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Final de la vida | Testimonio

El último amanecer de Ormisda

Ver un último amanecer. El último beso a su novia. La última noche en su casa antes de irse al hospital. Durante el último mes y medio, desde que su oncólogo le explicó que no había más opciones terapéuticas, Ormisda Verardi ha vivido en el reino de las últimas veces. Consciente, esperando la muerte y preparando la pesada canastilla para ese último viaje, que llegó hace unos días.

Ormisda Verardi contemplando su último amanecer en Platja d’en Bossa. | PAULA ROMERA

Ormisda Verardi contemplando su último amanecer en Platja d’en Bossa. | PAULA ROMERA

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Marta Torres Molina

Marta Torres Molina

Ibiza

Ormisda Verardi contempla el amanecer. Su último amanecer. El mismo que, durante años, ha visto casi todos los días. Solía observarlo, en calma, después de un revigorizante chapuzón en Platja d’en Bossa. Nadaba todo el año. Incluso en invierno. Salía corriendo del agua, se secaba mientras el sol se desperezaba y se resguardaba en su coche, poniendo a tope la calefacción para entrar en calor. Es final de agosto. No hace frío. Los hijos de Ormisda, tumbado en la camilla y conectado a su inseparable bolsa de suero, le cogen de la mano. Su novia le acaricia el pelo. El sol se asoma por el horizonte. Se miran. Se sonríen. Apenas hay nadie en la playa. Un paseante solitario. Y, a unos metros, dejándoles intimidad, los artífices de ese momento: el técnico de la ambulancia que ha trasladado a Ormisda desde el hospital hasta la playa, la residente de Paliativos del Hospital Can Misses, la coordinadora de voluntariado de la Asociacion Pitiusa de Ayuda a los Afectados de Cáncer (Apaac) y la psicóloga de esta misma asociación.

Ormisda Verardi, a finales de agosto, en su habitación del Hospital Can Misses. | FOTOS: TONI ESCOBAR

Ormisda Verardi, a finales de agosto, en su habitación del Hospital Can Misses. | FOTOS: TONI ESCOBAR

Ver el amanecer una vez más era una de las últimas voluntades de Ormisda, quien, desde hace semanas, afronta, consciente, sus últimos días. Sus últimas veces. Su última salida del sol. La última tarde con su novia. Hace unas semanas vivió su última noche en casa antes de trasladarse al hospital. Desde que el cáncer volvió, vive en el reino de las últimas veces. Sabiéndolo. Asumiéndolo. Preparándose para ellas. Afrontándolas.

Es el camino que ha escogido. Esperar a la muerte. Se lo llevará con 69 años «y medio». Lo explica desde la cama del hospital, unas semanas antes de fallecer, en una conversación con este diario. Un testimonio que quiere que se publique cuando él ya no esté. Con el que quiere mostrar esa espera. Por si a alguien le ayuda. 69 años «y medio», remarca ese «y medio». Es importante cuando se cuentan los días.

Ormisda nació en Italia, en La Puglia, en un pueblito a diez kilómetros de Gallipoli. «Muy rico en vino y en aceite», comenta. La luz entra a raudales por la ventana de la habitación del Hospital Can Misses a la que se trasladó hace unas semanas. Se ve Dalt Vila y huele al café del desayuno. Aunque nació en Italia, siendo muy pequeño se mudó a Suiza. Su madre trabajaba en la industria relojera. «Vivían en barracones», recuerda. Su madre vive. Aún no le ha dicho que su vida se acaba. Es uno de los tragos más difíciles por los que pasará en este ocaso vital, reconoce.

A Ibiza llegó a principios de los años 80. Había estudiado MBA y se había tomado un año sabático. Aficionado al windsurf, había pasado por Cerdeña, Túnez, Israel... «Muchos sitios», indica. Entonces un amigo le habló de la isla. Vino. Y se enamoró perdidamente de ella. Le ofrecieron trabajo en un hotel de Punta Arabí —«en los años 80 había mucha facilidad para encontrar un empleo y promocionar en la hostelería»— donde primero se dedicó a la animación y, más tarde, a la formación. También estuvo en una escuela de vela antes de regresar a Suiza para trabajar en una «pequeña cadena» de cristalería, platería y cerámica.

Regreso al Mediterráneo

«Lloré cuando me fui de Ibiza», recuerda. «Me fui pensando que no volvería», añade. Sin embargo, aquel regreso no fue bien. No se sentía cómodo en aquel ambiente «pijo». Y retornó al Mediterráneo: «Me explotó el corazón al volver». Aquella Ibiza que conoció en los años 80 y 90 la define como «espontánea, folclórica, imprevisible». «Ahora se ha comercializado demasiado», opina Ormisda, cuya travesía con el cáncer comenzó hace cinco años, cuando le detectaron «el primero». De recto. Siguió tratamiento. Le practicaron una ostomía. Se recuperó.

El segundo diagnostico le azotó a principios de este año. Un cáncer de piel. Llegó «de golpe». Inesperado. Cuando se lo detectaron había hecho ya metástasis en la cadera: «No dio síntomas. Había notado un fastidio al sentarme, pero lo achacaba a la edad, al cansancio. Cuando empecé a notarlo ya era tarde». Ese segundo cáncer le dejó en shock. «¿Por qué?», se preguntó. «¿Por qué volvía el cáncer?». Ya había pasado por eso. Ya se había recuperado. «No me lo esperaba», confiesa, tomándose pequeñas pausas en la conversación. Para respirar. Para toser. Para pensar. Para ordenar ideas. Lleva tiempo haciéndolo. La canastilla de la muerte. Ordenar ideas. Organizar papeles. El testamento vital. Despedirse de aquellos a quienes quiere. Y que le quieren. Definir los detalles de ese final al que ha decidido esperar.

«Es importante ayudar a los pacientes a cerrar sus vidas» |

«Es importante ayudar a los pacientes a cerrar sus vidas» |

Tras el diagnóstico llegaron la inmunoterapia y la quimioterapia. Desde el primer momento supo que no iría bien. No como la primera vez. Algo, dentro de él, le decía que nada estaba funcionando. Una sensación que le confirmó su oncólogo a finales de julio: «‘No hay más salidas’, me dijo». Sin opciones terapéuticas, pasó a Cuidados Paliativos. Recibió atención en casa. Una casa al sur de la isla que envolvían los arreboles del amanecer y el ocaso y de la que se despidió un sábado de mediados de agosto. La erosión de la cadera —«el cáncer se comió los huesos»—, el temor a una caída, sentir que preocupaba a sus hijos... Pidió el ingreso en el hospital. No fue una decisión fácil. Una despedida más. Un paso más hacia el final. En el hospital, asegura, se siente bien. Atendido. Cuidado. Con las visitas de su familia y amigos. Controlando los dolores: «Depende de cómo me duela, sé cómo moverme, cómo colocarme».

En su cabeza, durante estas semanas de espera, un pensamiento reinando en el maremágnum mental: hacérselo todo más fácil a quienes se quedan. Contárselo a sus hijos fue complicado. Confía en que sean fuertes. Los ha liado «con todo el papeleo». Es consciente de que el golpe duro llegará ahora. Tras su fallecimiento. Cuando ya no queden más despedidas. Cuando ya no esté. Cuando se hayan ocupado de todo. Cuando no resten más trámites. «Cuando ya estén solos», concluye. Sabe que en breve tendrá que decírselo, también, a su madre, que sigue viviendo en Suiza. Tiene 92 años, explica. En su familia son longevos. Casi todos, hasta ahora, han cumplido los 90 años. Sólo recuerda a un tío que falleció de cáncer a los 85. «Soy el más joven en morir joven de cáncer de mi familia», sentencia.

En estas semanas, confiesa, no ha pensado en poner fin a su vida. No ha pensado en el suicidio. Tampoco en la eutanasia. «Es una decisión personal», comenta. «Cada uno debe ser libre de escoger», añade. Entiende que haya quien sienta miedo. Incluso pánico. Él, reconoce, no lo ha sentido. No hay ni un gramo de orgullo en su voz cuando pronuncia esa frase. Morir, reflexiona, es el destino de todos. Es lo único seguro en la vida de todas las personas. Todos somos conscientes de que vamos a morir, de que tenemos los días contados, pero es difícil estar preparado para saber con certeza que ese momento está cerca.

Las pequeñas ilusiones

Ha tratado de sortear esta complicada situación «objetivamente». Centrándose en las pequeñas ilusiones a las que aún se aferra: «Siempre las encuentro, si las busco». Y afrontando esas últimas veces intentando disfrutarlas. Ese último amanecer en Platja d’en Bossa, cogido de las manos de sus hijos y con su novia acariciándole lo vivió «con ilusión». Fue, afirma, «como una película». Una despedida de ese lugar en el que era feliz todos los días, incluso en pleno invierno, huyendo del frío sumergiéndose en el mar —«es la arena la que está helada, no el agua»— y en la calefacción a tope de su coche. «En Noruega el mar está helado, pero sales directo a la sauna», explica recordando sus baños en el mar que rodea el país natal de su novia. Verla por última vez. Otro momento tan dulce como duro. Se marcha a Noruega y los dos saben que esa jornada de sábado de finales de agosto serán sus últimas horas juntos.

«Es importante ayudar a los pacientes a cerrar sus vidas» |

«Es importante ayudar a los pacientes a cerrar sus vidas» |

Amante del mar desde joven, dejó el windsurf cuando nacieron sus hijos. Surfeó en el Atlántico, en el Báltico y en no pocos rincones del Mediterráneo: «No sé por qué hay gente que se marcha a lugares tan lejanos cuando aquí cerca hay sitios excelentes». En su retina recuerda los vientos y las olas de Gandía. De Tarifa. De Faro. Se hace el silencio en la habitación. Ormisda se pierde en el pasado. Sonríe ligeramente. Y entonces explota la risa. Una risa potente. Sonora. Una risa que trae al presente al Ormisda del pasado, el que aún no se planteaba vivir en el reino de las últimas veces. «Las dos veces que fui a Tarifa no hubo viento. ¡Hay viento siempre! Pues esas veces no...», explica. Y vuelve a reírse. Sonríe, melancólico, cuando piensa en sus hijos. Sus nacimientos son, para él, los dos momentos más felices de esa vida que se le escapa: «Me cambiaron la vida, me la llenaron de luz, de sentido».

Son ellos quienes en esa mañana de finales de agosto, le cogen de la mano mientras Ormisda contempla, por última vez, el amanecer en Platja d’en Bossa. El sol asoma sobre las olas. Esas que, hace mucho, surfeaba sobre su tabla de windsurf, recuerda Ormisda, preparado para afrontar, en la barca de Caronte, su último viaje.

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