicent Marí ‘Flecha’, el emblemático bar de la Marina

Maria Mari Serra, con su marido, Vicent Marí, el último día de Can Rafal / Vicent Marí

Maria Marí Serra (Santa Eulària, 1947), cocinera de Can Rafal, falleció este lunes a los 77 años. Su nombre quedará unido para siempre aldel emblemático bar del barrio de la Marina en el que durante más de tres décadas alimentó a generaciones de ibicencos y visitantes. Su funeral se oficiará este martes a las cuatro de la tarde en la iglesia de Sant Elm, a escasos metros del bar en el que pasó buena parte de su vida. De 13 a 15 horas está previsto el velatorio en Pompas Fúnebres.
Entró en Can Rafal un 3 de mayo de mediados de los años setenta, cuando los antiguos propietarios se jubilaron y ofrecieron a su marido, Vicent, que trabajaba allí, quedarse con el negocio. Él se puso tras la barra y ella, sin más escuela que la cocina doméstica, asumió el reto de los fogones. Hasta entonces apenas se servía frita de cerdo y de asadura y alguna tortilla de patatas. Maria entendió enseguida que con eso no bastaba, y decidió preparar guisos de cuchara: garbanzos, lentejas, judías... Las recetas que no había hecho nunca, como platos al horno o asados, se las preguntaba a vecinas y amigas, explicaba en el libro ‘Cocineras en Ibiza’ (Balàfia Postals). Con los años llenó la pizarra del bar de menús que hoy muchos recuerdan con nostalgia: los lunes lentejas y pollo al horno, los sábados arroz de matanzas y carne asada, entre semana sopas, estofados de ternera, guisat d’ous, salmonetes, albóndigas, gazpacho... Recetas sencillas, pero hechas como si cocinara para los suyos. Si algún día no encontraba en el mercado aquello que necesitaba, cambiaba el menú.
Una infancia segando, sirviendo y haciendo orejones
La vida de Maria fue trabajo desde niña. La sacaron pronto de la escuela para ayudar en la economía familiar. A los trece ya servía en casas: planchaba, limpiaba, llevaba niños al colegio... En verano trabajaba en el campo, segando, recogiendo hortalizas o higos, o quitando huesos a albaricoques para hacer orejones. Todo lo que sabía de cocina lo aprendió mirando a su madre, Esperança. Cuando entró en Can Rafal tuvo que ponerse a prueba, y salió adelante a base de intuición, memoria y tenacidad.

Maria Marí Serra, sentada a la mesa de Can Rafal son sus hijos Vicent y Juan Antonio / DI
Sus jornadas empezaban de madrugada, a las cuatro, para que a las cinco y media el bar ya estuviera abierto. Atendía cafés y copas hasta que llegaba Vicent, que había cerrado el bar de madrugada, y ella podía correr al mercado, en los primeros años al Mercat Vell y sa Peixateria, después al Mercat Nou, donde le era más fácil hacerse con todo. Con dos hijos pequeños, Vicent y Juan Antonio (Teresa llegaría más tarde) y sin apenas respiro, subía y bajaba del piso de arriba para darles el desayuno y llevarlos a la guardería o a la escuela. A mediodía, Vicent los recogía en la Mobylette, uno delante, entre sus piernas, y el otro detrás sujetándose a su espalda, y los sentaba a la mesa del bar junto a clientes habituales. «Era como comer en casa», decían ellos. Y lo era, porque Maria cocinaba para todos como para los suyos.
La cocina era pequeña y los fuegos, demasiado grandes. El calor se hacía insoportable. En días de lluvia, el bar se llenaba hasta los topes y Maria pedía ayuda a los parroquianos: uno fregaba, otro retiraba platos, otro apuntaba encargos. A veces, cuando la clientela preguntaba por el menú y ella aún no había empezado a guisar, ofrecía un trato: “Si me ayudas, en quince minutos está hecho”. Y lo estaba. Can Rafal funcionaba como una gran familia, clientes y dueños compartían más que comidas.
También supo imponer respeto en la barra, cuando sustituía a Vicent. En la Ibiza de los setenta, en la que casi ninguna mujer cruzaba sola el umbral de un bar, Maria trataba de usted a los hombres y frenaba de golpe los comentarios fuera de tono. “Más de una vez amenacé con sacar la lejía para limpiar bocas”, recordaba con humor. Con el tiempo, hasta los más guerreros acabaron respetándola y ayudándola.
La olla de agua caliente y las huellas dactilares
Sus jornadas acababan a media tarde, cuando finalizaba el servicio de comidas y Maria ponía agua a calentar en una enorme olla y con agua caliente, lejía y un paño dejaba la cocina limpia para la mañana siguiente. Tanto énfasis ponía en aquella limpieza que, tras tres décadas, acabó quedándose sin huellas dactilares.

Maria Marí, con su familia, tras la barra de Can Rafal / D. I.
El 26 de junio de 2009, Maria y Vicent abrieron las puertas de Can Rafal por última vez. El local, de apenas 48 metros cuadrados, había sido su vida. «Es nuestra casa», decían entonces, apenados por una despedida obligada. En las paredes quedaban recuerdos acumulados durante décadas: fotos de futbolistas como Zidane o Xavi, la camiseta firmada del Madrid, el bastón con el que bromeaban por si alguien no pagaba, el espejo, las bufandas de equipos alemanes... «Ahora es cuando empezábamos a hacer algún duro», lamentaba el matrimonio. «Lo que más echaré de menos es a la gente», confesaba Maria.
A pesar de la tristeza, siguieron adelante. Se trasladaron al bar de Can Botino, bajo las escaleras del Ayuntamiento, donde Maria completó los años que le faltaban para jubilarse. Con más de sesenta años, emprendieron aquel nuevo proyecto con la misma ilusión de dos jóvenes que empiezan de cero.
Con la muerte de Maria Marí Serra, la cocinera de Can Rafal, desaparece un pedazo más de la memoria de la Marina.
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